MON CAPTAINE - Miguel Ángel Bello Pérez
Minuto a Minuto

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Por: Miguel Ángel Bello Pérez*

 

 

 

6 de Junio

Marsella, Francia

 

– ¡Mi general!—

Si llegaba un superior, nos teníamos que levantar, ponernos en firmes y saludar respetuosamente; yo y mis compañeros seguimos las normas y nos levantamos apenas notamos su presencia.

 

Cada uno estaba concentrado en sus propios intereses: Alejandro, un chico de mi edad apostaba cigarrillos en las cartas, el botín se veía interesante con la cantidad de imágenes “por... no” entrar en detalles, “indecentes”; su compañero de juego y otro habitante de nuestra carpa,  y cabe decir que mi mejor amigo en el campo, se llamaba Roberto. Había otros dos, eran hermanos, y de quienes era característico su valor o su deseo de morir, los hermanos Quintero, uno se llamaba Víctor y el otro Arturo, y los dos se levantaron de su litera al tiempo en que escucharon el clásico sonido de las botas del general.

Nuestro superior nos devolvió el saludo, acto seguido se acercó a mí.

–Espero que entienda cuál es nuestra situación—

Yo creía saber a qué se refería y respondí afirmativamente:

–Sí señor— Traté de ser lo más serio, pues a un general no le gustan las lágrimas.

–Muy bien, he venido por dos cosas: primero necesito que escriba una carta, un infirme de todo lo que ha pasado,  lo solicitan en la nación, y nadie más que usted conoce mejor la verdad de nuestra estancia en este maldito lugar...

–Lo tendré listo mañana temprano.

–Bien, lo siguiente es que usted...

 

Al salir el general, todos los compañeros en la carpa mostraron su postura respecto a la inesperada decisión de éste; todos lo aceptaron sosegadamente, excepto Alejandro que era muy competitivo y hubiera deseado para él, el privilegio que me otorgaron a mí. Roberto dejó su juego y se acercó a felicitarme. Terminando las felicitaciones y todos los elogios de compañeros de otras carpas que escucharon la noticia, me puse a trabajar en el informe, un informe que ya había empezado antes de que me ordenaran hacerlo, era en principio una carta a mis padres y terminó por convertirse en una carta que sería pública para todo mi país:

 

 

2 de Junio

Marsella, Francia

 

Recuerdo esos días que eran tranquilos y alegres, soleados y divertidos; las familias caminaban en los parques, los parques cantaban bellos trinares amarillos a sus visitantes, Así como recuerdo todo ello, también recuerdo mucho a mi familia: mi mamá apurada para tener lista la comida cuando llegara del colegio, mi papá llegando a tiempo antes de empezar a comer, y mi hermana con su linda cara tierna cuenta cómo le fue en la escuela.

Recuerdo bien cómo empezó todo... estábamos los cuatro a la mesa, y mi papá nos comentó a mi hermana y a mí:

–Estábamos pensando su mamá y yo, que talvez podríamos salir un fin de semana, yo sugerí que podríamos ir a algún balneario a nadar, y ella dijo que quería ir a “piedras encimadas”. —

Mi mamá lo confirmó y mi papá nos preguntó:

– ¿Qué opinan?

–Pues yo sí quiero ir a nadar.- Dijo mi hermana entusiasmada.

–Bueno, porque...—

Teníamos la televisión encendida, y entonces una noticia... bueno, un comentario del conductor llamó nuestra atención:

–Ya no sé cómo describir éste hecho, si como algo ridículo, bastante inmaduro, o muy infantil; se lo dejo a usted para que lo juzgue... Resulta que ésta tarde, en un restaurante ubicado al oeste de la ciudad asesinaron a un individuo de nacionalidad francesa, y fíjese usted no más en cuál fue la causa, una galleta... sí, escuchó bien, una galleta, por una galleta se cometió un homicidio; y es que (según testigos del establecimiento) el joven de veintitrés años presuntamente de Lyon, Francia; pidió a un mexicano que le convidara una de las galletas que estaba comiendo, explican que el mexicano se negó, el turista insistió casi tomándola, el mexicano reaccionó empujándolo bruscamente, el francés igual hizo en respuesta, así que terminaron peleando por una simple galleta, dicen los mismos testigos que el mexicano antes de darse a la fuga, tomó un cuchillo y apuñaló al turista con el que peleaba...

