El último juguete (cuento)
Minuto a Minuto

22 de diciembre de 2019

Hoy es 24 de diciembre (no me acostumbro a poner este mes con minúsculas), son las 6 de la tarde: hora de empezar la ceremonia de la Natividad.

Cada lustro cambio de disfraz, o lo complemento con rellenos y almohada en el abdomen, pero este año el tiempo pasó su factura de metabolismo mínimo y máxima tendencia a la obesidad, reforzada por largas horas de ocio: peso 97 kg. Mis mejillas y barriga florecen con intensidad, bajo el influjo de prolongadas cenas regadas con vinos añejos. Conseguí un traje nuevo y le corrí los ojillos al cinturón. Barba y bigote son añadidos, pero los pelos que asoman bajo el gorro, casan perfectamente con los míos: blanco sobre blanco.

Lustro las botas negras. El saco -con algunos remiendos- ha resistido 20 navidades. Quise cambiarlo, pero Adriana lo mandó reforzar, argumentando que los parches -como a mí- le agregan credibilidad. Lleno debe pesar veinte kilos: menos mal que el hospital tiene elevador reservado.

Hace veinticinco años estaba de guardia como interno en el ala de Pediatría. En un baúl se guardaban los juguetes que entretenían a los niños hospitalizados por enfermedades crónicas. Ahí había también unos cuentos donados por benefactores. Alguna noche anterior de guardia, descubrí un número de colección de Batman, el cual como dicen las autoridades municipales- requisé “para su remodelación y conservación”

Exactamente a las seis, me abordaron unas damas voluntarias, quienes hacían el bazar navideño para llevar dulces y juguetes a los niños internados. Me sentí temeroso cuando me pidieron que actuara en lugar de la persona que tradicionalmente interpretaba el papel de Santa Clos, “porque se había reportado enferma”. En aquella época, con mi estatura de 1.80 pesaba 104 kilos.

-¿Y por qué me lo piden a mí?
Se entrecruzan miradas nerviosas.
-Porque…es el único que da la talla.
-Estoy de servicio y tengo que hacer unas historias clínicas.

-Le pediremos al jefe de Pediatría que le conceda un tiempo…sólo serán dos horas.
Saldé mi deuda moral con largueza: hice unos chistes, llamé a los niños por sus nombres y proferí los Jo.jo-jo más estruendosos de Puebla. Me gustó ver en la carita de esos enfermitos, la misma sonrisa de un niño sano. Y también me gustó Adriana.

-Vine a darle las gracias Dr.... -mira mi gafete- Valencia, en nombre de mi mamá que fue la que habló con usted. Ella es la presidenta de las damas voluntarias vicentinas.
-De nada, lo hice con gusto, ¿la señora ya se fue?
-Sí, tenemos de visita unos familiares. Quedé de recoger los trastes. Le guardé chocolate y tamales: nosotras hicimos todo.

Me sentí azorado ante aquella preciosa chica, que veía a un interno comedor-compulsivo. Ella dice que avistó, tras de mi kilataje, a David, y que me encontró noble, guapo e inteligente. Hasta mi compañero de guardia -y único amigo hasta la fecha- Octavio Luna se mosquea.

-Ahora resulta que eres comediante, locutor y payaso; oye: ¿Quién es la chamaca?, está rebuena.
Noto en sus ojos una chispa de extrañeza: Octavio es todo lo contrario de mí: bromista, extrovertido y conquistador. Pero yo soy el más sorprendido cuando le pido su teléfono a Adriana. Ella prendió esa luz.

Cinco años después, tras el servicio social y la residencia, Adri y yo nos casamos. Puedo decir con orgullo que mi traje de novio fue talla 36. Y nunca le confesé lo del cuento.
Una mujer ejemplar. Ahí, donde ella llega, derrama luz y bondad. Ella me convirtió a la Pediatría. No tuvimos descendencia pero no la necesitamos. Yo veía a mis hijos en los niños hospitalizados y ella en sus labores benéficas. Nadie vino a estorbar esa felicidad perfecta.

