Todos dicen que la memoria de los peces dorados se cuenta por segundos ¿será cierto? Todos aquellos que comparten esta arbitraria afirmación presumen que este hecho está comprobado, yo no lo creo y estoy segura que ella tampoco, cuando ataba con alegría las amorfas figuras que dibujaba su abundante cabello, rehusándose a ser domado por las cintas coloridas que solían adornarlo cada mañana y así seguía su rutina. Mataba a los duendecillos que la obligaban a continuar con sus sueños refrescando su carita infantil con agua tibia, después llegaba la hora del cereal era entonces que las fresas o moras no escatimaban esfuerzos y una a una caían las valerosas heroínas sobre el tazón rosado para acompañar su desayuno.
Puedo asegurar que hasta este momento él no pasaba por su mente ni por error, llegaban a su cabeza desordenada las tareas olvidadas, los paseos con sus amigas por el parque, el examen que se avecinaba, sus cuadernos, los caramelos y hasta aquel chico que sin motivos la molestaba con frecuencia, pero él que iba de aquí para allá pensando en ella, viendo a cada instante entre las ondas bamboleantes de múltiples tonos azules su sonrisa, siendo ella su único motivo de existir, no llegaba a sus pensamientos ni como ligera sombra, ni silueta transparente.
Daba giros cuando sentía que se acercaba y de pronto!… nada la veía pasar. Sólo se trataba de ese endemoniado aparato escandaloso que lo hacía temblar y eclipsaba su presencia. Pero no estaba tan mal, al menos la mantenía un buen tiempo, incluso horas cerca de él. Se colocaba en la esquina que le permitía ver con claridad su rostro, cada gesto era hechizante, cuando subía la cejas asombrada, mordía su labio inferior intrigada y esa sonrisa angelical que formaba unos graciosos hoyuelos en sus mejillas. Abría aun más sus redondos ojos inexpresivos -¿Por qué somos tan diferentes? Se interrogaba, pero incluso no podía exprimir su nostalgia, acaso también fue privado del delicado líquido con que se baña el alma o sólo era que las lagrimas no eran perceptibles entre las aguas. Sabía que el reflejo que veía cuando la luz bañaba un vértice de su hogar era él, llegó a esta conclusión no sólo por notar que los movimientos que hacía eran copiados a la perfección por su compañero del cristal, más bien por la inmensa soledad que lo abrumaba cuando lo envolvía la oscuridad.
Sin embargo cuando el sol se ponía de su lado, se miraba, comprobando que él no tenía cejas como las de su amada que hablaban de sorpresa, ni labios y jamás podría soñar con una sonrisa. ¿Y qué? si ella no podía flotar como él o hacer mil burbujas, porque ella era perfecta.
La veía alejarse cada día cruzar la puerta, y no podía ir detrás, no podía detenerla, se encontraba prisionero de una cárcel tranparente, platicaba de su amor con cuentas de colores y con las algas plastificadas que pendían de la superficie.
A ratos soñaba con un paraíso, con una inmensidad azul, describirla sería complicado, después de ella sería lo más hermoso, la vegetación no eran cacharros decorativos, eran suaves y de mil tonos, danzaban al mágico ritmo de las corrientes acuáticas, y los rayos solares que perforaban la superficie hasta alcanzarlos se descomponían en incontables destellos dorados y verdes, en aquel lugar todos eran parecidos, era feliz, aunque nunca sabremos si eran sueños o tal vez recuerdos. Para él no eran mucho, fueran ilusiones o una realidad pasada la olvidaba al instante de ver su silueta pasar.
Y cuando ella lo advertía, entonces todo era perfecto, cuando la tenía frente a él y su dedito blanco golpeaba el cristal, reía y su sonrisa era dedicada a él, ella lo alimentaba, el comía una o dos hojuelas para no mostrarse descortés pero eso estaba en segundo plano, no desaprovecharía un segundo para mirarla y sentirla a su lado, se ruborizaba cuando ella ponía su nariz afilada que se afilaba aún más al contacto con el vidrio, entonces se abalanzaba sobre éste y le robaba un beso pensaba. Pocos logran alcanzar la felicidad que él sentía cada tarde.
Cuando ella se retiraba, aunque le dolía, no salía de su encantamiento y como amante fiel le juraba que esperaría su regreso, para ella era un trocito de su rutina, para él más que una promesa, una cita que esperaba con ansia desde el momento en que la miraba partir, para ella él era su pez dorado, para él, ella era su vida, su amada, su sirena sin aletas, para ella una mascota que alimentaba a las 6, para él su único recuerdo que alimentaba cuando caía el sol.
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