 

Recuerdo la voz del mismo conductor al día siguiente:

–...Recordarán que el día de ayer, les presenté la información del asesinato de un francés, debido a una galleta. Bueno, pues resulta que hoy el grupo de franceses que acompañaban al occiso, atacaron bruscamente al agresor de su amigo, pero todo no acaba ahí, pues también tomaron venganza quienes acompañaban al mexicano, convirtiéndose esto en una pelea callejera de franceses contra mexicanos...—

 

A los días siguientes se reportaron más casos de éstos, en que se enfrentaban individuos de éstas dos naciones, y no solo en México, sino que también en la misma Francia había ataques contra mexicanos, desatándose una oleada de ataques callejeros en ambos países.

Fueron excusas que tomaron los gobernantes franceses para tensar los lazos que nos unían a su país:

“El gobierno mexicano debe poner orden a sus ciudadanos, si no quiere que nuestra nación lo haga por propia mano”.

Como los noticiarios, periódicos y radiolocutores continuaron dando el mismo tipo de informes, México se comenzó a preocupar. Tuvieron razón para preocuparse cuando salieron informes de que Francia estaba unida contra nuestro país y exigían declararle la guerra.

Los datos se confirmaron y México decidió actuar antes, y no ser sorprendido.

 

Mi familia y yo nos habíamos preocupado bastante, y creo que el resto de mexicanos también, pues todos sabíamos cuál sería el resultado al final del enfrentamiento entre un tercermundista y un país como Francia.

 

Comenzó la guerra, México había enviado sus tropas al nuevo territorio enemigo para evitar que fuera nuestro país el invadido.

Estábamos en plena guerra y se aceraba el diez de mayo, una de las fechas más importantes para nuestro país.

Corría el rumor en el radio y en los periódicos de que nuestro país terminaría por reclutar a sus ciudadanos, porque la invasión resultó prácticamente un suicidio.

Las clases en el colegio continuaban, aunque no eran “clases” del todo, más bien eran algo así como reuniones donde se pretendía enseñar y estudiar, pero lo único de lo que se hablaba era de la guerra, y que talvez nos reclutarían.

Mis compañeros le preguntaron a la coordinadora de nuestro semestre, qué pasaría si nos reclutaran

La coordinadora que a la vez era mi profesora de «estructura socioeconómica» nos respondió:

–Los van a meter a todos en trenes y se los van a llevar hasta la costa, y de ahí en barcos hasta las playas de Francia, les darán armas y los dividirán en grupos que serán sus pelotones... Pero bueno, dejemos eso en «paz»—

No fue bueno que dijera esa última palabra, porque ahora era el único anhelo de todo mi país, y era traumático y devastador sentirse desahuciado.

Me acuerdo bien cuál fue la última tarde mexicana que vi, la del diez de mayo. Nos comunicaban por las noticias que ya era un hecho que los varones que tuvieran de diecisiete a cuarenta años, serían reclutados para ir a combatir. Ganaron mucho las televisoras que transmitían noticias, porque desde que comenzó la guerra nadie veía nada más. El día de partida estaba programado para el diez de mayo a las once de la noche; los días de salida eran programados por estados, y el mío era el primero en partir, los siguientes saldrían conforme fueran necesarios. Como era el día de las madres, se organizó un festival en los jardines de mi escuela; casi todos mis compañeros asistieron, con sus familias, y yo también. Mi mamá llevaba un vestido que la hacía ver muy hermosa, mi papá un traje muy elegante, y yo... yo quería que la noche no llegara. Hubo música, comida, pastel... pero no se lograba borrar de la mente lo que sería de nosotros al día siguiente: mis papás... ya no los vería; mi hermana... ya no podría jugar con ella; en la escuela, no sentiría más sueño por la clase de física; en mi casa, ya no saludaría al despertar a mis rosas; ya no tendría una comida rodeado de mi familia... mi familia...

