LA SEÑAL
Por: Fabio Alvarado García[1]
-Nadie es tan fuerte como tú- le decía la ardiente muchacha al musculoso gladiador -¡Nadie puede vencerte!
Todavía desnudos y cubiertos por las ricas sábanas de seda que adornaban el lecho, él contestó:
-Ningún hombre, ningún soldado o gladiador puede derrotarme!
Dejándose acariciar impúdicamente por su amante, la chica no dejaba de abrazarlo.
-Mañana no podré verte después de los juegos- mencionó ella de repente.
Con mirada de quien presiente que es engañado, pero que no acierta a encontrar la verdad, el fiero gladiador no contestó.
-Es importante que obtengas tu libertad. Nuestro amor no debe de ser. No es correcto.
-¿Qué piensas entonces sobre nosotros?-preguntó él.
Con la mirada en el techo, la guapa romana meditaba.
Después de un rato, contestó:
-Nada que no sepas. Sólo sé que te quiero.
-Siempre dices eso y luego me abandonas sin razón habló el mozo con palabras dolidas.
-Imaginaciones tuyas. Ya verás como resuelvo la situación. A los dos nos va a beneficiar. Ya lo verás.
La chica le dio un beso, se vistió rápidamente y salió por una puerta que estaba disfrazada y bien oculta en la pared.
Desde hacía algún tiempo él ya no confiaba en el amor de Marcela.
Seguido se mostraba inusualmente fría y la intensidad de sus encuentros ya no era la misma.
Sospechaba que ella tenía un nuevo amante.
Había razones para pensar así.
Pero no podía pensar en ello en esos momentos. Los juegos por la celebración de la victoria de las legiones en Britania todavía seguían festejándose y él tenía que participar en un rudísimo combate al día siguiente.
El nobilísimo Emperador Claudio le había prometido que si triunfaba en ese combate obtendría su ansiada libertad. El que Marcela fuera sobrina de la depravada Mesalina no garantizaba su triunfo.
Se rumoraba que la relación entre el Emperador y su esposa no marchaba en buenos términos. A fin de cuentas, ya fuera en público o en privado, el estúpido Claudio terminaba siempre por acatar la tiránica voluntad de Mesalina.
Había entonces que ganarse el favor de la emperatriz en el Circo.
¿Pero cómo?
* * *
Las gradas del monumental Circo Romano estaban abarrotadas.
Los gritos y las exclamaciones del público resonaban en todos los rincones del mismo. Enardecidos por las luchas, los espectadores pedían mayor diversión y mortandad.
Abajo, en la rampa de espera, los gladiadores esperaban su hora.
Entre los atenuados aullidos de la multitud debido a los pesados muros de la construcción, un guardia le indicó que ya era el momento.
Y entonces, llegó su turno.
Caminando con gallardía, engalanado con una rara mezcla de vestimenta germana de combate y de retiario, se dirigió al palco de honor. Levantó su brazo derecho que sostenía una larga espada de doble filo, su preciosa arma:
-¡Ave César, Imperatur, Morituri te Salutant!- gritó llenándose de valor.
Después de ser correspondido por el saludo del Emperador se colocó en el centro de la arena.
Su escasa, pero llamativa vestimenta, marcial mezcla de hierro con ricas pieles, podía distinguirse desde cualquier sitio del Coliseo.
Sentada entre las Vestales pudo distinguir a Marcela.
Ella no sólo era una de las vírgenes consagradas al Templo de Vesta. Era una de las más importantes debido a la nobleza de su añeja familia.
Chautius le sonrió.
Acto que fue correspondido por la sacerdotisa volteando la cabeza hacia otro lado con marcado desdén.
Mirando con agrado al fuerte luchador desde su lujosísimo palco, el Emperador comentó con su esposa, que estaba sentada a su lado:
-Si triunfa el buen Chautius le libertaré.
-Tantas victorias obtenidas lo justificarían- opinó convenciendo al torpe Claudio.
-¡Los Dioses estarán con él!
