
15 de junio de 2021
En la Tierra, los humanos estamos confinados a la naturaleza del planeta. Naturaleza
No solamente la realidad que percibimos es la única realidad, determinada por las características cósmicas de nuestro entorno espacial, de nuestro Sol. La gravedad que experimentamos, los cambios climáticos, el tiempo, todos los aspectos físicos que como humanos detectamos con nuestra muy limitada capacidad sensorial.
A parte de éste confinamiento cósmico, que determina nuestro estatus planetario con respecto al sistema solar, otras realidades nos circundan, nos acechan y, muy de vez en cuando, nos traspasan como un cuchillo afilado a través de la piel del cuello de la víctima de un asesino serial. El entrelazamiento dimensional se efectúa en esta historia de una manera abrupta y por demás violenta. Pareciera ser una coincidencia que dicha intromisión se lleva a cabo justamente mientras la guerra genocida más brutal de la historia de la humanidad tiene lugar. Todo comienza a gestarse en una etapa de la existencia de la raza humana cuando los avances en la ingeniería genética y la biotecnología no tienen comparación y son de un nivel tan avanzado que llega a sorprender hasta los más versados escritores de ciencia ficción de la época. Ahora, los ingenieros genéticos pueden manipular el ADN para, literalmente, construir humanos casi perfectos, libres de fallas en la doble hélice que conforma nuestro código genético que anteriormente provocaban enfermedades mortales o defectos de nacimiento irremediables. Y gracias a la biotecnología y a la avanzada I.A.
Los humanos, con expectativas de vida que rebasaban por mucho la de hace apenas unos años antes de las modificaciones artificiales, tomaron el mando del planeta entero. Controlaban todos los ámbitos de la vida: la economía, la política, la religión, la salud. Cualquier tipo de tópico social lo encabezan ahora los Neo Humanos Mejorados. Cuerpos conformados por las más fuertes características derivadas de una ingeniería que hace ver a los hombres muy cercanos a los dioses que, en el Olimpo, comandados por el poderoso Zeus, definían y moldeaban los destinos de los pobres, débiles, desechables e irrelevantes humanos de la antigüedad.
Es así como comienza una nueva etapa de fascismo brutal en todo el planeta Tierra. La diferencia entre los humanos normales y los humanos ultra mejorados crea una guerra de proporciones inimaginables. Estos últimos, al tomar las riendas del mundo actual, lideran una carrera fascista de genocidio y exterminio para tomar control total de la población que, ahora, les pertenece. Cansados de los humanos comunes y debilitados, prometen a los genéticamente superiores un mundo regido por y para ellos, sin los estorbosos y siempre problemáticos humanos no mejorados. La mente enferma de los dirigentes del nuevo fascismo no parecía tener control alguno. Su objetivo era destruirlo todo para reconstruir un nuevo imperio sobre los escombros de esta civilización, a sus ojos, fallida y patética. Se creó un nuevo orden mundial que controlaba a las naciones más poderosas del orbe. Las decisiones eran tomadas arbitrariamente y sin pretender esconder las intenciones de una reestructuración violenta y rápida de toda sociedad establecida.
La humanidad estaba en una etapa de pobreza, enfermedad y carencia extremas. Dejados a su suerte, los humanos no mejorados morían cada vez más comúnmente en camas de hospitales precarios, en las calles por inanición, en sus casas enfermos de arrasadora gripe mutada o terribles infecciones intestinales. Los muy escasos recursos restantes, tales como agua, comida, combustibles, medicinas, eran destinados a las familias más ricas y poderosas.
En un frenesí de violencia e intolerancia, las principales ciudades y capitales del mundo fueron atacadas. Hordas de policías y militares arremetieron contra la población bien identificada como inservible o inviable.
¿Y cómo es que todo esto se ve mezclado con los acontecimientos de los choques interdimensionales que se mencionan? Pues bien, es algo abrupto y complicado, pero contundente.
