RECORDARÁS MI NOMBRE - Alejandro Tamariz Campos
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alejandro tamariz campos.jpg- DEL SUEÑO A LA POESÍA -

 

LOS ROSTROS EN EL ESPEJO

RECORDARÁS MI NOMBRE

 Por: Alejandro Tamariz Campos*

 

LEANDRO MATA ZIJAR, despertó colgado del bejuquero, justo abajo del cantil en la madrugada, con las heridas de la sierrilla cortándole la piel, golpeado y con el frío de la humedad del rocío de las hierbas, como pudo, fue desenredándose dolorosamente y bajando de la maraña vegetal, ya casi empezaba a amanecer, algunas chachalacas anunciaban el alba, y la niebla se movía como fantasma en la maleza.

 

Cuando logró bajar a tierra firme, se dio cuenta que aquella telaraña de enredadera y de espinas le había salvado la vida, y además si es que lo buscaron en la tarde, era imposible que lo descubrieran, estaba muy espesa la maleza, aunque hubieran pasado cerca no lo hubieran visto, han de haber pensado que estaba muerto, pero ahora buscarían el cuerpo. Estaba golpeado, raspado, cortado, pero vivo, y listo para escaparse en el monte, donde las veredas eran seguras para él, esas donde casi no camina gente, en el anonimato de la montaña, en la soledad de los montes apenas lacerados por una que otra milpa que les sacaba algún claro a los montes altos de ceibas, chijoles y quebraches.

 

Recuerdas el rose de su cuerpo, su delgada figura y su cabello largo, fresco y perfumado, hundiéndose en el arroyo frío de la montaña, y como la fuiste ahogando en un suspiro, lentamente se fue muriendo ante tu fuerza imponente, como se mueren las gallinas cuando se las come el coyote, el cuerpo inerme, paralizado por el miedo a ese animal que hechiza, que marea, que somete, fue cediendo ante la mordida voraz que le sangraba el corazón y las entrañas…

 

Poco a poco, como un durazno maduro ante la mordida hambrienta y deseosa, fue soltando sus jugos corpóreos, y sintió el diente de tu deseo encajarse en su cuerpo de fruta madura, y sentiste poco a poco romperse su carne en un grito ahogado, y el sabor del durazno te hizo gozar sus mieles y su textura aterciopelada, lentamente saboreada en las piedras negras que sirvieron de altar de sacrificios, como haciendo sagrado ese apetito, ese gozo natural, esa sangre hirviendo que la fue matando lentamente en un placer desconocido para ella, y para ti, tan natural como ese acto de matar y de someter de las fieras del monte.

 

Te preguntas ahora que piensa ella, si habrá derramado aunque sea una lágrima por tu muerte, o si acaso ya sabe que te escapaste, y que existe una posibilidad de que estés vivo, si habrá una expresión de alegría en su rostro, o de espanto porque le van a ir a preguntar a donde vas a irte. Ahora mismo quisieras que supiera que estás aquí, que existes todavía, que no han podido contigo, que eres duro de roer, que han de estar temblando de miedo, porque vas a regresar, que algún día los vas a encontrar, y no los vas a llevar a la justicia como quisieron llevarte a ti, que sólo van a ver tu rostro como último recuerdo de esta vida, y a oír tu voz ronca repitiendo su nombre, uno por uno, como esa sentencia irrevocable del machete que ciega las hierbas, rápido y contundente.

 

No me nombres le decías, mi nombre te va a causar muchos problemas, mi nombre está maldito, no lo pronuncies, sólo lo puedes decir en silencio, como se dicen los malos pensamientos, o los malos deseos, muy quedito y a solas. En lugar de mi nombre lo vas a nombrar a él, nómbralo muy diferente, sin mis apellidos y sin el mínimo rumor de que fue el sabor del durazno maduro el que lo trajo al mundo, y aléjalo de mis recuerdos, hazlo que crezca sin saber mi nombre ni mi mala fama, y nómbrame en el las veces que quieras, y nunca le digas que fue la sangre que derramó el coyote del hurto de tu amor prohibido la que lo trajo a estos montes y a estos valles.

