Mi collar de perlas (Cuento)
Minuto a Minuto

1 de febrero del 2021

 

A mi madre y a mí nos fascinaba el cine. Veíamos films de la época dorada de Hollywood. Siempre la estrella entraba a una gala con un vestido de raso, orquídea natural prendida al escote, estola de mink y un collar de perlas. Igual que las niñas de hoy sueñan con ser princesas de Disney, yo soñaba con un atuendo similar... algún día.

Con el paso del tiempo olvidé las pieles y las orquídeas, pero la imagen del collar de perlas me persiguió en sueños. Cuando la empresa Mikimoto principal cultivadora de perlas en el mundo, destruyó un lote de 5 mil ejemplares imperfectos para desafiar a sus competidores, lloré.

Cuando cumplí quince años, mi padre me preguntó qué quería de regalo, contesté sin titubear: “Un collar de perlas”. Mi progenitor hizo un gesto de extrañeza (en realidad él y yo acabábamos de conocernos), pero apareció dispuesto a recomponer las cosas, y yo me aproveché.

Ese 8 de agosto me dio un estuche de terciopelo café, y en un lecho de seda blanca yacía un collarcito de perlas. Me lo puse y agité la cabeza de un lado a otro, sintiéndome Sofía Loren. No lo despegaba del cuello más que para dormir, y también emulando a la diva, paseaba los dedos incesantemente sobre la preciada sarta. Había leído en una revista femenina que “necesitaban del contacto humano para conservar su lustre original pues se nutren de la grasa de la epidermis”.

Tras siete días de pasarlas y repasarlas sucedió una catástrofe: ¡rompí el collar! La tragedia sucedió en las gradas de un estadio de béisbol, y fue imposible recuperarlas todas. Llegué a casa llorosa, con un puñito de perlas enlodadas en una mano y el hilo vacío en la otra.

Mi tía abuela Carlota (socialité de la aristocracia porfiriana pre revolucionaria), me dio la estocada final.

-Ya no llores hija, estas no son perlas auténticas.
-¿Cómo lo sabe usted?
-Ay niña -contestó- son de pasta, luego se ve.

Uniendo la acción a la palabra mojó un trapo en acetona y frotó una de las rescatadas perlas; con asom-
bro vi cómo desaparecía la cubierta nacarada y quedaba una humilde esfera de plástico.

-¿Lo ves? -dijo mi tía- desconfía de los hombres, en particular de los que dan joyas falsas. (Tenía razón, pero lo supe después). Hace diez años trasladé mi residencia a Puebla. Llegó a casa Viviana: una ayudanta doméstica que resultó un tesoro. A pesar de su constitución (medía 1.50 y pesaba 85 kilos), era un dínamo de energía. Matriarca de un clan de siete hermanos, con los que poseía como una hectárea de terrenos ejidales por Cuautlancingo, se levantaba a las 5 de la mañana para cumplir todos sus compromisos. No faltó ni un solo día. Era trabajadora, cumplida, limpia, discreta, de buenos sentimientos y excelente cocinera. Funcionamos muy bien durante cinco años.
Un día me comunicó:
-Doctora: fíjese que mis hermanos y yo entramos a una empresa de calentadores solares y creo que en un mes o hasta que consiga a alguien, ya no podré venir a ayudarla.

No me asombró porque conocía su potencial. Naturalmente le pregunté cómo había dado el salto del proletariado a la clase empresarial.

Resultó que un japonés desbalagado y emprendedor, llegó a rentar una parte de su propiedad como bodega para calentadores solares. Iba y venía a la ciudad de México. Después les propuso a sus hermanos que le ayudaran a las entregas y les enseñó a instalarlos.
Aunque el sujeto no hablaba español -y por supuesto que ninguno de su clan el japonés- se entendía bien con ellos, a tal grado que lo invitaron a su cumpleaños un domingo. El señor Akira (tal era su nombre), en medio de la celebración tradicional con carnitas, chicharrones, chorizo y cerveza, el hijo del Sol Naciente se negó a comer. A puro lenguaje de señas manifestó que esos alimentos eran muy perjudiciales para la salud y que por eso estaban muy gordos. Viviana -siempre diligente- le confeccionó un platillo con nopales, tomates y pepinos.

-Se puso muy contento. Ya hizo a mis hermanos sus socios, y esta semana se vino a vivir con nuestra familia. Van a salir a vender a los pueblos y tengo que permanecer en casa para atenderlos a todos.

Continuó platicándome casi a diario sus anécdotas con el nipón (unas hilarantes, otras ilustrativas: yo gozaba por igual oyéndolas).

Pero llegó el día -¡Ay!- que doña Viviana se despidió de nosotros definitivamente.

Dos años después se enteró que mi esposo estaba enfermo y vino a visitarme. Llegó con una preciosa bolsita de colores que colocó en mis manos, envolviéndomelas luego con las suyas; yo sentía simultáneamente en mi palma la suavidad de la seda y en el dorso las callosidades de sus dedos. Me dijo con dulzura:

-El señor Akira fue a su país para traer a su esposa. A todas las mujeres de la familia nos cargó regalos: kimonos, muñecas y abanicos. A mí me tocó un collar y... mire Dra. yo nunca lo voy a usar: me vería ridícula. Usted tiene ropa, porte y eventos para lucirlas. Cuando suba fotos me dará mucha alegría ver que lleva algo de mí.

Juro que me resistí bastante, le expliqué que los presentes no se regalan, que es de mala suerte, etc., etc. Pero ella insistió y al verme a punto de llorar se apresuró a despedirse.

Abrí la bolsita donde yacía un collar de perlas cultivadas: redondas, grandes, perfectas, con un oriente irisado y un broche de filigrana plateada. La etiqueta traía caracteres en japonés e inglés y un logo: Mikimoto LTd.

Cincuenta años después, tengo un collar de perlas auténticas. Con la enfermedad y fallecimiento de mi esposo, la delincuencia y ahora la pandemia, no las he estrenado. Pero todos los días las repaso con mis dedos para que se nutran.
Y yo también.

Alicia Flores Ramírez, Integrante del Círculo de Escritores Sabersinfin