Una especie de portal, un pasaje oculto en los eones, se abrió paso hasta nuestro espacio-tiempo. Desde los confines del universo, a miles de millones de años luz de distancia, una forma de vida extremadamente diferente, demencial, penetró en nuestra realidad. Haciendo estragos desde el comienzo, se suscitó una cadena de acontecimientos brutales y por demás extraños… y todo empezó justo unos cuantos días después de la masacre genocida inicial… La nueva especie Homo Sapiens genéticamente mejorada había comenzado la erradicación total de los simples Homo Sapiens.
Los sueños muy pocas veces se hacen realidad. Las pesadillas… siempre.
El hedor era un poco más fatal que de costumbre… Siempre el mismo escenario, modificado solamente por detalles aún más macabros que la propia escena, cuerpos suspendidos en el aire en poses extrañamente retorcidas, huesos dislocados, entrañas fuera de la cavidad abdominal, venas y nervios expuestos en algunas partes de brazos y piernas, rostros con expresiones congeladas de terror, como encapsulados en el tiempo en la hora más terrorífica de la experiencia funesta, un charco de sangre y otros líquidos corporales forman caprichosas figuras en el piso. El olor a muerte y putrefacción extrema, sin embargo, solo era percibido a 7 metros en todas direcciones del punto central de los hechos, nunca más, nunca menos. Estas desgarradoras muertes perpetradas, por quién sabe qué, no tienen nombre. Algunos dicen que son obra de las armas modernas usadas para el exterminio inicial, otros dicen que son puertas al mismo infierno de Dante, otros hablan de los jinetes del apocalipsis, esos son los más fanáticos y asustados.
Después del gran exterminio inicial, se desataron una serie de eventos inexplicables, más allá del genocidio y la nueva ola de fascismo que consumió al mundo entero en un caos de terror inimaginable, los hechos que siguieron fueron de una extraña naturaleza… Y no se sabe cómo ni quién lo inició.
Un grupo más o menos grande de Humanos comunes logramos escapar de la gran ciudad amurallada, la metrópoli quedó en caos, nos dirigimos a tierras baldías, nos refugiamos en aldeas y cuevas. Proseguimos nuestro camino, huyendo del apocalipsis inminente. Entramos a otras ciudades, de igual manera destruidas y en caos, siempre necesario para recabar víveres y armas, aunque estas últimas no sirven de nada contra los ataques nocturnos de las entidades desconocidas: los “destripadores” los llaman los más entrados en edad, los religiosos, como ya mencioné, creen que son los 4 jinetes del apocalipsis bíblico, a mí me gusta llamarlos “los inquisidores del fin de los días”.
Debo confesar que me ha pasado por la mente, que tal vez debería regresar a mi catolicismo relajado, el que me permite pecar sin sentir culpa alguna, pero que me protege de los demonios internos, y ahora también, de los externos. Pero dicho pensamiento es pasajero y sin fondo. Estoy muy consciente de que, aunque este miedo a la nueva realidad (realidad que parece salida del más terrorífico relato de H.P. Lovecraft combinado con las infames escenas bíblicas del ángel exterminador) me está consumiendo cada día más, debo mantenerme firme para concentrarme en las cosas más importantes: no perder la cabeza, no desperdiciar tiempo, y lo más urgente de todo, mantenerme vivo.
Los asesinatos de los inquisidores no son menos aberrantes cuando se trata de aniquilar niños y ancianos, es terrible. Se han encontrado infantes (siempre entre 0 y 7 años de edad) convertidos en estatuas de ceniza, frágiles figuras que si no están al aire libre, donde el viento puede deshacerlas, se las puede topar cualquier cosa y desmoronarse. Si ése es el caso es mejor aún, ya que de lo contrario permanecen ahí, escondidas, esperando a que alguien pueda encontrarlas, y es algo bastante terrorífico. Yo mismo me topé con una hace un par de semanas. Me separé del grupo para iniciar una búsqueda solitaria. Era ya tarde, a punto de oscurecer, nos encontrábamos en un pueblo a unos 250 kilómetros de nuestra posición actual. Hacía un viento inusualmente fuerte, nubarrones grises y negros amenazaban con desatar una lluvia torrencial, los truenos dejaban oírse ya demasiado cerca. Seguí caminando unos minutos más y entré por fin a una casa que parecía poder soportar la tormenta. Era de 2 plantas.
