Tierra*
Minuto a Minuto

alebrijeLa arena se me enterró entre las uñas. La ignoré, seguí con las manos hundidas. Mi castillo no tendría puente ni foso, ni siquiera una torre; se parecería a tu casa: el techo plano y la entrada enorme. Al principio se me ocurrió formar el camino de piedras que hizo papá; decidí dejarlo en su lugar, delante de la puerta; me recordaría la dureza del patio clavada en la espalda, la noche con más horas, cuando acampamos en el jardín.

Una moneda de a peso voló, el águila viendo hacia el cielo te dio las cobijas dobladas y el cojín; a mí, la obligación de acomodar la sábana y la cuerda como si fueran una casa de campaña. Mientras esperabas sentada en la fuente, deshaciendo un manojo de pasto, fui a la carpintería de papá. Mamá me prohibió hacerlo; si la desobedecía, ir a la cama sin cenar, en el mejor de los casos, sería el castigo. Entré a buscar la cuerda, sintiendo sus ojos colgados de los hombros. Volteé más de una vez para encontrarme con el jardín, contigo, con luz en la cocina. Mamá estaría preparando el café con leche de cada merienda. A tientas, llegué hasta la mesa donde papá clavaba tablones para un banco jamás terminado. Tomé el rollo de cuerda y salí casi corriendo, sin tropezar.

Desenrollé la cuerda, era tan larga como para anudarse entre el roble y la columna inconclusa que iniciaría la casa, un portal como los de los templos griegos. Piedras arrancadas al camino de papá le arrebataron la sábana al viento. Te acercaste cuando la casa de campaña estuvo lista. Tirado en el suelo, te vi con una velita de cumpleaños cerca de la nariz, encendida; tu rostro había robado la forma de una calavera. Escuché sin hablar.

–Ven a ver los pinos. No se parecen a los que estás acostumbrado. Los troncos son metal y sus copas bajan con la lentitud de un caracol. Tienen piernas, sus brazos guardan la fuerza de diez hombres, pero la destilan por las uñas. Pronto llegarán al suelo. La punta de la lanza los perforará desde la tierra hasta el cielo, pasando por vientre y cuello.

Cerré los ojos. Un espasmo, casi devuelvo la comida. Afuera, la luna dibujaba raíces al roble.

–Por favor, dime cómo es tu casa de la playa–, supliqué.

Entre risas, dijiste: “La pared es blanca; así, confundida con la arena, los asaltantes creen que una tormenta se ha vuelto sólida”. Pronto el bosque de empalados quedó detrás del muro, de la playa turquesa, de tu voz.

Por la noche soñé con esa casa, un tornado con puertas de cristal, clavado a lo lejos; desaparecía en cuanto me acercaba. Amaneció y le pedí a mamá que viniéramos. “Sólo si sacas dieces en los exámenes lo pensaré”, me dijo mientras deshacía las yemas con un tenedor, sin apartar los ojos de la estufa. No saqué nada cercano al diez y tu mamá nos invitó por las vacaciones.

En un principio me gustaron las columnas alrededor de la alberca –la alberca no, no sé nadar; a lo mejor es tan difícil como volar–, el fondo como el tablero donde tu mamá y la mía jugaban ajedrez. Pero luego quise que regresáramos.

Tú me diste la idea con tu beso de arena. Atravesé el patio, corrí hasta la playa. Era un sol plano, estampado con las huellas de las lanchas, el mar respiraba. Me ardía la lengua. En vez de enjuagarme, escupí costras y saliva. Casi vomito al ver los caparazones amarillentos, momias de tortuga. Me tiré de espaldas y enterré los dedos sin querer. No hubo heridas en las manos, la playa tampoco se pintó de rojo. Parecía estar descansando sobre un colchón de agua.

Y se me ocurrió copiar tu casa. Formaría el patio detrás de la pared frontal, las columnas, después te traería de la mano para nadar juntos en la pequeña alberca. Hice nueve intentos o más, conseguí las dunas extendidas del Sahara, ilustraciones en mi libro de geografía. Imaginé tu risa, el sol enrojeciéndote la cara y los hombros, tu traje de baño rosa y azul, mis ojos observando un castillo en la masa sin forma. Te dejé en la alberca, en compañía de tus dos mamás, mientras volvía a amasar la arena. Con el dedo hice un dibujo que trajo a la maestra del kinder, su uniforme rosa con blanco, las bolitas de plastilina pegadas en la trenza de la niña de enfrente: eran dos círculos y varias líneas unidas a manera de tronco, brazos y piernas. Tú y yo de la mano. Sonreí. Así está bien, pensé, no quise sentir tu lengua de arena otra vez.

*Alebrije No. 38. Director: Gerardo Pérez Muñoz.