LOS CAUDILLOS
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LOS CAUDILLOS 

Por: Fabio Alvarado García

Ese verano del año 1961 fue particularmente seco y calcinante. En aquel tiempo trabajaba en la construcción de la carretera que uniría a la población de Debcias con la de Hidalgo del Parral.

Si algo se asemejaba al infierno bien podía haber sido esa región. Recuerdo que caían los rayos del sol de mediodía como plomo ardiente cuando divisé a lo lejos una humilde casita construida burdamente con adobe, piedras y tejas.

Apartándome de mi ruta topográfica, que consistía en una desértica vereda, dirigí mis pasos hacia ese oasis de frescura.

Al quedar bajo el amparo que la casita proyectaba con su sombra procedí a descubrir mi sudorosa cabeza del sombrero que la ceñía. Después, manteniendo aún los ojos cerrados, con la manga del brazo derecho de mi transpirada camisa, sequé el sudor que resbalaba por mi frente.

Todavía no abría los ojos cuando la vetusta puerta de tristes maderos se abrió de repente. Una sonriente y menudita anciana permanecía en la entrada con ambas manos deteniendo la puerta.

Tenía un cabello muy largo, totalmente cano y peinado en dos perfectas trenzas. Sus ojitos vivarachos combinaban a la perfección con sus delicadas facciones, que aunque surcadas por una infinidad de arrugas, reflejaban pinceladas de una antigua hermosura.

—¡Vaya calor!— brotaron suavemente las palabras de sus arrugados labios. ¡Pase, pase! ¡Le voy a traer un poco de agua! ¡Ya verá qué bien se refrescará!

             - Se lo agradezco- contesté sorprendido por la repentina atención de la encorvada viejecita.

            Caminó hacia lo profundo de su humilde hogar y volviendo el rostro haca mí volvió a decir:

            -¡No se quede ahí paradote, ándele entre!

           Entré muy despacio y di un rápido vistazo a mi alrededor.

          -¡Siéntese donde Usté guste!- me invitó con su dulce voz.

         Alrededor de una enorme y rústica mesa de madera se encontraban bien dispuestas unas pocas sillas del mismo material muy usadas y desgastads. Como único adorno la cubría un mantel floreado con manchas de líquidos vertidos sobre él como café, chocoloate y sabrá Dios de qué otras substancias más.

         Procedí a sentarme en una de esas desvencijadas sillas y esperé ansioso la promesa de un refrescante vaso con agua.

         En la sucia pared que estaba frenta a mí colgaba desalineado un gran cuadro de un oxidado y traicionero clavo. El cuadro era del General Francisco Villa.

        Montado sobre su famoso caballo el "Siete Leguas", posaba garboso. Lucía alegre y esbozaba una cálida sonrisa. Portaba su clásico sombrero que le infundía un aire marcial. Llevaba una chamarra de piel y sobre ella sus famosas cananas cruzadas. Su paliacate, anudado al cuello, le confería un don de mando y distinción.

        No resultaba extraño encontrar por doquier el retrato de Villa. En los estados del norte del país era muy usual y común encontrarlos. El General había sido muy querido y respetado por esas latitudes del territorio nacional y aún después de su muerte se le seguía recordando en fechas lejanas como ese verano del 61.

        No cabía duda de que el "Centauro del Norte" era una figura legendaria.

        Los pasos cansinos de la viejita se dejaron escuchar desde la cocina como avisando que volvía.

         —¡Tenga, jovencito! ¡Ya verá qué delicioso le va a saber!.

        Sujeté el vaso entre mis manos y sorbí algunos apurados tragos.

        —¡Gracias. Doña!— apunté al mismo tiempo que bajaba el vaso y lo depositaba sobre la mesa. Me llamo Francisco Montal-o Guzmán.

        —¡Ah!— exclamó —Qué nombre tan mentao tiene Usté!

       Sonriendo, no supe que responder.

      —¿Tiene familiares?— traté de continuar la plática.