-Aún con ellos al lado, la Fortuna es veleidosa, querido mío- le contestó irónica la torva Mesalina.
-¡Muy cierto!- pensó embrolladamente Claudio -¡Ella también es una mujer!
Viéndolo de reojo, la emperatriz no pudo ocultar su desprecio y enojo.
Un poco más allá del palco imperial se encontraba el gallardo Publius. El joven no dejaba de ver a Mesalina.
Al percatarse ella de que el joven militar la veía, con una ligera sonrisa, llena de complicidad, le saludó. Él, con marcada deferencia, devolvió el gesto.
En ese momento, con desgarrador estrépito, abriéronse las rejas que delimitaban la arena con el interior del Circo.
Cuatro gigantescos tigres dejaron escuchar sus temibles rugidos. Libres ya de su prisión, invadieron la arena con escalofriante lentitud.
Al percatarse de la presencia de Chautius, se acercaron sigilosamente a él.
Inmóvil por la sorpresa, no atinó a primera instancia, a tratar de defenderse de esas bestias hambrientas.
Cuando uno de los felinos se le avalanzó, con milagrosa destreza esquivó la acometida. Enseguida, trató de blandir su espada para herir al animal pero ya otra fiera le saltaba a su espalda.
Mientras tanto, con sus afiladísimas garras, el felino, destrozaba sin piedad la piel del gladiador.
Pudo éste librarse del tigre con un certero golpe haciendo pasar la espada, en sentido inverso, junto a su tórax, traspasando la panza de la feroz bestia.
Mientras tanto, el público chillaba de lo lindo burlándose de los desesperados esfuerzos del infortunado Chautius.
En las tribunas, nada tenía mayor interés para Marcela, que el bellísimo collar de oro y diamantes que el varonil Publius, hijo de un famoso general y senador, le había hecho llegar en ese momento.
Nadie aún lo sabía, más bien, casi nadie lo sabía, pero eran amantes desde que él retornó de la triunfante campaña en la lejana Britania. Tiempo era lo que querían para dar rienda suelta a su pasión.
¡Cuánta razón tenía Chautius!
Después de algunas miradas provocadoras e insinuantes entre ella y su nuevo amante, la voluble vestal volvió el rostro hacia la arena para continuar viendo el desigual e infame combate.
Justo en ese momento, el pobre Chautius era destripado por un poderoso zarpazo. Cayó al suelo totalmente ensangrentado y con las vísceras saliéndose de por entre sus terribles heridas.
Sabiendo que la vida se le escapaba miserablemente, intentó huir arrastrándose penosamente. Esfuerzo que fue seguido de una delirante exclamación de las tribunas.
Otro de los tigres, el más fiero y agresivo, se le echó encima. Empleando a fondo el salvajismo propio de su naturaleza, con un zarpazo estremecedor de sus potentes garras, cercenó el cuello del infeliz.
Rodando como un vil guijarro, la cabeza del gladiador llenóse de sangre, estiércol y polvo.
Por una ingratitud del destino cuando la cabeza terminó de rodar, ésta quedóse viendo hacia las tribunas que ocupaban las Vestales.
Ninguna herida provocada por las bestias pudo haberle causado mayor dolor que la visión de su último destello de vida.
Entre la muchedumbre que gritaba con hilarantes carcajadas, su taimada amante, de pie, tenía su brazo extendido con el puño cerrado y con el dedo pulgar hacia abajo.
Por el gesto de su rostro, de seguro, profería voces. Pero desapareciendo éstas bajo la gritería de la alocada multitud, ya no pudo escucharlas.
Sólo el voraz felino que lo destrozó pudo ser testigo de una insignificancia.
Mientras la bestia se aproximaba a la cabeza de su víctima para cerciorarse de su fin, con la vista totalmente fija y exánime, una lágrima escurrió de los ojos del mutilado Chautius.
Reaccionando por instinto, el temible mamífero se detuvo.
Luego se tensó, erizándose completamente su pelo.
Y con la velocidad de un rayo tiró otro zarpazo.








