Un mismo pedazo de arena
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RADIO Sabersinfin.com

 

 

 

11 de enero de 2016

Coincidieron en un curso que él impartía como profesor extranjero invitado. El otro, uno de los participantes, lo invitó a presenciar una función teatral en la que participaría como actor. Eran hombres de unos treinta y tantos, y los envolvió una cierta simpatía, indefinida, contradictoria.

A él le resultaba un tanto marginal el otro, característica que le inspiraba temor. En la función quedó bien impresionado con su talento. El otro sobresalía entre todos los actores. Pero fue la música la que lo conmocionó. La música, que subrayaba o que enlazaba las escenas, la que lo sensibilizó traspasándolo. La música fue como un augurio.

Él presintió... Al finalizar la representación se dirigió al camerino, a felicitar al otro, con quien había aceptado cenar. Le preocupaba que el actor supusiera erróneamente que después de la cena se irían juntos a la cama. Aunque ni siquiera tenía la certeza de que el otro deseara algo así.

Conversaban los dos de la puesta en escena, cuando entró una joven, de unos treinta años, delgada, muy delgada y pequeña, y para él fue como si las paredes y el techo estallaran. Como si únicamente quedaran la desconocida y él rodeados de fuegos de artificio, con la música de la obra resonando como eco, mirándose paralizados.

Él perdió el habla, cortó una frase y olvidó aquellas palabras. La joven se detuvo a mitad de camino. Congelados los tres, se caldeó un silencio. El otro sonrió con tristeza y como quien cumple su destino, los presentó. La joven resultó ser la compositora de aquella música, acababa de cancelar un compromiso y venía en búsqueda del actor.

La cena de dos, se convirtió en otra en la casa del actor y de la compositora, a la que se sumaron varios amigos de estos. Él intuyó que eran pareja. Y después quiso creer que el actor y la compositora habían sido pareja, pero ya no lo eran. Al término de la velada, el actor se excusó pretextando agotamiento por haber estado tanto tiempo sobre el escenario, y la compositora lo llevó a él a la casa donde se hospedaba. En el trayecto se besaron suavemente, se tocaron con ternura, como náufragos de islas distintas, lejanas, que por un milagro de pronto alcanzan a pisar un mismo pedazo de arena.

Cuando atravesaban la ciudad en el coche del actor, él preguntó. La compositora le dijo que formaba pareja con el actor desde hacía varios años. Que era un ser de excepción, que la rescataba de borracheras y comisarías, de enfermedades y demencias, de miserias absolutas y de crisis de drogadicción.

Él se espantó de adentrarse en un mundo que había logrado distanciar. Y de colocarse en medio de una pareja. Actitud de intromisión que consideraba desventajosa, y, primero, falta de principios, inaceptable. Pero las paredes y los techos, la tierra y el cielo continuaban estallando dentro y fuera de él. Quizás nunca volvería a ese país y se sentía desolado, ansioso de amor.

La compositora insistía en que ellos, ella y el otro, eran así, un poco salvajes, un mucho instintivos y un mucho enloquecidos, y que no iban a cambiar de conductas porque él, renunciando a ese amor, se alejara.

Nada los detuvo. Nada pudo lograr que él alcanzara a detenerse. Los contuvo la pobreza, el poco dinero, el tiempo tan breve antes de que él partiera a su país. Una vez fueron al cine. La mayoría de las veces caminaron contemplándose anhelantes, con el deseo creciéndole en los corazones y en sus cuerpos.

Hasta que a dos días de la partida, la compositora le dijo que, al siguiente, el actor los invitaba a comer, en la casa. Ese "los" fue como un latigazo. El actor y él no se habían reencontrado desde la noche de la cena al culminar la representación.

Él moría de vergüenza. De dudas. Intuyó que era su única oportunidad de acostarse con la compositora. Aceptó. La comida transcurrió dentro de lo normal, rodeada de una quietud falsa. El actor señaló que le dolía la cabeza.

Que se quedaría en el salón y que se fueran ellos a conversar al dormitorio. Que cerraran la puerta para que no lo
molestaran. Él quiso atravesar las paredes y alcanzar la calle. E hizo algo que nunca imaginó que haría. En correspondencia.

Con lástima y dolor por todos. Le propuso al actor que se trasladaran los tres a la habitación. El actor no aceptó.
Ella y él hicieron el amor. La compositora, frágil, diminuta. Hicieron el amor sin protección. Eran otros tiempos.

Él pensaba en el otro: solo en la habitación más allá  de la puerta. Sin embargo, él sentía que ya la amaba a ella,
atormentada e inconsciente, egoísta e inestable. Y era su ceremonia de amor. Una ceremonia que cerró su círculo en
silencio.

Cuando salieron del dormitorio, el actor no estaba en la casa.

En la calle, al despedirse, la compositora se quitó un collar y se lo entregó, enrollándoselo en la muñeca derecha.

–Te amo –dijo–. No es comparable con otras ocasiones –dijo–.

Perdóname –dijo–. Vuelve –dijo–. Yo estaré.

Habían transcurrido cuatro años. De nuevo en aquel país, él averiguó, y supo que la compositora y el actor seguían viviendo juntos.

La compositora y él no se escribieron nunca en los cuatro años, pero todo estaba vivo. Aquella noche al despedirse, después del rito con y sin testigo, la compositora le había dicho:

–Te amo. No es comparable con otras ocasiones.

Perdóname. Vuelve. Yo estaré –y él recordaba las palabras exactas.

Él recordaba la sordidez de la situación en que sus cuerpos inundaron el mundo, pero también recordaba el resplandor de sus cuerpos como llamas de hoguera y no como luces de insectos.

Ellos dos habían sido humanos y no luciérnagas.

Él decidió llamar a la compositora por teléfono, llamarla a su casa con el actor, entrometerse entre ellos dos, pasarle por encima otra vez a escrúpulos y principios. Llevaba cuatro años intentando regresar a aquel país. Creía amar a la compositora.

Telefoneó, hablaron brevemente, con júbilo y ansiedad y temblores. Se citaron.

La compositora no acudió. No avisó. No se disculpó. No apareció jamás. Él decidió no tentar a la suerte. No llamar por teléfono. No buscarla. No insistir. Habían cambiado los tiempos. Él intuyó una razón poderosa, una sobre la posibilidad de la vida y sobre la posibilidad de la muerte. No aceptó que todo hubiera sido humo. Que todo se hubiera volatilizado.

Imagen: youtube.com

del libro: El amor es una bala de plata; Cazador de encuentros de Francisco Garzón Céspedes. 2de Edición digital con modulación al teatro y de género. COMOARTES ediciones, 2015.

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