Pero era el último día y no debía lastimar más a mis papás con mi cara triste; pero tenía miedo, lo acepto.

¡Tanto que anhelaba visitar Francia, “la ciudad más romántica del mundo”, tantas ganas que tenía de ver la torre Eiffel, Notre Dame, probar los vinos, convivir con la gente!... y ahora que me llevarían, daría todo lo poco que tenía por no ir.

Estábamos sentados los cuatro sobre el pasto de los jardines, como familia, tratando de poner una sonrisa que a vista de todos, era obviamente fingida. Pero al menos yo tenía algo que me hacía feliz: mi papá no tendría que reclutarse, tenía cuarenta y dos años y no iría a la guerra, aunque yo solo (sin mi papá) siempre me sentía desprotegido.

Veía a mis compañeros abrazar a su madre, ¡Cuánto Amor!, ¡Cuánta tristeza!, ¡Cuánto agradecimiento! Se abrazaban fuerte, muy fuerte y lloraban. Yo me levanté, hice lo mismo, me paré frente a mi madre y abrí los brazos... ella se levantó y me abrazó, yo la abracé fuerte, como pidiéndole que me protegiera, apretando mi cara contra su hombro, sentí mis lágrimas emanar de mis ojos llenos de Amor, ella también, se aferró a mí, me abrazó, no me quería dejar ir, me iba a proteger, tenía mucho miedo... Sentí sus lágrimas en mi camisa, le dije:

–Te Amo... mamá.

Sollozó al escucharme, y no quiso responder, puso su mano tras mi cabeza y me apretó a ella...

Recordé los momentos felices a su lado, me vinieron a la mente imágenes de cuando era niño y jugaba conmigo, ella sonreía, corría, me abrazaba y me daba un beso en la mejilla, y yo a ella.

Entre sollozos logró decirme al oído:

– ¡Te quiero mucho!... ¡Te quiero mucho!... hijo— Me acariciaba la espalda.

Dejamos el abrazo y mi papá ya se había levantado, nos quedamos viendo... nunca lo había visto llorar, y ésta vez lo hizo. Lo abracé fuerte, mi cara llegaba a su pecho y me guarecí en sus brazos, mi padre, igual que mi mamá, me abrazó protegiéndome de cualquier cosa, una lágrima suya cayó en mi frente y me soltó.

Parado frente a él, le dije:

–Cuando regrese vamos ir a nadar.

Después siguió mi hermana que se abalanzó sobre mí llorando y gimiendo, me suplicó:

– ¡No te vallas!

–Tengo que cuidarlos, los voy a proteger a todos ustedes, y nos vamos a ver pronto— Traté de ser lo más selecto en mis palabras.

Cuando me separé de mi hermana, volteé a ver a mi mamá y le dije:

– ¡Te Amo!... Gracias.

–Yo también, y no tienes nada que agradecer. —

Se fue por pastel, y mi hermana la acompañó.

No sé de dónde salió un conejo, estaba a mis pies, tenía el pelo de un castaño claro, y las orejas muy bonitas, era pequeño y lo levanté en mis brazos. Me gustaban mucho los conejos y ése era muy bonito; su carita era muy tierna, y cuando movía la nariz...

Estaba atardeciendo, tenía mis cosas preparadas, no me iba a ir de mi casa, sería mucho más difícil.

Había quedado de acuerdo con Roberto en irnos al terminar el festival, y ya estaba apunto de llegar la hora.

Estábamos preparados mi familia y yo para irnos a la casa, cuando les dije que me iba a despedir. Vi a mi hermana y la pasar le dejé un papel cuando le tomé la mano afectuosamente.

 

“Te Amo... Mamá,

Te Amo... Papá,

Los Amo... A los tres.”