Nunca dejé de ser Santa Clos los 24 de diciembre. Rechace reuniones con funcionarios, congresos, boletos a cenas de lujo con artistas internacionales, por darle alegría a los niños. Claro que de incógnito. Así como Adriana prefería pasar ignorada, mi “personalidad secreta” sólo la conocía Octavio. Nuestros caminos se dividieron y el optó por la Hematología: No teníamos los mismos círculos sociales, pero nos veíamos con frecuencia en el Hospital y colaborábamos en casos muy a menudo (el 70% de los niños hospitalizados son leucémicos)

Cuando a Adriana le diagnosticaron hace dos años un cáncer de seno, Octavio estuvo siempre al tanto. Con ese apoyo moral y el material que significaban Leobardo y Lulú (una pareja venida de Cuetzalán y que desempeñaban las múltiples tareas de casa), Adriana llegó a fase terminal con asistencia en casa hace tres meses. Se mantenía lúcida, pero respiraba con dificultad.

-¿Octavio?, soy Alex, por favor, ¿puedes quedarte con Adriana unas dos horas?: necesito comprar un nuevo traje, y los juguetes. No quiero dejarla sólo con Lulú.
-Desde luego que voy. Déjame avisar al sanatorio y te caigo en tu casa en media hora.

Eso fue a las cinco. A las siete que regresé encontré a Adriana en agonía, pero con semblante plácido. Octavio insistió en quedarse pero no se lo permití.
-Sabemos que puede tardar de ocho a 72 horas, y tus pacientes te necesitan. La enfermera nocturna llegará pronto. Yo te informo como vamos.

El corazón más dulce y bondadoso que yo haya conocido, se detuvo a las cinco de la madrugada del 15 de diciembre. No aleteó, no cambió su ritmo. Simplemente se paró. No quise avisarle a nadie. Solo la asistente y yo le quitamos los aparatos que la habían mantenido con vida. Avisé a la funeraria a las siete y no recuerdo mucho lo que siguió.
Me meto las botas con calzador: por lo visto hasta mis pies se han vuelto obesos. Leobardo, toca y entra tímidamente con unos CDs.

-Un empleado del sistema de vigilancia los trajo. Dijo que usted debía verlos.
Es una rutina mensual. La mayor parte de esos discos se desechan. Solo cuando el administrador cree que hay algo que el cliente debe revisar los envía. Al retirarse, veo las fechas y me voy directamente al 15, corro el disco hasta la hora señalada y reproduzco.
5.20: Octavio toma la mano a Adriana, le habla al oído. 5.25: Saca de su maletín unas jeringas y medicamentos, los carga y pone directamente en la vena, sin diluirlo en el suero de venoclísis. Se sienta a su lado. 5.40: consulta su reloj, ella ya no se mueve. 5.50: Octavio se levanta, recorre la habitación hablando por teléfono y gesticula en actitud profesional. 6.50: aparezco yo.
Apago la computadora.
-Octavio: lo pensé mejor y sí los acompaño a cenar hoy, pero primero voy al compromiso, ¿puedes pasar por mí al hospital a las 8 de la noche?
-Está bien, pero voy a estar carrereado, así que mejor cámbiate allá para que no demos otra vuelta - en la pausa subsecuente añade con su inconfundible tono bromista- que quieres, yo no me quedé con el cuento de Batman.
-Bueno, llevaré una muda de ropa.

Hoy me voy a esforzar más en memoria de Adriana: ella trabajaba todo el año para que los juguetes fueran nuevos.
Pongo en el saco los libros de cuentos, los rompecabezas, las Barbis, los legos, el juego de té, el estuche de médico, de carpintero, de mecánico, el martillo de Thor, el escudo de Marvel, la Colt 45, el rifle de campaña, la espada de La Fuerza, la pistola de Láser… guardo el último juguete, una Beretta 9 mm: plateada, esbelta, letal. También en memoria de Adri, el disparo será directo al cerebro.

Alicia Flores Ramírez