ARREPENTIMIENTO
Minuto a Minuto

ARREPENTIMIENTO
Por: Fabio Alvarado García[1]


 

Por: Fabio Alvarado

Cuando entré a ese cuarto podía olerse la tremenda hu­medad y pestilencia que inundaban todo el hogar.

 
        Algunas personas, todos parientes cercanos de la familia, permanecían de pie cerca de la puerta y dentro de la habita­ción.
         Reparando en mí, inclinaron respetuosamente la cabeza y cesaron en los murmullos que producían sus rezos.
        En el rincón más alejado del humilde y maloliente cuarto podía distinguirse el endeble lecho que sostenía a un anciano. Se encontraba éste tapado con sábanas ya muy grises por la su­ciedad y por los efluvios que manaban de la arrugada piel del desahuciado.
      Contrastaba con la miseria del anciano la inmaculada pre­sencia de la enfermera que portaba el níveo atuendo con el que distinguía su oficio.
       Notando ella también mi presencia procedió a recoger la bandeja que descansaba en una destartalada mesita que apenas y podía sostenerse a sí misma.
        Se levantó de la silla que estaba junto al camastro y proce­dió a retirarse con sigilo quedándome con el moribundo frente a frente.

        Torpemente, ladeando su vacilante cabeza hacía mí, musi­tó unas palabras que se ahogaron inmisericordes dentro de su corroída y carcomida garganta.

        Con un gesto de mi brazo le impedí realizar nuevos esfuer­zos. Deposité mis enseres sobre la vacilante mesita y despre­ciando sentarme en la silla lo hice sobre el camastro junto al desfalleciente anciano.

        Sin dejar de mirarlo, sostenía una de sus cadavéricas ma­nos en las mías tratando con ello de atenuar sus dolencias.

         En el momento de su postrer respiro de vida, una obscura y hedionda fuerza eclipsó mi vista. Desprendiéndose en desor­denado remolino el calor de mi cuerpo me abandonó. Giraba mi ser con caprichoso ritmo a través de mi entorno.

         Aparecían figuras desconocidas que se superponían unas a otras, animándose, transformándose y desdoblándose hacia otros tiempos y otros lugares.

       Floté en un eterno abismo con total ausencia de colores y sensaciones.

      Dentro de tal vastedad no percibía si me elevaba o caía. Después, sin saber cómo, me encontré en el extremo de un mundo azul que por un instante consideré como el planeta en el que he vivido. 

      Pronto salí de mi error.

      Extraño y atemorizador era observar la deforme y grotesca esfericidad del planetoide aquel. Toda proporción carecía del más mínimo sentido. Su vaguedad hería el alma. Su forma pro­ducía en la conciencia un torrente de maldad.


       Alzándose por una de sus puntas, el espantoso mundo em­pezó a rotar sobre sí mismo atentado contra toda norma geomé­trica.

      A un lado de mí, una tenebrosa negrura amenazaba con envolverme completamente. Hacia el otro lado, una lacerante e intensísima luz calcinaba mis miembros.

      Todavía girando sobre su propio eje, por medio de su terri­ble gravedad, el demencial astro me transportó a una dimen­sión incomprensible.

       Una demoníaca y colosal criatura venía hacía mí. Cubrió­me con su metálico y escariador cuerpo desde los pies al cuello y procedió a triturarme con sádica lentitud sin remedio alguno.

       Acto seguido hincó sus fauces en mi nuca y su veneno, fue­go líquido, inmediatamente circuló por mis venas. Después de aplicado tal castigo me soltó y desapareció llevándose consigo parte de mi ser.

      Quedé tendido sobre una superficie de heces y boñiga. Pe­ro, cosa extraña en verdad, pude alcanzar a ver más allá de la suciedad.

      Observo ahora un nuevo universo formado por innumera­bles cristales que reflejan, todos entre sí, sus propias imágenes, ahora del Caos al Orden, ahora del Orden al Caos.

       A través de mis emponzoñadas pupilas distingo una multi­tud de abominables seres que se acercan.

      Invaden uno y otro lado de los cristales en escalofriantes formas que se difuminan en vértices aterradores.

       Casi al instante me sujetan. Entre todos ofenden mi cuerpo con toda clase de tormentos y sufrimientos.

       Tanto tiempo me lastiman causándome atroz daño, como tanto tiempo tiene mi humana vida.

       Cansados ya de su infernal obra, me atraviesan el corazón con un arma metálica desconocida, que al contacto con mis en­trañas, brota putrefacta sangre en eterna supura. 

       Me recuestan en un piso muy angosto invisible al ojo hu­mano, que se mueve en espiral abierta con muros de contención infinitos.

       Me impulsan de manera artificiosa con sus llantos y gemi­dos y comienza el piso a moverse dentro de la vasta espiral.

       Los muros desaparecen de improviso y todas las estrellas y luceros aparecen ante mi vista.

      ¡No sé qué es de mí!, pero sé que estoy viajando...

     ¿Adonde?

      ¿Quién puede saberlo?.

     Una temible oscuridad me rodea...

      La negrura me espera...

      El moribundo anciano abandona por fin la vida y exhala con ella su mermado espíritu. En rictus final aprieta mis manos por un instante.

      Un segundo después, carente ya de fuerza vital, afloja su raquítico brazo y cae su mano a su costado sobre las sucias sá­banas de su paupérrimo camastro.

      ¡Padre! ¡Padre!— alguien musitó detrás de mí, cerca del umbral de la puerta —¡Ha muerto!

      Al mismo tiempo que los familiares del difunto rompían en compungidos llantos, dándome yo mismo valor, traté de salir de mi aturdimiento y azoro.

      Levanté torpemente la diestra y oficiando los Santos Óleos, exclamé no sin temor y tristeza:

      —¡ Y yo te bendigo y te absuelvo de tus pecados para que logres la Dicha Eterna!.  

 

[1] Fabio Alvarado García (Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.), ha realizado trabajos de literatura, en especial ciencia ficción, estudios de álgebra, estadística y electrónica. Fabio Alvarado es Abogado y Maestro en Tecnología Educativa y Master en Física y Ciencia de Materiales.  El presente cuento forma parte de su primer libro Una pequeña ayuda y otros cuentos © (2002). Sabersinfin.com agradece al autor compartir su obra con nuestros lectores.