Atrás del amor, la muerte (Cuento)
Minuto a Minuto

18 de febrero 2021


Era mi viejo con su sonrisa de esperanza. Era mi abuelo, a quien el sol de la mañana le iluminaba el rostro y el viento le movía su barba. Su paso, aún firme y vigoroso a sus sesenta y cinco años, no permitía el arribo al invierno de su vida, para doblegarse al cierzo.

Amaneció un día con la alarma de un colapso mundial: países asiáticos, europeos y de otros continentes, sufrían una pandemia que avanzaba por el mundo. Miles de muertos, miles de infectados por un virus. Caballos del apocalipsis galopaban por el planeta, jinetes horrendos habían escapado del inframundo y con flagrantes espadas de destrucción, apuntaron hacia los cuatro puntos cardinales esparciendo la muerte.

Miramos abrirse los abismos que separaron a padres e hijos, a los hombres de sus hermanos. El mal implantado cruzó fronteras. Nadie estaba a salvo. Nubes negras cubrieron el cielo y la oscuridad se adueñó de la risa. El silencio, en los ojos de los niños languidecía su mirar. La seguridad en la obtención del pan y hasta la capacidad de hablar estaban amenazadas. El tumulto de camaradería se arropó en la “caverna hogar”. En las calles desoladas, el viento diseminó el espanto. Los globeros en los parques soltaron los hilos de sus globos con plegarias embebidas de llanto y explotaron en un cielo difuminado de miedo y dolor. La esperanza resquebrajada escapó de la caja de Pandora.

Mi abuelo, oraba como Job, pidiendo un corazón fuerte inculcado de fe, y de confianza en la misericordia. Su salmo repetido, rogaba la protección y supervivencia para el mundo y su familia. Noticias alarmantes sobre la propagación de la mortal pandemia nos tenía temerosos y vivíamos escondidos.

Los sanatorios fueron insuficientes, la medicina no podía con aquel mal. Los muertos sin ser entregados a sus familiares se debían cremar inmediatamente. El desempleo por la contingencia cobró su cuota. La delincuencia y violencia mordió las manos que curaban y ofrecían pan.

Mi abuelo fue un niño huérfano, y nos platicaba de la ayuda que recibió por personas desconocidas y según él era tiempo de devolver bondad por bondad. Sin temor por los hechos delictivos que sucedían, ofreció su generosa ayuda para repartir comida. Mi abuelo oraba: Señor, en mis manos no hay violencia mi ayuda es pura y con bondad. El adorado y glorificado, escuchó su oración. Llegó a un acuerdo con mi madre, su hija, para que le preparara comida y él pudiera repartirla.

Él mismo se condicionó a no entrar a nuestro hogar para resguardar la seguridad de la familia. Se fue a vivir en una casa del lado opuesto de nuestra calle. Todos los días nos conformaba verlo desde su patio agradecer los alimentos depositados en la entrada de su vivienda, y por la tarde, saludar con las dos manos mostrando los recipientes ya vacíos de alimento. Los beneficiarios de aquel servicio que nuestra bondad permitía, lo saludaban en la calle, aunque no faltó algún desconsiderado, que se atrevía llegar hasta su puerta y hablar con él. Las noticias alarmantes de agresiones sin razón a bienhechores, nos inquietaban. Yo, su nieto mayor intenté resguardar su seguridad, pero él no lo permitió.

Con un milenio de palabras mudas se entretuvo el tiempo. La figura del abuelo que ahora recuerdo, nos brindaba la esperanza impuesta en su garboso andar.

Una tarde, cuando el período de contagio de aquel “corona virus”, llamado Covid 19 era más alarmante, el abuelo, obligadamente, dejó de repartir comida. Las autoridades ante la peligrosidad de contagio mortal, prohibieron el acercamiento social y el uso de un “cubre boca”. En todos los hogares se sobrevino una triste soledad angustiosa. Aquella medida sólo nos permitió saludarnos con él desde el patio. Su figura cansada y solitaria nos embargaba de tristeza.

Pasado el tiempo, que con pesar sobrellevamos varias cuarentenas de resguardo, fue anunciado el levantamiento de contingencia. Aquel día mi viejo nos gritaba en nuestro patio todavía de lejos agitando los brazos “¡saludos! ¡saludos! ¡sobrevivimos! ¡sobrevivimos! ¡Alégrense!, mañana lo celebraremos”. Dando una graciosa vuelta con paso de danzón, se despidió sin darnos tiempo de poder abrazarlo “Abuelo incorregible, se salió con la suya”, dijo mi madre; reímos y nos abrazamos felices.

¡Nuestro cielo se abría!, carreras y gritos de los niños liberados de sus cómodas prisiones inundaron el ambiente. La alegría del vecindario se mezcló con el ruido de motores, el estruendo de los cláxones y música altisonante inundó la noche. Casi sin dormir, esperamos al nuevo día.

¡Éramos libres, libres! Aunque con ciertas restricciones como correr a los brazos de mi abuelo que bailaba de contento. Con la seguridad de haber sobrevivido, todo era festejo, mi madre preparó un desayuno especial para festejar el día y honrar la imagen amada del abuelo. Considerando su cansancio, esperamos su llegada, sin embargo, esa espera no fue mucha, porque decidimos “Vamos por el abuelo”, y caminando la distancia a su casa; terminamos corriendo.

El sofoco natural nos hizo detenernos. Con asombro vimos, ¡Missi su gata! Missi la mascota consentida de sus afectos, estaba degollada a la entrada de su casa que tenía la puerta semiabierta. Gritando con angustia entramos.

“¡Abuelo, abuelo! ¡Abuelo! El desorden del lugar nos impactó, en una mesa volcada escurría un líquido que emitía un olor corrosivo sobre sangre reseca. ¡Abuelo, abuelo! Lo buscábamos desesperados, todo era desorden, su habitación estaba revuelta y su cama sin sábanas, la ausencia de pertenencias nos iba dando una pista. ¡Un robo! ¡Un robo! ¿Un robo? Apresurado, tomé su saco colgado del perchero y miré por la ventana que daba al jardín, un rostro casi desconocido desde su silencio, respondió a nuestro llamado.

Mi madre de rodillas junto a su cuerpo inerte, era la imagen de la piedad y el desconsuelo. Mi hermana y yo quedamos mudos de dolor. Con un llanto inconsolable acompañamos su cuerpo hasta el crematorio. Nuestra tristeza moja cada día su amado recuerdo.

Después buscando algún indicio de aquel crimen abominable, recordé su saco y encontré en una de sus bolsas un papel estrujado con una oración, que posiblemente pudo haber escrito en algún momento de amenaza: “¡Oh mi Dios!, no permitas que mi sangre se riegue en la tierra por manos impías, que nada sofoque mi grito de triunfo. ¡Oh tierra, no me cubras de sombras, no ahogues mi voz”.

Mi querido abuelo, había muerto por una puñalada en su corazón; y su rostro había sido desfigurado con ácido.

Sarahí Jarquín, Integrante del Círculo de Escritores Sabersinfin