Él
Minuto a Minuto

 

 

4 de julio de 2016

De niños entrelazábamos las manos con los demás compañeros de juego y las rondas llenaban las tardes.

La cuerda de brincar dibujaba en el aire una parábola y su doble significado hoy,  tendríamos que dilucidar.

Me pidió que lo acompañara, no me pude negar, era una situación especial, quizás la más significativa en la vida de él y la mía.

El miedo se hizo presente con todo su vestuario gris y sus dedos de fierro se ocuparon de mantener abiertos mis parpados durante aquella noche.

La cita con él se había fijado a las nueve de la mañana. Me levanté apoyándome sobre dos muletas hechas de presagios.

Me sentía una mujer percha, sin cuerpo donde sostener la cabeza como si sobre los hombros llevase una masa de negación.

El despertador cumplió con su llamada, el insomnio había dejado un sinfín de conjeturas, abrace la almohada y me hundí en la negrura del dolor que empezaba a taladrar lo que sería mi vida de hoy en adelante.

Me había escogido a mí, y eso daba un sentido profundo a mi presencia en su mundo.

La mañana no me correspondía, el sol empezaba su acometida y su oficio de luz reinaba. La tristeza me daba frio y contrastaba con el calor de aquella insipiente mañana

Lo vi llegar, a lo lejos parecía todavía más frágil, apenas una viga de cristal; yo yacía en el borde de una fuente de aguas donde el llanto había adquirido un amarillo hierro.

Lo esperé, simulando escribir en la piedra de granito, mientras de reojo contaba sus pasos al ir acercándose.

Nos tomamos de la mano para entrar en aquel edificio que nos abría sus enormes puertas sin ningún reparo.

Dentro hice lo que el letrero indicaba: “sala de espera, favor de tomar asiento”

Él se dirigió al consultorio médico,

Y…El tiempo hizo lo suyo.

Imagen: imagenesdeamorbonitas.org

Leticia Díaz Gama; escritora, conductora de Otras Voces y colaboradora de Sabersinfin.com

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