Tuve que forzar la puerta y destrozar la cerradura con la barra Halligan que siempre cargo colgada en mi mochila, es muy útil en muchos casos, como en este, y en encuentros cercanos con tipos que no necesariamente tratan de entablar una plática amena. Después de inspeccionar la planta baja en busca de comestibles o algo útil como medicinas, herramientas o algo para fabricar un arma improvisada, subí al segundo piso. Dicho sea de paso no pude encontrar nada que me fuera útil o comestible, como desgraciadamente ocurría en la mayoría de las casas habitación que inspeccionaba.
En la mayoría de los casos era lo mismo: muebles empolvados, derruidos, alguna fotografía familiar tirada en el piso con el vidrio roto, trastes, objetos regados y destruidos, juguetes inertes. Revisé las alcobas y las demás habitaciones con el mismo inútil resultado. Como de costumbre, las paredes y pisos presentaban una colección de manchas de sangre que contaban la historia violenta del exterminio de la familia que la habitaba. En no pocas ocasiones podía uno encontrar el techo también pintado de sangre y decorado con entrañas secas colgando como estalactitas de material humano. Con poca imaginación se puede tener una idea de la masacre en acción.
Quedaba solamente una estancia sin revisar, entré despacio y al principio no pude enfocar la escena, llovía a cántaros y ya estaba totalmente oscuro afuera. Entonces lo vi. Los relámpagos lo hicieron visible, su luz se filtraba entre las cortinas maltratadas y rasgadas que cubrían la única ventana de la estancia y que daba directo a la calle, al momento que trataba de encender mi lámpara opaca y desgastada. No lo logré, pero lo pude ver gracias a las intensas ráfagas de luz en el exterior: un niño de unos 4 años de edad. Hincado, con las manos levantadas y abiertas, como suplicando no morir. La cara era la peor parte, era el rostro de alguien que no pertenecía a un niño de su edad, más bien parecía un animal gritando desesperado.
El nivel de detalle de las estatuas de ceniza es impresionante, y esta que tenía frente a mí reflejaba la angustia y sufrimiento combinados con el extremo terror que debió presenciar justo un instante antes de su transformación en esta esfinge gris.
Su semblante parecía el de un octogenario en su lecho de muerte, una muerte provocada por un gran dolor indescriptible, cara arrugada y mirando hacia el techo, algo encorvado hacia atrás. Sus muertes deben ser horribles y angustiantes al máximo nivel. Dejé esa imagen abatida y estática, alumbrada nostálgicamente por la intensa luz de la tormenta, que en ese momento impactaba con toda su furia. Las sombras de las gotas de lluvia chocando en el cristal de la ventana se reflejaban en toda la superficie frontal del cuerpo del niño calcinado. Parecía como si escurriera agua por toda su muerta anatomía. Dejé la estancia muy despacio, como intentando no generar vibración alguna que pudiera, de un instante a otro, desmoronar la escultura de ceniza.
En cuanto a los ancianos preferiría no relatar nada, pero la necesidad de contar lo que ha pasado me obliga a hacerlo. Los viejos son encontrados en llamas, siempre ardiendo, y las llamaradas no pueden extinguirse con nada, absolutamente nada, es por eso que muchas veces una ciudad que pareciera estar bajo ataque por lo visible de las llamas y el humo en algunos lugares, en realidad no lo está, son los ancianos que arden sin cesar en todas las posiciones corporales imaginables: van desde los que son sorprendidos y atacados en plena acción de intentar moverse, parados, caminando, posicionados en el inodoro, hasta los que yacen tirados en sus camas con semblantes tranquilos e inmutables.
Su piel siempre está hirviendo, supurante, con llagas y ampollas de un rojo intenso, simplemente permanecen ardiendo y emanando llamas, humo y materia derretida. Me pregunto si estarán vivos aún, atrapados en su féretro de fuego sin poder siquiera gritar o quejarse.
