Con una certeza
Minuto a Minuto

RADIO Sabersinfin.com

 

 

 

15 de enero de 2016

 

Era verano y domingo y mediodía y la plaza no estaba tan desierta como él esperaba. Se sentó bajo la sombra de un árbol, en una mesa alejada; traía consigo un libro y confiaba lograr leerlo entre uno y otro vaso de vino.
 
Él, otra vez, vivía solo. No acostumbraba a marcharse de vacaciones cada verano porque prefería viajar en primavera o en otoño, y durante los meses de calor disfrutaba la ciudad donde vivía, más vacía de gente, y por tanto con bastante menos tráfico, con menos ruidos y agresividades. Aunque, unas horas antes, en medio de la calma del verano, había despertado con una inquietud indefinible.

La plaza no le gustaba, se hallaba en los límites de un barrio del Centro a ratos peligroso. Nunca había ido a sentarse allí, aunque le quedaba cerca del piso. Conocía la plaza de cruzarla, acompañado de algunos amigos que lo llevaban a un restaurante o a una reunión en casa de alguien. Recién la habían reconstruido e intensificado la vigilancia policial en la zona, por lo que la plaza se veía limpia y tranquila.
 
Durante el primer vaso de vino se sintió observado. Buscó con la mirada y encontró la de una joven, sola, unas mesas más allá, con una copa de cerveza.
 
Tuvo la sensación de saber quién era ella, y, casi de inmediato concluyó que no, que simplemente la había visto unos minutos antes, cuando él entró en la plaza y examinó el entorno. Ella, en aquel momento, parecía estar con dos amigos, los tres frente a la puerta de una de las cafeterías. 

Él no permanecía en la ciudad a la fuerza, no resultaba abandonado por una familia que no tenía, y, por tanto, el verano no representaba la única oportunidad de liberarse de convivencias cotidianas, ni la única, de gozar del piso en solitario e intentar romper la monotonía. Su existencia no era monótona, trabajaba, investigaba dentro de su profesión, de sus profesiones más bien, y si no se relacionaba con muchas personas, tampoco sobrevivía como un ermitaño, le gustaba hablar largo con los amigos, a lo que se unía el hecho de tener pasiones como leer, ir al teatro y al cine, visitar los museos, asistir a conciertos y dar caminatas interminables. Y le gustaba buscar y encontrar: tomando la iniciativa y a su ritmo.

Cuando su mirada y la de ella se engarzaron, él no pensó enseguida, desesperadamente, en que entablaran una conversación. Ni en que ella se sentía atraída por él. Ni en ninguna otra cosa vinculada con el sexo o el amor. Rara actitud en él, pero así fue. Pensó que quizás lo confundía con otra persona. Y desvió la mirada para que ella estuviera cómoda.

Al desviar la mirada, él reparó en una pareja, todavía joven, en medio de la plaza. Hablaban reflejando una intimidad feliz. Entonces recordó que también él, por breve tiempo, hacía poco y una vez más, había creído tener una verdadera pareja, y recordó cómo, sin explicaciones, de un día para otro, la otra mitad –le costaba pronunciar aquel nombre–, rompió y desapareció. Él se preguntó, con el último trago de vino, si ya no estaba curado de la perplejidad y el dolor que le había causado aquella ruptura, si las heridas ya cerradas no eran cicatrices a olvidar. Se lo preguntó en medio de una cierta sensación de alivio. Ya casi nunca pensaba en aquella relación, y cuando la memoria se la traía, él sabía racionalmente que aquello le había ocurrido, pero no sentía nada, como si toda la amargura de los primeros meses nunca, nunca, lo hubiera inundado, como si la historia le hubiera ocurrido a un tercero distante. No había sido el amor, porque tenía el convencimiento de que el amor perdido no deja cicatrices, es un hueco sin contornos.
 
La buscó de nuevo, para encontrar que ella lo miraba intensamente. Él se dijo: "¿Por qué no conocerse?". Sonrió y no esperó respuesta, dejó vagar los ojos por los balcones. Cuando regresó a aquella mirada, ella sonrió, no apartó la vista, se levantó, con la copa en la mano, y fue hacia él. –Estoy sola. Mi familia me ha abandonado –dijo sonriente.

Él no supo si era cierto o no. Se puso de pie, y, señalando una de las sillas, la invito a sentarse. Los dos se sentaron.

–Y cuando tu familia regrese, ¿le contarás que relatabas su abandono?

–Ellos no regresarán. Se fueron hace tiempo y me dejaron atrás.

–Lo siento –expresó él rascándose un párpado.
 
–No es para sentirlo –ella había desterrado la sonrisa–. Sale en las noticias y en las películas: "Padres pierden la tutela de su hija por obligarla a mendigar". Vamos a olvidar que te lo he dicho. No sé por qué te lo he contado.

Tal vez porque no reaccionaste como es común.
 
–Hablas como quien ha estudiado en la universidad.
 
–Pude estudiar mientras vivió la tía a la que le dieron mi custodia. Estudié hasta hace poco. Venía a que me contaras tu vida. A que me dijeras algo divertido.

–En ocasiones soy tan distraído que me pasan cosas como ésta: fui al aseo en un bar y cuando en una de las puertas vi la letra M pensé que era de “macho” y entré.

–¿Te sientes muy macho? –ella volvió a sonreír.

Él pensó que no, que su propósito al contarle aquella anécdota había sido muy inocente: deseaba que olvidara a sus padres y la muerte de su tía.

