Ensayo sobre la pobreza
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Mónica Sanguino López*


Soy pobre, muy pobre, y siempre lo he sido.

Ésta es mi historia.


Nací en una familia acomodada, del barrio más rico y famoso de Madrid. Tenía los pañales, la cuna y los juguetes más caros. La niñera que me cuidaba era  especialista en pedagogía y era considerada como la mejor en todo el país; mis padres la mandaron llamar especialmente para mí.

Fui, desde maternal, al colegio privado bilingüe que más prestigio tenía. Apenas cumplí los 16 años cuando ya manejaba la mejor motocicleta que se vendía en el mercado. Dos años después ya maneja el coche que quería.

Siempre fui líder. Durante mis años de adolescencia fui capitán del equipo de baloncesto y de fútbol. En las aulas, también era el mejor. Sacaba las mejores notas en todas las materias, y si en alguna bajaba un poco, ahí tenía enseguida un profesor que me apoyaba para volver otra vez a la máxima calificación.

Vestía las mejores ropas que hubiera a la moda. Los mejores manjares estaban siempre en mi mesa. Todas las chicas me perseguían porque era guapo, vestía bien y lucía mejor. Todo propiciado por las clases de protocolo y saber estar que me enseñó una experta en todo ello, contratada por mis padres.

Viajaba a todos los lugares que quería, sin importar lo que costaba el billete de avión o el alojamiento en el hotel. Entré a la mejor universidad. Estudié derecho, como mi padre, un abogado de mucho renombre.

Me corría todas las juergas que quería y más. Tenía una gran cantidad de amigos, algo que siempre fue así desde la infancia.

Me titulé siendo el primero de mi promoción. Ahora dirijo un famoso bufete de abogados

Y aquí me encuentro…solo.

En una oficina que se hace inmensa.

Sin poder tratar a un cliente: yo mismo.

Lo que veo en el espejo no me gusta. Su reflejo me muestra a una persona sin calidad humana, que no respeta principios, ideales o creencias.

Hoy en la penumbra de mi existencia me doy cuenta que no soy capaz de dirigirme a uno de los abogados a mi cargo sin poder evitar hacerlo con un halo de desprecio.

Cuido al máximo mis palabras cuando estoy en un juicio, pero no lo consigo hacer en mi vida personal. No logro apreciar las causas justas por las que lucha la gente, ni tampoco sé diferenciar cuando un juicio está perdido porque el delito fue verdadero e innegable a los ojos de nadie.Me limito a defender todo lo que pasa por mis manos, sin conocer a la persona que se encuentra tras esos papeles y trámites legales.

Como una máquina. Así soy yo.

Nunca tuve cariño ni atención. Nunca nadie me dijo que estaba orgulloso de mí.

Mi obligación era ser el mejor en todo, sin ningún pretexto.

Mis padres casi nunca estaban en casa. Por eso me compraban todo lo que quería.

Hoy, puedo decir, que mis coches, mis motocicletas, mis juguetes... Todas las posesiones acumuladas, no valen nada, porque estoy vacío por dentro.

Nunca he podido tener una relación de más de unas semanas, porque nadie me enseñó a decir "te quiero", "te aprecio", " me siento muy bien contigo". Pensaba que eso sólo ocurría en las películas, que el amor no existía, que realmente era un cuento.

Las mujeres que se acercan a mí sólo lo hacen con interés, para que les invite a cenar o al cine y les compre joyas y perfumes. Todos los amigos que tuve sólo estaban conmigo por mi dinero, porque yo pagaba las juergas.

Mi padre falleció hace poco. Hoy me han llamado de la universidad donde estudié para invitarme a un acto donde se pondría el nombre de mi padre a un salón, por ser el mayor inversor en los últimos años. Mi reacción fue de sorpresa y extrañeza.

Estando al teléfono contesté:

-¿En serio?

Y el interlocutor, un administrador de la dirección con el que tenía confianza porque ya le había sacado de un par de apuros, me dijo:

-¡Pues claro! ¿Nunca lo supiste? ¿De dónde te crees si no que salió tu mención de honor por ser el primero de la promoción?

El mundo se me ha caído a pedazos. La única cosa que todavía me mantenía orgulloso era esa mención de honor. Sudé y lloré por conseguir ese lugar, y ahora sé que todo ese esfuerzo que hice fue en vano, pues todas mis calificaciones ya estaban compradas por mi querido padre.

Ni siquiera eso en mi vida es real.

Mi madre no ha llorado la muerte de mi padre, pues nunca se veían. Estoy empezando a pensar que su matrimonio fue de conveniencia. Qué bien, que familia más bonita la mía.

Auguro en mi vida morir solo, en mi inmensa y flamante casa. Con mis sirvientes llevándose todo lo que puedan y más, porque ni ellos me son fieles.

Soy pobre, muy pobre y creo, que irremediablemente siempre lo seré. Porque no sé el valor de las cosas, de las cosas de verdad, cómo es un abrazo, un beso sincero, una palabra bonita, un gesto de complicidad...

No soy feliz y, recopilando hechos, creo que nunca lo fui.

Espero que ustedes, que tienen la oportunidad de leer esto, sepan apreciar lo que tienen.

Aunque no tengan una economía para derrochar ni unas posesiones ostentosas. Si tienen un padre o una madre que se preocupa por ustedes, hermanos, amigos de verdad, una pareja en la que existe amor, cariño...

Ustedes nunca serán pobres, porque la verdadera riqueza se lleva en el interior.