LAS OTRAS FUERZAS DEL SUR - Alejandro Tamariz Campos
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alejandro tamariz campos.jpg- LOS ROSTROS EN EL ESPEJO -

LAS OTRAS FUERZAS DEL SUR
(Relato)
Alejandro Tamariz Campos*

RAMÓN ZÁRATE JALI, aspiró hondo el aroma de aquella mujer, sabiendo que ese olor quemado de perfume barato contenía aquellas esencias de las tierras sureñas, olorosas a caña de azúcar, a zafra, a café tostado, a tierra húmeda de plataneras y a maderas de cedro amargo como el amargo destino de esta muchacha de piel morena y caderas amplias y senos pequeños.

Lentamente recorrió con las manos sus piernas frías, encontrándose con algunas cicatrices solo accesibles al tacto y no a la vista, como si fuera un explorador por esas tierras húmedas del trópico, donde el calor es húmedo y la lluvia se presenta todo el año, así, lentamente fue accesando a su cartografía húmeda y caliente atravesando valles y hondonadas, la firmeza de sus tierras, y los bosques le recibieron como se reciben a los extraños, con desconfianza y con mucho cuidado.

-Me llamo Dulce- dijo ella.
-Pues déjame comprobarlo- dijo Ramón, mientras la acomodaba en su pierna izquierda.

Ramón Zárate Jalí, colocó sus labios en el cuello de aquella mujer, y empezó a saborear el ácido de aquellos jugos sureños, como si saboreara una ciruela colorada, y en ese sabor se le fueron los recuerdos, y viajó en ese sabor agrio a las ciruelas que cortaba en las cercas de los potreros cerca del arroyo, cuando iba a pescar truchas, y le dolían los dientes de comer mangos y ciruelas, y el calor del sol a quema ropa lo detenía con esos azúcares locales, y con la acidez de esos frutos abundantes. Con ese sabor viajó hasta su niñez de manera inmediata, y el sabor se le transformaba en amargo, como el elote asado en las brazas, cuando los cortaba en las vegas del río, asando calabazas tiernas en el rescoldo de la leña, los cozoles y el pescado sin sal para comer a media pesca en las aguas frescas del río.

Con estos recuerdos olorosos a humedad fue entrando en la humedad de ella, fue barriendo la humedad de su piel, como barre la mano del huracán las copas de los árboles, y fue conversando con sus lugares recónditos, hasta que ese par de montañas detuvo su mano cerca del manantial de placer y de vida, apretando su mano con dos muros tallados de piedra negra.

Una ves desistido de su caricia, viajó al valle de los dos pequeños volcanes de su pecho, despertando erupciones y convulsiones apenas controladas en una respiración contenida, mientras su boca tanteaba a rapel la finura de su cuello, encrespando los montes de chijoles y de quebrachos, y haciendo retumbar en pequeños temblores aquellas tierras del sur, donde la tierra siempre huele húmeda y la vegetación es abundante.

Ramón Zárate Jalí, como por decir algo, dijo cualquier tontería sin relevancia, y continuo su recorrido en varias direcciones, desplazando lenta y violentamente las expediciones de las manos y de la boca, como si le importara más el extravío que el conocimiento del terreno, como dándole mayor importancia a la búsqueda que a encontrar lo buscado, de esta manera, las zonas duras de estas tierras sintieron el rigor de aquellas expediciones primigenias, no españolas ni inglesas, no épicas ni de conquista, si no búsquedas del deseo caliente de las tierras del sur, de los sudores constantes, de las asfixias que producen recorrer esas tierras.

Dulce, triste y dulce, -que contradictorio, dijo el, un dulce tan triste, una tristeza dulce, unos centavos tristes para pagar mi degustación dulce y ácida, una dulzura amarga como el sabor de las cenizas de la zafra para producir el sabor dulzón del azúcar, el dulzor amargo de esa piel negra quemándose para endulzar la sombría violencia del deseo, el cobarde deseo cobijado por el pago amargo de de tu dulce precio, el nombre de Ramón Zárate Jalí, encubierto en el anonimato de los doscientos cincuenta pesos, bebiendo de tu sexo de ron, el dulzor convertido en azucares y en licores, libando a Baco en una bacanal de precio cierto y tiempo medido, sin amores velados de promesas, sin exaltaciones puritanas y convencionales, contractuales, convenientes y disfrazados, solo poniendo precio al deseo y pequeños límites al deseoso.

-Tus ojos se ven tristes, dijo como para hablar de algo, y un silencio corrió como corren las brisas en las enramadas de los cerros y meciendo los cabellos ahuyentó esas palabras entre sus cabellos negros. -Me recuerdas a un poema de Cesar Vallejo, volvió a decir, y lentamente empezó a decírselo al oído:

Hay un lugar que yo me sé
en este mundo, nada menos,
adonde nunca llegaremos.
Donde, aún si nuestro pie
llegase a dar por un instante
será, en verdad, como no estarse.
Es ese un sitio que se ve
a cada rato en esta vida,
andando, andando de uno en fila.
Más acá de mí mismo y de
mi par de yemas, lo he entrevisto
siempre lejos de los destinos.
Ya podéis iros a pie
o a puro sentimiento en pelo,
que a él no arriban ni los sellos.
El horizonte color té
se muere por colonizarle
para su gran Cualquieraparte.
Mas el lugar que yo me sé,
en este mundo, nada menos,
hombreado va con los reversos.
—Cerrad aquella puerta que
está entreabierta en las entrañas
de ese espejo. —¿Esta? —No; su hermana.
—No se puede cerrar. No se
puede llegar nunca a aquel sitio
do van en rama los pestillos.
Tal es el lugar que yo me sé.

-Esta bonito dijo ella, -se llama TRLCE, es la combinación de triste y dulce, como lo que me dicen tus ojos y lo queme dice tu nombre, dijo el, como si el trato fuera soportar versos, y como si aún aquellos muslos entendieran de poesía, estaba claro que las tierras sureñas solo entienden la poesía del machete y de la lucha contra la hierba que crece por donde quiera y no da tregua, Ramón Zárate Jalí decidió terminar sus doscientos cincuenta con otro poema de César Vallejo. -Lo más probable es que no te vuelva a ver, pero esta insignificante y aparente azarosa noche, esta marcada por muchas cosas, que aunque no veamos o entendamos no concibe coincidencias, y te robo un poco de tu tiempo con los dados eternos:

Hoy que en mis ojos brujos hay candelas,
como en un condenado,
Dios mío, prenderás todas tus velas,
y jugaremos con el viejo dado.
Tal vez ¡oh jugador! al dar la suerte
del universo todo,
surgirán las ojeras de la Muerte,
como dos ases fúnebres de lodo.

Dios míos, y esta noche sorda, obscura,
ya no podrás jugar, porque la tierra
es un dado roído y ya redondo
a fuerza de rodar a la aventura,
que no puede parar sino en un hueco,
en el hueco de inmensa sepultura.


Ramón Zárate Jalí, sintió quitarse el peso de esas tallas de madera negra, y las vio alejarse entre la gente, seguras, lúbricas, excitantes, con movimientos de pantera y de jaguar, con el acecho de montaña y el peligro del cantil, con las fuerzas de las aguas turbias, como las otras fuerzas del Sur.

* Alejandro Tamariz Campos egresado de la Facultad de Derecho de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, combina la pasión por la pintura y las letras con el ejercicio profesional.

 

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