SILENCIO. FRÍO, OSCURIDAD
Minuto a Minuto

 

- A TRAVÉS DE MIS OJOS -

SILENCIO. FRÍO. OSCURIDAD.

Por: Carlotta Ferrer

 

Estoy perdida entre la niebla, sólo escucho mis pensamientos; estoy sola. No veo nada a mi alrededor, estoy entre la bruma del olvido. Hace frío, mi cuerpo desnudo tiembla y me paraliza. Me duele la piel, los músculos, cada uno de mis órganos; mi cuerpo entero arde en dolor, un dolor frío, pero el dolor más intenso es el que invade mi pecho, mi cuello y me deja sin respiración. No recuerdo más allá de la gris realidad que me envuelve, por más que intente ver a través de ésta.

 

Quizá inconscientemente me protejo de mis recuerdos, memorias oscuras. Quizá todo mi ser huye de mi pasado, de mi presente. El dolor se vuelve más insoportable, me quema las entrañas. Intento gritar, pero no tengo voz, apenas puedo respirar.

 

Todo se vuelve más intenso de repente, más nítido. Comienzo a tener conciencia completa y concreta de mi cuerpo. Mi respiración, que de por sí ya era superficial, se vuelve entrecortada. El dolor me abruma, es todo lo que siento; se concentra en mi pecho, paralizándolo. Ya no queda aire en mis pulmones, están llenos de frío ardoroso, de ácido escarchado. Todo se torna negro, profundo, absoluto; me recuerda a mis más temibles pesadillas. Ahora todo es oscuridad.

 

Abrí los ojos al mismo tiempo que tomé una desesperada bocanada de aire. Todo se veía borroso, extraño. Ya no quedan vestigios del dolor, mi cuerpo se sentía limpio de las llamas. Mi vista se despejó poco a poco, percibía olores familiares (humedad, putrefacción, perfume añejo y sangre); se habían borrado los sabores de mi boca, mi lengua se encontraba limpia del brebaje rojo y espeso. Mi cara fue sorprendida por una brisa fría, venía de una ventana abierta a pocos metros de mí. Estaba tendida en el piso de cemento barato, acurrucada en un rincón. Me incorporé con lentitud, sopesando mis movimientos, sintiendo la nueva fuerza que me invadía. Me sentía despierta, cada parte de mis ser captando mi alrededor, cada célula conciente. Regresé mi atención a la ventana que dejaba entrar la negrura de la noche, no había luz de luna pues estaba nublado, pero no la necesitaba para ver. También podía escuchar con claridad, si me concentraba lo suficiente, todo los sonidos hasta dos calles más allá. En un segundo me di cuenta de lo que había ocurrido, lo que ese desgraciado había logrado conmigo, todo mi sufrimiento de las últimas semanas había dado resultados satisfactorios para esas bestias, aunque por el olor me di cuenta que llevaban días sin hacerme una visita, ¿cuánto tiempo había estado inconciente?

 

Ya no sentía aquel miedo embriagador que me poseía cuando pensaba en ellos, probablemente porque ahora sería mejor rival. Pero si me estremecía sin control por lo que me habían hecho, ¿qué sería de mí ahora? Bueno, algo era seguro, no me iba a quedar aquí para averiguarlo. Me levanté en un movimiento rápido, fluido y hasta elegante. Llevaba puesto algo distinto a lo que recordaba, quizá me cambiaron la ropa para exhibirme. Ahora vestía pantalones negros pegaditos, una blusa negra sin mangas y una gabardina larga negra. Me acerqué con paso seguro a la ventana, era lo suficientemente grande para que saliera por ella sin tener que contorsionarme y estaba completamente abierta, como una invitación; seguro que la olvidaron así la última vez que vinieron y calcularon mal la fecha de mi renacimiento, al fin algo a mi favor. Trepé al marco de la ventana, localicé en el suelo, cinco pisos abajo, un contenedor verde de basura para atenuar el impacto. Respiré profundo una, dos veces.

 

-Lo que sea que depare el destino. Libertad- susurré, saboreando cada palabra, dejando el cuarto impregnada con la última. Salté, me dejé caer como si lo hubiera hecho desde niña. Ahora sería parte de mi instinto.

 

Carlotta Ferrer es una joven mexicana que ama las letras, su obra pretende correr el velo de las musas. 

 

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