      —¡Uuuuyyy!. Ya no queda nadie de mi familia. Mijo murió hace como dos años. Era el único que tenía. Se llamaba Deme­trio como su padre. ¡Yo me casé bien! ¡De blanco! ¡Pus 'ora! ¡En cambio otras!...Acompañó sus palabras con un tono de orgullo y después suspiró con un leve meneo de su cabeza.

      Después de unos momentos la ancianita continuó:

      —Por aquí me dicen "Tinita" o "Mamá Tina".

      —¿Por qué le dicen así?— cuestioné con curiosidad.

      —Pus, por lo que siempre hago: soy la partera del rumbo. Desde niña ayudaba a mi mamá. Ella también era partera. ¡Uuyy. qué no de cosas he visto yo!

     —¿Atendió partos difíciles, Doña Tina?

    —¡Rete difíciles! ¡A veces se mueren las parturientas! ¡Pero en esos casos siempre salvo al niño!

     Tratando de cambiar de tema le volví a preguntar a la viejita.

     —¿Cuánto me falta para llegar al Mineral de Naica?

     Pensándolo un poco me contestó:

     —Pus, saliendo 'orita yo creo que ya muy entrada la noche pero Delicias está más cerca como a dos o tres horas de acá. Se re preguntona, ¿qué hace Usté?.

    Soy ingeniero civil y estoy levantando los mapas de Deh-cias a Hidalgo del Parral y de Delicias al Mineral de Naica para construir lo antes posible una carretera que comunique a la¿ tres poblaciones.

     Respondí a la viejita evitando los tecnicismos.

     Con la vista fija hacia la puerta, como acercando hacia á un lejano recuerdo, habló más para ella que para mí:

     —¡Hace tanto tiempo que sucedió que ya ni me acordaba!

    —¿De qué habla, Doña Tina?—pregunté intrigado.

    —Tiene tanto tiempo que casi olvido que en mi casa estuvo el General Villa.

   —Bueno— añadí —aquí en el Norte se le vio por muchas partes y bastantes personas lo conocieron.

    -¡Pero naiden sabe lo que yo sé!. En el Mineral de Naica tuvo un hijo de un amorío.

     - El General conoció a muchas mujeres, no es raro que tuvieras hijos con...

     - No joven!- cortó mi comentario -¡Yo le digo que aquí en el Mineral tuvo SU PRIMER HIJO!

      Notando mi asombro empezó a contar una extraña historia. No solamente era extraordinario sino rigurosamente cierta.

    -El jovencito Doroteo- empezó la buena mujer -no tendría más de catorce o quince años de edad cuando pasó por estos lugares. Había encontrado un trabajo malamente pagado como repartidor de leche para los técnicos extranjeros que laboraban en el Mineral de Naica. Al poco tiempo. La esposa de uno de los extranjeros se enamoró de él. Al poco tiempo, la esposa de uno de los extranjeros se enamoró de él. El matrimonio era muy conocido por todos. Ella era una mujer joven y bella. Muy blanca de mejillas sonrojadas. Con el ecabello largo y rubio, que al soltárselo al capricho del viento, resplandecía como un sol.

                    Después de que el chico repartía la leche en el Mineral éste corría a buscar a la mujer para tener sus amores a escondidas del esposo.  Sin embargo, como era natural esperar, ella quedó embarazada. Como no había ningún doctor en estos tiempos en el Mineral, el matrimonio se encaminó a Delicias poco antes del parto.  Pero adelantándose el alumbramiento en el camino desviáronse y llegaron a mi casa. El esposo no quería que una parteras atendiera a su señora.

            ¡Pero qué remedio quedaba!

            Recuerdo que traer a ese niño al mundo fue muy doloroso para esa mujer. Cada indicación que me daba mi madre la obedecía sin rechistar. Coloqué agua caliente, ropa limpia, en fin. ¡Tantas cosas!.

            Al nacer, después de una fuerte nalgada, el niñito empezó a llorar a todo pulmón.

