
Un mes antes el cambio se respiraba. La casa canjeaba sus colores clásicos por el rojo, el blanco y el verde. La nochebuena aparecía en manteles y carpetas mientras la atmósfera se llenaba de aromas exquisitos que salían del horno o de las hornillas de la estufa.
Ella con singular alegría se movía por la casa, lo mismo en la cocina donde sus manos desarrollaban excelencias culinarias o en la casa donde colocaba diversos adornos.
La chimenea encendida y el olor a madera daban al arreglo de la casa un calor sólo comparable a la luz de la sonrisa que se dibujaba en un rostro cuyos ojos siempre centellaban amor.
Era admirable la vitalidad de esa mujer. Esa reina del espacio que pisaba. Mi madre era un ser singular con muchos ritos. Su preferencia por la Navidad se respiraba desde aquellas suaves galletas que al salir del horno parecían derretirse en su degustación. Algunas, tenían forma de flor, otras de arbolitos de Navidad, en forma de esfera, de copitos de nieve..., y todas, todas adornadas con gajos de cereza rojos y verdes perfectamente cortados. En la tarea participaba mi sobrina que al consejo de la abuela movía sus pequeñas manos en la masa amarilla dentro del juego de cocinar con la primera gran lección: todo se debe hacer con amor.
El producto de ese trabajo siempre era compartido con visitas y amigos; en especial con la señorita Anita. Aquella que desde niños nos regalaba dulces en su papelería y cuya sonrisa se nos regalaba en cualquier momento del año. Con toda formalidad y cesto en mano mi sobrino cruzaba la calle para llegar a la casa de fachada color verde y ahí dar a la alegre señorita, siempre vestida de negro, el singular regalo acompañado de una tarjeta expresando deseos de felicidad.
El arreglo del árbol y la puesta del nacimiento era precedido de bajar grandes cajas y sacar una a una las figuritas que esperaban todo el año para ocupar en la temporada invernal su papel de estrellas.
La sala era el punto de reunión para esa tarea. Chimenea encendida mis sobrinos llegaban atraídos por el entusiasmo de la abuela y solícitos ponían elefantes, patos, búhos, burritos, copitos, santas, piolines y demás personajes en un árbol que poco a poco iba poblando sus ramas de habitantes y luces hasta que la estrella ocupaba su ápice y sus plantas eran tapadas con regalos que desde ese momento despertaban atención, curiosidad y ansiedad por el gran día.
El nacimiento requería de mamá un especial cuidado donde mi sobrina, la mayor, auxiliaba para colocar a papá José y mamá María cuidando al niño ubicado entre los dos.
La música, otro de los gustos de mamá, se escuchaba en cánticos navideños mientras los ayocotes, las mechas de ángel, el pavo, el bacalao empezaban a cocinarse en una cocina perfumada de sabores.
Por fin, el gran día llegaba. La mesa con copas y vajilla especial era acomodada en una mesa que esperaba a los comensales. Desde la cocina salía una leve sonrisa porque el amor de una madre a su familia otra vez y como todo el año, se hacía patente en ese pequeño espacio porque para mamá la Navidad era el punto culminante de su filosofía de vida: “la caridad por la casa empieza”.
Al termino de la cena y después de abrir regalos cada quien se iba a su cuarto. Los últimos: mamá y yo. Recogiendo cosas la plática fluía y sus brazos cruzando mi cuerpo y sus lágrimas de emoción bañando mis mejillas eran el final de una nochebuena más y que servía de preludio a una nueva Navidad de esperanza.
La del 95 no fue Navidad común. Aunque tuvo todos los ingredientes descritos, se significó como la última en que la reina de mi corazón estuvo físicamente con nosotros. Dios la llamaría a finales de enero del año siguiente y se inicio una nueva forma de celebrar la Navidad donde no hay adornos en una casa que respira soledad y una cocina que no despide más aromas exquisitos.
Ella la gran ausente. No hay hormiguita moviéndose por los pisos con adornos y su delantal a cuadros.
La navidad del 96 fue fría para mi corazón puesto que no asimilaba la gran pérdida, pero el tiempo y su voz en mis oídos me hizo comprender que aunque no estén sus galletas, sus carpetas, su música, su risa, su calor... ella esta ahí porque vive en mi mente y porque sé, porque así me lo enseño, que en cada risa y cada vez que regale amor, la Navidad de su rostro estará porque vive en mi mente y porque ella camina a mi lado y me ayuda a seguir adelante. Ella está en la sonrisa de mis sobrinitos que son el futuro y que al recuerdo de la abuela disfrutan la Navidad compartiendo alegría y todavía mi sobrina la mayor cruza la calle hacia esa casa verde para dar su regalo de Navidad y hace esfuerzos con sus manos, ahora más grandes, para sacar de la masa amarilla una galletas que algún día tendrán el sabor “como las de la abuela”.
Cuando los seres queridos se van, buena parte de nuestra existencia se va con ellos pero pocas veces nos acordamos de celebrar su existencia esforzándonos por engrandecer sus enseñanzas y de esa forma volverlos inmortales...
*Juan José Cesín Vargas es catedrático del Benemérito Instituto Normal del Estado de Puebla, autor de los textos: "Educación para la vida y formación permanente: Futuro de las Escuelas Normales” y “Coro Normalista de Puebla. 45 años de alimentar el alma con sus voces”
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- De tí, de mí... del tiempo
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- Siempre hay tiempo para reír
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