 

Llegó despacito por una vereda de montaña hasta un claro en el que una vez sembraron algo, milpa, frijol o calabaza, y dejaron el claro de monte sin cultivar, en el estaban todavía los restos de algunos troncos gruesos, y fue atraído por el perfume agrio de las naranjas maduras, dos árboles de mandarinas y dos de naranjas se abrieron a su vista. Como salir de aquí sin armas y sin dinero, como hacer para que no me agarren, porque si me pescan ahora si me matan, pensaba Leandro Mata Zijar mientras masticaba naranjas dulces, horita si me tienden a machetazos esos cabrones, pensaba mientras el sabor ácido y perfumado calmaba su sed, y los gabazos entraban en su estómago como un sabor amargo que se confundía con algo sabroso y esperado desde hace muchas horas, y le daba vueltas a su cabeza dolorida en como salir de esta montaña y de sus recuerdos doloridos como su cuerpo, negaciones como esa de la muerte y esa de tu cuerpo de durazno maduro.

 

Te acordarás de mi nombre cuando lleguen los golpes de tu padre, cuando te echen de la casa en la lluvia fría de junio, cuando humillada y sobajada tengas que irte llorando a otras tierras desconocidas, cuando emprendas tu camino de paria con tu vientre inflamado por el fracaso de tu amor, porque tu fracaso en el amor será tu fracaso en tu vida, como un durazno comido a la mitad se ira pudriendo tu vida a flor de tierra, mientras el gusano metido en tus carnes hacen germinar tu semilla, y a golpes de infelicidad y de carencias crecerá descalzo y hambriento tu pecado, con un hambre que nunca va a poder saciar por que fue producto del hambre la que lo trajo al mundo, del hambre insaciable que tienen las bestias de la montaña. Te acordarás de mi cuando a solas te maldigas por haberme conocido, porque los días difíciles se multiplicarán como se multiplican las hormigas el día de San Juan, y a estas hormigas les saldrán alas y se comerán poco a poco tus sueños y tu esperanza, hasta reducirla a escombros, como se miran los rastrojos de milpas cuando no tienen mazorcas, desnudos, enyerbados y desolados, sin el cuidado del labrador, que una vez cosechado el fruto se olvida del cultivo para buscar tierras más fértiles y con mayores beneficios. Así te acordarás de mí, con el mismo rencor de esa tierra abandonada, con el mismo rencor oirás el eco de mis pasos en otras mujeres fértiles engendrándoles el hambre de la bestia. Oirás a lo lejos el viento cortado de mi machete que al cegar otras yerbas repetirá su eco por los montes y los valles, y llegará hasta tu cañada verde. Oirás el aullido acechando otras vidas para arrancarles el fruto del placer y luego abandonarlas a su suerte, a su miserable suerte como la tuya, y sabrás entonces que no vuelve la vista atrás, que ese amor devora como animal de caza, que come, se sacia y se va caminando lentamente y en silencio, por las veredas que el mismo hace al andar con ese paso hechizante, y perverso. Te acordarás de mí en esa inmensa soledad que te mata de angustia. Te acordarás de mí en los momentos del llanto en las noches. Te acordarás de mí en los roses de la cobija fría y solitaria. Te acordarás de mí cuando tu fracaso y tu culpa te pregunte el nombre de su Padre. Te acordarás de mi cuando la luna se pose encima de los cedros y los chalahuites, acompasado por el canto de la lechuza que anunciará a la noche la fría oscuridad de tu corazón.

 

Lenadro Mata Zijar, bajó lentamente la montaña húmeda, con el frío de la madrugada calándole el cuerpo dolorido, arañado y sangrante, hasta llegar a una milpa, era viernes, y muy probable el dueño estaba en la plaza del pueblo, era segura la troje que estaba delante de él, se metió en la empalizada de varas de guásima, y encontró un machete viejo, un calzón de manta, una camisa llenos de manchas de plátano, y un sombrero de petate, todos viejos y deshilachados, se cambió las ropas, y se hizo un bastón con una rama de encino rojo, y se fue caminando montaña abajo, con el machete escondido en las mantas y caminando encorvado como viejito.