–Estaba distraído, leía un libro, y adelantaba en mi cabeza el posible final.
 
–¿Y qué dijeron las mujeres que estaban dentro del aseo cuando te vieron? ¿Se alegraron?

–Por suerte estaba vacío.
 
–¿No por desgracia?

Él decidió seguir la broma.
 
–Desde entonces siempre entro primero sin dudarlo al aseo de las mujeres. Ya tengo la excusa de lo de la M de “macho” por si necesito usarla.

–Conmigo no necesitarías ninguna excusa.
 
–¿No?
 
–Podemos ir al piso heredado de mi tía. A tomar un café.

Él sintió sed, se incorporó, sorteó varias sillas y mesas, fue al interior del bar y en la barra pidió una botella de agua con gas. Sin pagar, la trajo y se sentó.
 
–No creo que pueda ir hasta tu piso. Debo regresar al mío a esperar una llamada telefónica.
 
–Está muy cerca, tan cerca como... –ella esbozó una sonrisa– nosotros. ¿Eres uno de los abandonados del verano? ¿Van a llamarte tu esposa y tus hijos para que des pruebas de que te comportas con fidelidad y cordura?

–¿Cómo? No estoy casado. Y vivo solo. Aunque es domingo, se trata de una llamada de trabajo. –Él tuvo una idea que le dio seguridad–. Ven a mi piso.
 
–Se trata de lo sabroso que es mi café. ¿O se te ha ocurrido pensar que te proponía otra... situación?

Ella lo descolocaba continuamente, de pronto parecía ser que en realidad hablaba de un café, y que estaba ofendida por cualquier otra suposición. Sin embargo, él juraría que al inicio de la invitación ella se refería a bastante más que a un café.
 
Él se dijo que eran dos individualidades, que tenía que respetar la de ella, desechar la desconfianza que lo había asaltado y el afán de pretender que ante similares necesidades se comportaran igual.

–No esperaré la llamada. Como ayer he perdido el teléfono móvil, lo que haré será llamar yo desde el bar, y, si lo logró, nos tomamos ese sabroso café en tu piso.

Él debió de reflejar algo de sorpresa por lo rápido que acontecía todo, porque ella se apresuró a decir:

–El café que hago es muchísimo más sabroso que el que venden en este sitio. Pensé que podría apetecerte un café..., estoy sola en el piso.
 
–¿Y los dos que te acompañaban?

–Los hijos de una vecina, no somos muy amigos, pero su madre está ingresada en un hospital y les preguntaba por ella. No tengo mucho en común con ellos, ya viste que son prototipos de gimnasio. ¿Te parece muy complicado lo del café en mi casa?
 
–No, claro, no en absoluto –respondió él que se sintió descolocado.
 
–Si ya has pagado, podemos irnos, está a unas manzanas.
 
Él recordó su "¿Por qué no conocerse?". Ella le resultaba atractiva y no únicamente por el físico, pero no accionaban al mismo ritmo. O no tenían las mismas necesidades. O ellos dos, con necesidades similares, no se comportaban del mismo modo. Y no experimentaba la sintonía del coincidir. Aparte de que su intuición...

–No he pagado. Tengo que hacer la llamada. Y, además, necesito tomarme esta agua con gas –añadió para ganar tiempo–. ¿Tienes agua con gas en tu piso?

–No. No tengo.
 
–¿Te pido algo?
 
–No me pidas nada.
     
Cuando más tarde, llave en mano, ella abrió la puerta, a él le pareció que miraba velozmente a uno y otro lado del pasillo. El piso, próximo a la plaza, estaba en la última planta de un edificio alto, grande y nuevo. Pocas viviendas en cada planta, el ascensor a un extremo y la escalera al otro extremo del pasillo, al lado de la puerta del piso donde entraban. Uno que parecía espacioso.

Penetraron a un recibidor y los asaltó un silencio profundo y una oscuridad casi absoluta. Él tuvo lástima de ella, viviendo en aquella soledad, poblando aquel piso probablemente inmenso, con poca luz, y, tan desnudo, pues en el recibidor no había ni un mueble ni un cuadro. Pensó, que la soledad de su propio piso, pequeño, luminoso y lleno de objetos, a él, en ocasiones, se le hacía insoportable. Como esa mañana cuando despertó con aquella inquietud indefinible.

–Ojalá no vivieras sola. ¿Por qué no invitas a una amiga a convivir contigo?
 
–¿Eres siempre tan buena persona? –dijo ella dándose la vuelta, casi en un susurro.
 
–No sé...
 
Ella se aproximó. En uno de los oídos de él, dijo:

–Vete por la escalera y no por el ascensor. Uno de mis hermanos estará subiendo. El otro ya está dentro del piso. Este piso no es nuestro: utilizamos pisos vacíos para robar.

Dentro del piso se escuchó un leve ruido y en el pasillo se detuvo el ascensor. Él, mientras escapaba por la escalera, y ella, a punto de enfrentarse a sus hermanos, cada uno reproduciendo en su interior el rostro del otro, se sintieron más sosegados que antes de haber cruzado sus primeras palabras. Como con una certeza.

Imagen: hombresconestilo.com

del libro: El amor es una bala de plata; Cazador de encuentros de Francisco Garzón Céspedes. 2de Edición digital con modulación al teatro y de género. COMOARTES ediciones, 2015.

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