            ¡Vaya escándalo que hacía!

            Al otro día, mientras la mujer descansaba, el esposo fue a Delicias por un doctor. En cuanto llegó inmediatamente cargó a su esposa y se la llevó. Nos pagó muy bien el fuereño.

            ¡Con decirle que durante tres semanas tuvimos para comer muy sabroso y en abundancia!

            Pero, eso no es todo. Mientras el señor iba por el doctor la mujer habló con mi madre, pues ella sabía que mi madre quería a Doroteo como si fuera su hijo, le dijera que ella lo amaba con todo su corazón.

            Tiempo después vino Doroteo a ver a mi madre. Los rumores del parto ya se habían extendido por toda la región como si fuera una enfermedad contagiosa. Y como siempre sucede en estos casos: él fue el último en enterarse.

            Mi madre, sin omitir ningún detalle, le explicó todo. Así, se enteró de cuánto lo amaba esa mujer y de cómo culminó ese amor.

            Estuvo sentado por largo rato sin decir palabra y pude ver claramente como sus ojos se humedecían y enrojecían.  Se levantó abrazó a mi madre y salió.

            Unos días después regresó a la casa. Estuvo escondido varias semanas. Decían que había dado muerte a un hombre en plena calle.

            Pero eso no nos importaba. Siempre fue muy cariñoso y respetuoso con nosotras. Sólo tenía palabras llenas de cariño para mi madre y para mí.

            ¡Hasta con decirle que ya me estaba enamorando de él!

            Aquí sonrió con alegría la noble ancianita.

            -          ¡Pero ´ora sí se fue para no volver jamás!- musitó con gran melancolía la pobre viejita.

           Interrumpiéndola en su lejano viaje hacia el pasado, le pregunté:

          -          ¿Cómo se llamaba esa dama de la que me habla?

          -             Pus, no recuerdo bien… míjo lo sabía… pero… ¡Ah!, ¡Ya me acordé!, ´Orita le busco a Usté unos papeles que míjo me dio a guardar. Decía que eran fotos de ese niño que nació en la casa.

          Levantándose de la silla fue a una caja de cartón muy enmohecida que estaba en un rincón y extrajo de ella unos papeles. Se acercó, y depositándolos sobre el mantel de la arcaica mesa, los dejó frente a mí. Los tomé entre mis manos. Eran unos periódicos que lucían muy amarillos y descoloridos.

         Abrí con ansias el periódico en su primera plana.

         Leíase:

        “19 de enero de 1942.

       Diario de Chihuahua.     

      El General alemán Edwin Rommel, al frente de sus exitosas tropas del África Corps, amenaza con atacar Tobruk e invadir Egipto”.

       Al lado de la noticia venía una ilustración del gran Rommel con medio cuerpo fuera de la torreta de su panzer IV portando una ostentosa gorra militar, una mascada a cuadros sobre el cuello y una chaqueta de cuero.

       -¿No son igualitos?- dijo la anciana, señalando con el dedo índice de una de sus manos hacia el periódico y con un gesto de la cabeza apuntando hacia el retrato de Villa.

      ¡Hasta tienen la misma sonrisa y el mismo porte!

      ¡Y pensar que lo acuné y dormí entre mis brazos!

     Olvidando el bochorno por el tremendo calor no podía lograr salir de mi asombro. Tuvo que pasar algún tiempo para que yo entendiera la verdad.

      Después, sólo atiné a sonreír.

      ¡Hasta en los lugares más inesperados, vaya sorpresas que da la vida!

    

     [1] Fabio Alvarado García (Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.), ha realizado trabajos de literatura, en especial ciencia ficción, estudios de álgebra, estadística y electrónica. Fabio Alvarado es Abogado y Maestro en Tecnología Educativa y Master en Física y Ciencia de Materiales.  El presente cuento forma parte de su primer libro Una pequeña ayuda y otros cuentos © (2002). Sabersinfin.com agradece al autor compartir su obra con nuestros lectores.