Nadie sabe el porqué de estos asesinatos tan brutales contra los niños y los ancianos.
Hay teorías de por qué los ataques son mayormente a humanos religiosos, sobre todo sacerdotes de todas las religiones, pero nada que lleve a tener una idea sobre la espantosa fijación de los inquisidores para obrar así en contra de estos dos grupos vulnerables de la raza humana.
Tengo que hacer mención de que los niños ya son una cosa cada vez más rara de encontrar. Ya no hay, y si los hay no creo que vayan a durar mucho tiempo antes de convertirse en esas tristes figuras de ceniza tersa y frágil, muertos calcinados que, al parecer, su único “pecado” era ser infantes. Los ancianos, por otro lado, siguen planteando un número poblacional “normal” a estas alturas de los hechos.
Los perpetradores de este apocalipsis aterrador, estos “Inquisidores” del fin de los días son los causantes de la terrible nueva realidad que enfrenta la humanidad.
Seres habitando planetas inimaginables o nebulosas o simplemente flotando y vagando en los confines del universo, sedientos de muerte, pero no solamente de la muerte de otras formas de vida sino de sus propias muertes que, desgraciadamente para ellos, no pueden alcanzar por más que así lo deseen.
En el oscuro espacio casi vacío que llamamos universo, una forma de vida lleva miles de millones de años existiendo. Son seres imperecederos, eternos, sus estructuras moleculares y ambientes son en extremo distintos a lo que los humanos conocemos. Formas de vida errantes que han desarrollado habilidades y maneras de trasladarse de forma rápida y segura entre galaxias. Imaginemos eones, océanos de tiempo inconmensurables donde estos seres han vivido y aprendido de la existencia que les tocó probar y soportar.
No se reproducen como cualquier animal a base de carbono y otros elementos esenciales para la vida que conocemos en la Tierra. Son creados a partir de la energía emanada de su Sol. Un gigante colosal que da vida, arbitraria e intermitentemente a estos errantes eternos. Energía solar pura, elementos químicos extraños y condiciones físicas inimaginables dan movimiento y conciencia a esta forma de expresión universal. Es el resultado del hambre que el cosmos tiene de crear vida, esta vez, inmortal.
Una cantidad ridícula e incomputable de millones de años luz separan a estos “inquisidores” de la galaxia que alberga al sistema solar en que orbita el planeta insignificante donde habitamos los muy inferiores seres humanos.
Pero ¿qué es lo que atrae a los inquisidores y cómo se dieron cuenta de la existencia de la vida humana a tan vasta distancia de ellos?
La muerte, precisamente la muerte, la capacidad de dejar de existir, el final de la vida y la conciencia. Atrapados en la infinitud de sus vidas, abrumados por una existencia interminable, los inquisidores desean entender, o por lo menos, dejar de existir. El concepto de muerte para ellos es de una naturaleza exótica. Después de haber comprendido y examinado el universo casi por completo, su deseo por escudriñar la realidad de la muerte ha sido mermado indefinidamente por su propia naturaleza y concepción.
Qué lástima y qué terrible destino final alcanzó a la humanidad en el peor tiempo de ésta, donde se gesta la mayor guerra racial de su historia gracias a los grandes avances en biotecnología y manipulación genética que desarrolló una nueva especie de humanos mejorados, más fuertes y casi eternos…
Fuimos descubiertos por los seres que no pueden morir, pero que desean desaparecer, y por su envidia seremos su gran experimento, hasta que muera el último humano, de cualquier especie, mientras siguen su eterna búsqueda en el cosmos entero hasta encontrar otras formas de vida que, a diferencia de los inquisidores, sí puedan fallecer y así continuar hasta el fin de los tiempos con sus asesinatos masivos, sedientos, de sus propias muertes.
Como especie, los Homo Sapiens somos adictos a matarnos unos a otros, a descuartizarnos y querer exterminar toda forma de vida de nuestro planeta, y eso nos incluye... Vaya que somos vida primitiva y digna de ser observada desde fuera.
Ahora ya no somos relevantes… tal vez, nunca lo fuimos.
Lalo Mandragore
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