Por: Fabio Alvarado
Torpemente, ladeando su vacilante cabeza hacía mí, musitó unas palabras que se ahogaron inmisericordes dentro de su corroída y carcomida garganta.
Con un gesto de mi brazo le impedí realizar nuevos esfuerzos. Deposité mis enseres sobre la vacilante mesita y despreciando sentarme en la silla lo hice sobre el camastro junto al desfalleciente anciano.
Sin dejar de mirarlo, sostenía una de sus cadavéricas manos en las mías tratando con ello de atenuar sus dolencias.
En el momento de su postrer respiro de vida, una obscura y hedionda fuerza eclipsó mi vista. Desprendiéndose en desordenado remolino el calor de mi cuerpo me abandonó. Giraba mi ser con caprichoso ritmo a través de mi entorno.
Aparecían figuras desconocidas que se superponían unas a otras, animándose, transformándose y desdoblándose hacia otros tiempos y otros lugares.
Floté en un eterno abismo con total ausencia de colores y sensaciones.
Dentro de tal vastedad no percibía si me elevaba o caía. Después, sin saber cómo, me encontré en el extremo de un mundo azul que por un instante consideré como el planeta en el que he vivido.
Pronto salí de mi error.
Extraño y atemorizador era observar la deforme y grotesca esfericidad del planetoide aquel. Toda proporción carecía del más mínimo sentido. Su vaguedad hería el alma. Su forma producía en la conciencia un torrente de maldad.
Alzándose por una de sus puntas, el espantoso mundo empezó a rotar sobre sí mismo atentado contra toda norma geométrica.
A un lado de mí, una tenebrosa negrura amenazaba con envolverme completamente. Hacia el otro lado, una lacerante e intensísima luz calcinaba mis miembros.
Todavía girando sobre su propio eje, por medio de su terrible gravedad, el demencial astro me transportó a una dimensión incomprensible.
Una demoníaca y colosal criatura venía hacía mí. Cubrióme con su metálico y escariador cuerpo desde los pies al cuello y procedió a triturarme con sádica lentitud sin remedio alguno.
Acto seguido hincó sus fauces en mi nuca y su veneno, fuego líquido, inmediatamente circuló por mis venas. Después de aplicado tal castigo me soltó y desapareció llevándose consigo parte de mi ser.
Quedé tendido sobre una superficie de heces y boñiga. Pero, cosa extraña en verdad, pude alcanzar a ver más allá de la suciedad.
Observo ahora un nuevo universo formado por innumerables cristales que reflejan, todos entre sí, sus propias imágenes, ahora del Caos al Orden, ahora del Orden al Caos.
A través de mis emponzoñadas pupilas distingo una multitud de abominables seres que se acercan.
Invaden uno y otro lado de los cristales en escalofriantes formas que se difuminan en vértices aterradores.
Casi al instante me sujetan. Entre todos ofenden mi cuerpo con toda clase de tormentos y sufrimientos.
Tanto tiempo me lastiman causándome atroz daño, como tanto tiempo tiene mi humana vida.
Cansados ya de su infernal obra, me atraviesan el corazón con un arma metálica desconocida, que al contacto con mis entrañas, brota putrefacta sangre en eterna supura.
Me recuestan en un piso muy angosto invisible al ojo humano, que se mueve en espiral abierta con muros de contención infinitos.
Me impulsan de manera artificiosa con sus llantos y gemidos y comienza el piso a moverse dentro de la vasta espiral.
Los muros desaparecen de improviso y todas las estrellas y luceros aparecen ante mi vista.
¡No sé qué es de mí!, pero sé que estoy viajando...
¿Adonde?
¿Quién puede saberlo?.
Una temible oscuridad me rodea...
La negrura me espera...
El moribundo anciano abandona por fin la vida y exhala con ella su mermado espíritu. En rictus final aprieta mis manos por un instante.
Un segundo después, carente ya de fuerza vital, afloja su raquítico brazo y cae su mano a su costado sobre las sucias sábanas de su paupérrimo camastro.
¡Padre! ¡Padre!— alguien musitó detrás de mí, cerca del umbral de la puerta —¡Ha muerto!
Al mismo tiempo que los familiares del difunto rompían en compungidos llantos, dándome yo mismo valor, traté de salir de mi aturdimiento y azoro.
Levanté torpemente la diestra y oficiando los Santos Óleos, exclamé no sin temor y tristeza:
—¡ Y yo te bendigo y te absuelvo de tus pecados para que logres la Dicha Eterna!.
[1] Fabio Alvarado García (Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.), ha realizado trabajos de literatura, en especial ciencia ficción, estudios de álgebra, estadística y electrónica. Fabio Alvarado es Abogado y Maestro en Tecnología Educativa y Master en Física y Ciencia de Materiales. El presente cuento forma parte de su primer libro Una pequeña ayuda y otros cuentos © (2002). Sabersinfin.com agradece al autor compartir su obra con nuestros lectores.








