YO QUERÍA A MI PADRE
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alejandro tamariz campos.jpg- DEL SUEÑO A LA POESÍA -

  YO QUERÍA A MI PADRE

Por: Alejandro Tamariz Campos*

 

Yo quería a mi padre, aunque nunca se lo dije, y tampoco nunca se lo demostré, quizás fue porque siempre me trató muy rudo, no como su hijo, sino como a otro más que estaba a su mando, siempre fue así su relación con todos aquellos que tenía alrededor, nunca recibió órdenes de nadie, y cuando alguien pretendía darle alguna orden, el siempre se callaba, y dejaba que terminara, las más de las veces no les hacia caso, y cuando realmente lo enfurecían, acababa de un solo tajo con ese atrevimiento.

 

Nunca demostraba sus sentimientos, siempre se aguantaba la risa, y siempre se aguantaba el llanto, por eso sus facciones eran tan discretas, sólo la vejez pudo arrancarle algunos surcos a ese rostro, que nunca dio pretexto con sus emociones, siempre supo guardarlas bien adentro, nunca lo vi demostrar su miedo, menos desesperación, tenía los nervios de acero el viejo, aún en la adversidad, aún cuando la muerte estaba tan segura de llegar, y creo que esa era su seguridad, estaba seguro de morir, el chiste era como, decía, y eso le pasó cuando lo rodearon los soldados, toda la casa estaba rodeada, y lo más razonable era entregarse, y el dijo que no, dijo que tenían que matarlo con la pistola disparando, además de que mínimo se llevaba a unos cuantos; y fue así como pudo escaparse por arriba de la casa, quitó unas tejas y se brincó por la troje hasta llegar a la zanja, nunca pudieron agarrarlo, nunca pidió perdón ni clemencia.

 

La única ocasión en que lloró fue cuando murió su abuela, cómo lloró esa vez el viejo, parecía irreconocible esa vez, se prendía a su cuerpo como si se llevaran su tesoro más querido, y ese fue quizás el mejor desahogo que tuvo en la vida, por fin no tenía pendientes, una casa a donde regresar, un pretexto para seguir vivo, una preocupación en esa difícil tarea de terminar vidas.

 

Así pues, como si fuera un caballo cerrero se quitó el bozal que lo ataba a ese pueblo, y caminamos lejos de esas tierras frías y lluviosas, a golpe de tanto rodar y de cuidarse de los desconocidos que parecieran peligrosos, siempre con la desconfianza y el recelo, como cuando se pisa de noche en suelo desconocido, y esperando que salga de cualquier matorral una celada, sabiendo que en cada parpadeo le arrebatan a uno la vida.

 

Nunca le gustó el trago al viejo, sólo en esos días de fríos, cuando se te quedan entumidas las manos en las riendas del caballo, y el frío te cala hasta los huesos, o cuando se cruzaba el río crecido con los caballos como la única canoa que puede ahogarse, y ahí si no hay esperanza alguna, ahí si se echaba un trago de aguardiente, hasta a mí me convidaba, ahora que el cigarro a ése sí le hacía, le encantaban los Gratos y los Argentinos, y de vez en cuando una hoja de tabaco enrollada y húmeda.

 

Para los que andamos en estos trotes, no hay permiso de estar dormido, tienes que tener el sueño muy ligero, y casi, casi ventear la muerte en las veredas, menos para estar briago, -acuérdate bien de esto-, me decía, los borrachines no sirven para matar, y nada más facilitan las cosas.

 

Recuerdo perfectamente estas chambitas, era meter a alguno de los muchachos de espléndido, dispararle las cervezas o el litro de caña, después era nomás esperar a que saliera de la cantina a una calle solitaria, como cuando salían las acamayas del arroyo cuando echaban cal, a la orillita, a lo bajito, a entregarse.

 

Por eso tú no sirves para matón, me decía, tienes el sueño muy pesado, además de que no entiendes todavía que todo te anuncia al enemigo, el brío del caballo, el sonido del viento, el olor de tu sudor, los sueños, -no te das cuenta- decía, siempre te avisan, pero nunca entiendes el mal que viene y que se presiente, porque siempre puede prevenirse.

 

Así pues, estuvo con una tranquilidad como de inocente, quizás en parte porque su trabajo no le causaba remordimientos, sólo era una actividad más como ser vaquero o jornalero, el decía que era como ser un perro de caza, o como alguien que limpiaba la milpa de la mala hierba, era como atrapar a las tuzas que hacían daño y a las que tenían que matar, porque uno no puede escaparse de su destino decía, ni ellos de la muerte, ni nosotros de lo que somos, era de familia decía, cuando pronuncian tu nombre sientes el miedo en el pueblo, bastaba con sólo decir que lo habían visto cerca para que el ambiente se tornara tenso, como un olor desconocido que hace que los que tienen pendientes sientan que podían ser ellos los que estaban frente a su destino.

 

El chiste es que nunca nadie está limpio de chingaderas, y siempre había algunos que tenían de que preocuparse, y podía identificarse a aquellos que andaban en malos pasos sólo con pronunciar su nombre, había algunos que se escondían por un buen tiempo, y ni con nada hacían que salieran, a veces se te nombraba en un pueblo para aparecer a hacer la chamba en otro.

 

Recuerdo bien al de ese cacique, lo esperamos dos semanas en el monte, y el cabrón no iba, ya estábamos aburridos de tantas sardinas y tortillas frías, pero al fin llegó, con su hijo a nancas, y estaba canijo, porque la regla era no mujeres ni niños, a menos que fuera inevitable, pero no, cuando se cayó del caballo del primer tiro, se cayó el muchacho, y todavía intentó agarrar la pistola de su padre, y de un solo tiro le voló la pistola el viejo, y le fregó la mano derecha para toda su vida, quien sabe si no fue pero dejarlo vivo, pero eran así sus reglas.

 

Gracias a eso te identificaron, y tu fama se hizo grande en la región, por esta machada murieron muchos inocentes, a los que rentaban las tierras los mataron a mansalva, ocho campesinos blanqueaban con los calzones de manta y el rojo de su sangre en el cerro donde quedaron, uno fue quemado vivo en el horno de teja, sólo por ser familiar, y muchas maldiciones y hombres a caballo armados hasta los dientes asustaron a muchos cobardes que les tenían miedo.

 

Pero a ti nunca te agarraron, ni supieron que moriste de viejo, y con la conciencia de ser limpiador de malas hierbas, tan sólo con tus recuerdos que toda tu vida dependía del pasado, y sólo era esperar a que este cuerpo viejo dejara de latir por si mismo, sólo la muerte a quien serviste tanto, pudo dejar en paz ese silencio tan tuyo, que silenció tu vida.

 

Por eso cuando me preguntan si eras un cabrón o un asesino, solamente digo “YO QUERIA A MI PADRE, aunque nunca se lo dije”.

 

* Alejandro Tamariz Campos egresado de la Facultad de Derecho de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, combina la pasión por la pintura y las letras con el ejercicio profesional.

 

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