No se preocupen, voy a regresar,

Por favor cuídense.

Adiós

                                          Miguel

 

Me vi con Roberto en la entrada, estaba llorando mientras veía a su familia a lo lejos, igual que yo cuando llegué hasta la reja y volteé, mi hermana leía el papel que le dejé en la mano y se tiraba en los brazos de mi madre también llorosa. Di media vuelta y expresé al aire: “Adiós”.

 

Esa fue la última tarde en México; ahora, después de casi cuatro semanas estamos sobreviviendo en un fuerte a las costas de Marsella.

Casi no hay agua, casi no hay comida, y lo único que tenemos es el deseo de ver una vez más la luz del día, aunque lamentablemente algunos llegan al punto en que si la luz que ven es del sol de Francia, prefieren no despertar.

Me pidieron hacer una carta a mi amada nación, donde explicara lo que pasa aquí, lo único que les puedo decir, es que mi pelotón es el más valiente, las edades de los soldados oscilan entre los diecisiete y treinta y dos años, todos hombres y todos dispuestos a morir por la familia que dejaron en México; hemos tenido algunas bajas y seis suicidios. Pero con mi palabra de capitán, hijo, hermano y mexicano, prometo que las familias de mis soldados los podrán volver a ver, abrazar y hablar en poco tiempo.

No mentiré, ni diré que estamos bien, pero no nos rendiremos. Mañana, siete de junio, entraremos en batalla... y como les dejé dicho a mis papás:

 

“No se preocupen, vamos a regresar”

Au revoir

                                           Miguel

 

9 de Junio

Marsella, Francia

 

 

Soy Roberto, el mejor amigo de Miguel... y tengo algo que agregar:

 

Cuando llegó nuestro general el seis de junio, y se dirigió al mejor amigo que he tenido, Miguel, le pidió que escribiera una carta a la nación, carta escrita cuatro días antes, la cual había dejado sin terminar y que continuó a la orden dada, y terminada por mí el día de hoy nueve de Junio.

La última frase de Miguel fue “No se preocupen, vamos a regresar”, donde prometía a todas las familias, que verían a sus hijos, esposos y hermanos muy pronto sanos y salvos.

Miguel fue nombrado capitán ése mismo día, mi general aparte de pedirle que redactara la carta, también lo nombró capitán de todo nuestro pelotón; una decisión muy hábil y efectiva pues mi amigo nos llevó a la victoria, con sus apenas dieciocho años.

Como él mismo dijo:

 

“Con mi palabra de capitán, hijo, hermano y mexicano,

...podrán volver a ver, abrazar y hablar en poco tiempo

con quienes estamos aquí”

 

Miguel, mi capitán, fue hombre de palabra: nos informaron hoy, que regresaremos a nuestro país todos y que la guerra ha terminado...

Lamentablemente no es cierto que “todos” regresaremos, porque mi capitán sacrificó su vida para salvarme el día siguiente al que terminó su carta.

¿Mi capitán, mi capitán? ¡No!... Mi mejor amigo. Sí, era mi mejor amigo y siempre lo será, porque siempre supe que daría hasta su vida por ayudarme, igual hubiera hecho yo por él... por mi amigo.

La carta que se envió a México fue todo lo pasado a estas líneas, sumando mi parte.

 

Ahora no creo tener cara par decirle a su familia, que él no volverá, que no podrán salir a nadar como dijo, que no comerán los cuatro a la mesa viendo la tele otra vez, no tengo fuerzas para decirles las últimas palabras de mi amigo en mis brazos:

 

“Roberto, dile a mi familia...

que siempre estaré con ellos, que siempre los

cuidaré, que los Amo...

Los Amo... ¡Los Amo!

 

 

Gracias... mi capitán.

 

* Miguel Ángel Bello Pérez es estudiante del Centro Escolar José María Morelos y Pavón, en la ciudad de Puebla, Puebla, México, ha practicado la tauromaquia y es amante del francés.

 

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