 

Te acordarás de este día en que mi leyenda se hizo popular, te acordarás de mí aunque nunca me vuelvas a ver el rostro, ni a sentir mi cuerpo caliente y húmedo junto al tuyo. Pero vas a verme siempre en su rostro moreno, y no habrá más que dolor marcando tu vida, como una cuenta inmensa, incobrable, y que cada vez te cobrará intereses altos a medida que crezca tu pecado y tu perdición, tu marca y tu deshonra. Te acordarás de mí como un dolor permanente, cuando te maldigan tus familiares, cuando sepan que fue mi semilla la que penetró tu carne, y con ella la maldición de tu vida y la de él. Sentirás un rencor enorme y un asco a tu persona cada que te acuerdes de mi amor de coyote, y me vas a maldecir siempre que pagues tu culpa con los cuchicheos de las señoras, con las ofensas de los muchachos que te quisieron para mujer y que traicionaste con este cabrón al que nada le importa. Sentirás ese reproche de tu familia que no perdonará nunca tu culpa y su deshonra, humillada, mal vista, señalada como mal ejemplo, fracasada, fracasada!, fracasada!!!. Fracasada será tu marca y tu seña, la palabra fracasada será tu nombre y tu signo, tu destino y tu mala suerte, porque a la fracasada no hay hombre que la quiera, todos la desean para el juego y la travesura, para la parranda, para el desgarriate, para intentar meterse a su casa en la noche, al fin que es una puta, al fin que nadie levanta un dedo por ella, al cabo que nadie castiga el delito con una mujer como tu. El fracaso será tu verbo, el fracaso será tu sustantivo, el fracaso será tu adjetivo calificativo, el fracaso será tu bocado amargo que rumiarás durante toda tu vida, el fracaso será mi nombre convertido en hiel derramado en tu corazón de durazno, que amargará siempre más cada que me maldigas, cada que te arrepientas de ese día caluroso en que fuiste mía, de esas noches en que mi saliva hambrienta se confundió con tu sangre dulce, y entro como la semilla de los seca palos, como parásito y con una raíz profunda que mata lentamente, que enferma, que vive a costa del árbol donde logró quedarse por el pájaro negro que anido en sus ramales, ese árbol florido de tu juventud, que anido una pasión desenfrenada y que dejó caer las semillas parásitas en tu vientre y en tu destino, que con el tiempo se hizo un híbrido de amor a tu hijo y de desamor a tu suerte y a mi recuerdo, y a mi leyenda y a mi nombre, al que recordarás como se recuerda el huracán que tiende las milpas, como se recuerda el miedo a la creciente del arrollo que bufa con todo el furor del agua terrosa que reclama vidas de ganado y de sauces, como se recuerda las lenguas de fuego que alzan en mayo las rozas del terreno desmontado, y que pinta de negro y de cenizas el campo. Recordarás mi nombre como un fantasma que ronda el cementerio, como se recuerda al agonizante que no se va ni se queda, recordarás mi nombre como un sufrimiento eterno y sangrante.

 

Leandro Mata Zijar, caminó lentamente rumbo a la tierra caliente de la costa, descolgándose del monte alto a paso lento, y se preguntó como sería la vida de los buenos, de los que se mueren de viejos, de los que no se meten en problemas y trabajan la tierra, de los ricos, de los que lo tienen todo, de sus compañeros que fueron a la escuela. Se acordó de tu cuerpo, se acordó de tu cabello enredado con olor a jabón de olor, se acordó de las tortillas calientes y del chiltepín verde en el molcajete, de la cecina azada en el comal, del jarro de atole de masa que le gustaba, de la comodidad de una choza de embarre de tierra, del cigarro de hoja de maíz, de los atardeceres en el cafetal perfumados del dulce de las flores, del aroma de la tierra mojada y barrida con escoba amargosa del jacal, de todas las cosas buenas que se quedan tras de sus pasos, y que sólo en temporadas en calma podrá disfrutar, porque su vida no soporta pertenencia alguna, no es de ningún lugar ni de ninguna mujer, ni existe recuerdo alguno que lo haga regresar, o apegarse a las cosas, ni siquiera el tuyo que lo perfuma y lo reconforta, ni siquiera el confirmar si te acordarás de su nombre. LEANDRO MATA ZIJAR

 

* Alejandro Tamariz Campos egresado de la Facultad de Derecho de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, combina la pasión por la pintura y las letras con el ejercicio profesional.

 

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