EL BUEN SÍSIFO Y SU MALA VIDA
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EL BUEN SÍSIFO Y SU MALA VIDA

Por: Leonardo Sitnamadar[1]

 

Verdes y abundantes pastos hasta donde la vista alcanza, los productivos árboles frutales atrás de la vieja cabaña donde habitaban y eran felices sus familiares, su favorito: el ciruelo; recordaba aún cuando en verano los tomaba del árbol y a mordidas los disfrutaba mientras sus labios eran teñidos de rojo y un tímido hilillo de néctar resbalaba por su barbilla. El arrullo de los árboles sacudidos por el viento y las sonatas interpretadas por las aves al caer el sol eran su nana y alimentaban su alma.

 Entre bestias pasaba sus días de prado en prado para saciarlas, cada una con su nombre, Blancanieves la más querida. Sus desayunos al aire libre, los mejores pese al pan y queso solamente.

 Los amaneceres eran los que más nostalgia le ocasionaban cuando fue muy mayor, siempre neblinoso y azul, misterioso y agradable, como una cortina que abre las puertas a la felicidad, porque así era su vida, a sus veinte años era un ser pleno entre cerros y montañas y árboles, hierba y animales y sin más trato con la gente que el necesario.

 En su memoria siempre hubo lugar para las grandes y coloridas fiestas que año con año dedicaban a su Santo Patrono, San Leonardo; mole aquí, carnitas allá, tortas de camarón con la familia, guajolote con los vecinos, quesadillas en el parque, arroz, pipián, elotes y otros manjares más en casa del Mayordomo y los mejores pasteles en la presidencia municipal, nunca necesitó invitación a ninguna celebración porque las puertas estaban abiertas al mundo.

 Las calles adornadas, luces de noche, hojas de día, música de banda fuera de la iglesia, toritos para los más audaces, banderitas de colores para los niños, matracas para los mayores y un caluroso desfile por las calles del pueblo invitando a la gente a celebrar que ese día no había miseria.
 

 Entre tanta felicidad resulta inexplicable cómo pudo decidir salir de su pueblo, donde nada hacía falta; resolvió salir a la ciudad esmogosa, asfixiante, ruidosa y gris a compartir su felicidad con los demás. Había escuchado de la infelicidad en la ciudad, de la contaminación, la delincuencia, los niños de la calle, la drogadicción y demás males ajenos a su mundo de vivencias.

 Se convirtió en payaso.

 Con poco dinero y mucha creatividad se hizo de telas corrientes coloridas, botones, accesorios, listones, maquillaje. Terminó un sencillo, pero hermoso traje de payaso portado con dignidad. Le hacía falta un nombre y todos le parecían nimios para la grandeza que despertaría en la gente, la felicidad: Chispita, Zapatón, Memelas, Charlie, Loló, Libio, Clao, Rulas, Tatiano… fueron unas de sus ideas, mas no le gustaron, él buscaba algo nunca antes escuchado y que le diera un toque de elegancia y chistosaza a la vez. Se le ocurrió uno que jamás antes había escuchado y pensó que a nadie se le ocurriría, así que lo tomó, se llamó “El Payaso Sísifo”.

 Comenzó su plan desde los parques públicos contando viejos pero efectivos chistes, gastando bromas al público y despertando sus sentidos de la monotonía con su chillona voz. Su amplia sonrisa natural contagiaba al más templado de los concurrentes. Nunca cobró por sus servicios, las monedas caían a grandes cantidades y a voluntad de manos de oyentes directo en la mochila donde Sísifo guardaba sus menesteres.

 Visitó escuelas donde regalaba sus servicios, fue a los asilos de menores y ancianos, a hospitales y hasta al metro.

Al terminar su jornada acababa destrozado pero satisfecho porque no perdía de vista sus metas.

 Un día pensó en convertirse en el orgullo de sus padres y familiares, así que buscó fama y lo intentó en grandes carpas donde fue aplaudido a más no poder; se convirtió en la estrella del gran circo “Le Cirqué Franchuté”. Cobraba altos honorarios y pensó en ahorrar y comprarse una casa y dejar ese cuarto de renta; cada vez que un circo se retiraba era contratado por otro, pues para qué quería una casa abandonada. Llegó a su mente la idea que un payaso de su categoría no podía seguir regalando sus servicios mientras se trasladaba en metro a su trabajo y ahorró para hacerse de un auto, por cuyo escape volaban sus sueños.

 Su traje ya no era el de antes, ahora usaba finas telas traídas de Europa, portaba anillos de oro y piedras, sus embriagantes esencias indias emocionaban a todos y su sonrisa era pintada. Todo un Snob Clown.

 Fue amueblando su casa con finas maderas y hermosas imitaciones de Velasco, cada nueva adquisición era un placer sibarita, aunque efímero, por tanto, deseaba cada vez adquirir más y más y seguir poseyendo; poco a poco se olvidó de los asilos, hospitales, parques y plazas. Su vida eran circos de renombre, centros de espectáculos, bares en zonas exclusivas y caros centros familiares, fiestas particulares.

 Olvidó sus deseos de felicidad comunal. Perdió el interés por la naturaleza. Se avergonzó de su estancada familia. Adoptó un nuevo dios, el sacrosanto Dinero y el materialismo como doctrina. Y creyó vivir feliz por siempre.

 
 Cierta vez, para festejar su aniversario payasero número 30, a sus 55 años de edad, decidió auto celebrarse (porque no tenía amigos, su carácter agrio alejaba a la gente de él) con alcohol del más caro que le despachó el vendedor, pues él no sabía de eso. Tomó y fue sintiendo los estragos de la bebida y el humo del cigarro. Se embriagó como alguien sólo lo puede hacer una vez en la vida y salir vivo para contarlo. Al principio se enorgulleció de su éxito, sus logros, sus pertenencias, hizo lo que ningún payaso jamás había conseguido y tenía dinero suficiente para dejar de trabajar si así lo decidía.

 Pensaba, pensaba en lo mísero e ignaro que era en su pueblo natal y cómo era feliz con poco y ahora por más que tenía vivía hundido en la infelicidad; su alma estaba sedienta de compañía y amistad, mas no cedió.

 No vivió más de sesenta años, aunque su marchito corazón lo hacía aparentar ochenta. Sus años finales los dedicó a su sueño principal; ahora con finas ropas visitaba albergues y regalaba sonrisas a quien estuviera dispuesto a recibirlas. Se dio cuenta que él ya no podía ser feliz, mas estaba dispuesto a seguir ofreciendo felicidad a los desdichados.

 Murió en soledad y su rostro denotaba amargura.

 Su voluntad final era ceder sus bienes a los necesitados, mas no lo asentó en un testamento, pero con su muerte pudo dar felicidad a una última persona, algún político que tuvo a bien expropiar las propiedades y hacerlas suyas.

 Este pobre payaso despreció sus bienes espirituales por los materiales y al final perdió toda su esencia, su naturaleza y fue muy tarde cuando quiso retomar el camino de la entereza.

En su momento final Sísifo se dio cuenta que su grandeza no llegaba más arriba de su cabello y su dolor fue inmenso, por eso la amargura en el rostro.



[1] Leonardo Sitnadar (Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.) es estudiante de la Maestría en Formación Permanente del Centro Internacional de Prospectiva y Altos Estudios (CIPAE). Sabersinfin.com agradece a Leonardo Sitnadar la autorización para publicar el presente material.