Las canas oscuras*
Minuto a Minuto

Desde la  niñez presentaba quietud, demasiada tranquilada  en sus palabras y en su proceder.  Hábil nunca fue, perezoso  tampoco;  lo que había en su mirada era de todo un poco, es decir, se veía  en sus ojos la sombra de las nubes,  aquellas nubes que surgen cuando el viento las arrastra a un mundo difícil llenos de tristeza, llenos de dolor.

Era un niño quieto, demasiado lento en responder palabras,  parecía meditarlas antes de hacer alguna exclamación.

Quizás por no tener la angustia de resolver lo que estaba resuelto, no jugaba con los niños que tenían juguetes que él no podía tener, jugaba con sus manos, con sus pies y le hablaba a la naturaleza de lo que soñaba, de sus alegrías, de sus tristezas y de lo que había aprendido.

Era un niño muy pensativo sobre la naturaleza, en particular de lo que no podía explicar; miraba el cielo, la tierra y los puntos cardinales.

Era un niño que miraba  a los viejos, jóvenes  y sobre todo a la niñez.

Era un niño que se orientaba cuando estaba solo,  quieto, con los ojos cerrados, tal parecía que estaba encantado por un mago.

Ese niño era diferente,  tenía el cabello tiznado de canas oscuras. Era un niño que había encontrado en su esencia la razón de ser.

La gente lo admiraba, la naturaleza lo percibía, todo lo que tocaba se transformaba. Su vida era armónica.

El niño creció y en adulto se convirtió mas en sus entrañas conservó la ternura, la inocencia, la timidez, para orientarse nunca utilizó los puntos de referencia,  en su interior  se encontraba la luz de su propio amanecer,  la luz de la conciencia que perduró hasta el fin de su acontecer.
Mientras más madura el hombre más se conoce a sí mismo.

leobardo cruz magarino 2*Leobardo Cruz Magariño (Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.) es abogado y amante de la lectura y la poesía.

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