Credo del narrador oral
Minuto a Minuto

RADIO Sabersinfin.com

 

 

 

6 de enero de 2016

 

Creo en el cuentero, todopoderoso, como memoria vi-va del amor, y creo en su hijo, y en el hijo de su hijo, y en el hijo del hijo de su hijo porque ellos son la estirpe de la voz, los creadores de la tierra y del cielo de las voces, la voz de voces.

Creo en el cuentero, concebido en los espejos del agua, nacido humilde, tantas veces negado, tantas veces crucificado, pero nunca muerto, nunca sepultado, porque siempre resucitó de entre los vivos congregándolos para ser chamán, griot, fabulador, contador de historias, juglar.

Creo en la magia que a la entrada de las cavernas prendió inapagable el primer fuego y reunió como estrellas el asombro, el temblor, la fe.

Creo en el cuentero que, desde los tiempos de la tribu, a todos antecedió para alcanzarnos porque es.

Creo en sus mentiras fabulosas que esconden fabulo-sas certezas, en el prodigio de su invención que vaticina realidades insospechadas, y es que creo en la fantasía de las verdades y en las verdades de la fantasía, por eso...

Creo en las siete leguas de las botas, en la serpiente que antes fue inofensiva gallina y en el gato único en el mundo, aquel gato que al maullar lanzaba monedas de oro por la boca.

Creo en los cuentos de mi madre, como mi madre creyó en los cuentos de mi abuela, como mi abuela creyó en los de mi bisabuela, y recuerdo la voz, la voz, la voz que me contaba para alejar la enfermedad y el miedo, la voz que recordaba los tres consejos atesorados por la madre para despedir al hijo: “Nunca dejes camino real por vere-da.”

“Nunca hagas de noche aquello de lo que te puedas avergonzar por la mañana.” Nunca partas por la primera.”

Creo en los derechos de la niña y del niño a escuchar cuentos, y es más, creo en los derechos de los adultos a volver a escuchar los cuentos que poblaron su niñez, y es más, creo en los derechos de los adultos desde siempre y por siempre a escuchar cuentos, otros, nuevos cuentos.

Creo en el gesto del que cuenta, porque en su mano desnuda, despojadamente desnuda, está el conejo.

Creo en el tambor de Redoblante, porque qué hubiera sido del mundo si no se inventa el tambor, si la poesía no reinventara el mundo dentro de nosotros, si el cuento al improvisar el mundo no lo reordenara, si el teatro no deve-lara la ceremonia secreta de las máscaras.

Y por eso, porque creo, narro oralmente.

Soy el que ve más que sus ojos, porque veo con los ojos jamás ciegos de los personajes de mis cuentos, y es que, cuando cuento, me vuelvo transparente como el cristal.

Porque soy, soy el pequeño príncipe bienaventurado, ¿y por qué no?, el zorro que habla lenguas humanas.

Porque soy, soy el joven trovador que descifra el tiem-po, ¿y por qué no?, la anciana princesa a la que esperan-zado ama (ellos saben que alguna vez tendrán la misma edad).

Porque soy, soy la alegría que uno de los cazadores ve sola en el lago, ¿y por qué no?, soy la tristeza que (a los ojos del otro) es su doble.

Porque creo soy cada uno de los tres hermanos holga-zanes que aguardan alguien muerda por ellos las guaya-bas. Pero también soy el viejo campesino a quien única-mente detiene el arco iris.

Y aunque no lo sé todo (no sé, por ejemplo, quién salió por la puerta, si la dama o el tigre), el amor me permite adivinar debajo de los descoloridos ropajes de la fealdad el rostro librado de todo mal de la hermosura.

Y es que creo.

Es que contar es voltear creadoramente el espejo mágico.

Contar es defender la pureza (esa palabra olvidada), defender la sabiduría de la ingenuidad (que tanto han des-mentido), y defender la fuerza de la indagación (que es defender el derecho a dudar para crecer).

Contar es compartir la confianza.

Compartir la sencillez como transparencia de la profundidad.

Compartir el lenguaje común de la belleza.

Creo que contar es contar con cada cual de tantos, es responder las tres preguntas que abren o cierran los caminos:

¿Con quiénes cuento mi cuento? ¿Con quiénes cuento el cuento que yo cuento? ¿Quiénes cuentan conmigo el cuento de todos?

Creo que contar es amor.

Y es más, creo que al conjuro de la palabra amor todo es posible, porque el amor define, el amor inaugura, el amor permanece.

Y cualquier amor está libre del pecado original, cual-quiera tiene la posibilidad de alcanzar el paraíso, cualquier amor debe ser salvado, porque todo amor salva el mundo.

Y es que amo en el amor que un ser humano me en-trega el amor que es capaz de sentir por la humanidad.

Creo en el amor como plenitud, como mejoramiento humano que trasciende hacia todo y hacia todos, porque ha descubierto que no es suficiente amar, sino que es imprescindible saber amar (ah, romperle la coraza al co-razón), y que ese aprendizaje no tiene por que pasar por un proceso de degradación humana que casi siempre se torna irreversible (ah, no hay que experimentarlo todo en nuestra carne, no hay que deformarse para conocer; ¿o acaso la deslealtad no es un círculo de la muerte?; aca-so la injusticia no es un ángel del demonio?; ¿acaso la guerra, la guerra mezquina, la guerra rapaz, la guerra de los supuestamente poderosos / poderosos nosotros, amor, los desposeídos / acaso la guerra no es el centro mismo del infierno?).

Creo en el amor que se expresa fervorosamente.

Y digo fervor en un susurro porque lo digo a sabiendas de que pronuncio una palabra maldita, desterrada palabra de comunión, pero cómo se hace, si para decir el perdón de los pecados, la resurrección de la carne, la vida perdu-rable, si para decir amor la palabra primera es solidaridad.

Creo en la solidaridad de tomar del viento el aire nece-sario porque todo egoísmo es un naufragio, y contar puede ser la tabla maravilladora del trapecio.

Creo que sostener la mirada cuando cuento es lograr que me acompañen, compartir el refugio, refugiarme.

Cuento dondequiera porque cuál no es el espacio invi-siblemente visible del cuento.

Y cuento con todo mi cuerpo porque todo vibra en mí cuando cuento.

Por eso, creo que no seré un extraño dentro del pecho de quienes me escuchen.

Y es que contar es sonrisa, lágrima. Es sorprender de horizontes, sorprendernos.

Es que multiplicar los cuentos es multiplicar la luz por-que al contar toda la luz nos inunda.

Y puedo contar porque creo, creo que la evocación de la rosa puede ser tan definitiva como su presencia, y que, aunque la rosa se seca como la espina, el aroma estuvo en la flor.

Y puedo contar porque creo, creo que si cuento la so-ledad desaparece, y es que creo que el silencio y la pala-bra ocupan igual sitio en la voz.

Y puedo contar porque creo, creo que para cruzar la frontera hacia un encuentro no es obligatorio pasaporte, visado, impuesto, solo mostrar la palabra desnuda, la pa-labra del desnudo corazón comprometido, porque la palabra no es simplemente para ser dicha, es para anudarla al corazón.

Y es que creo en la libertad, en la libertad no como la búsqueda alienada de ser libre, el continuo reclamo de ser libre, sino en la libertad de elegir y darse, darse y permane-cer, porque la libertad más total es la libertad de compro-meterse con el amor.

Creo que las cosas son verdad cuando son verdad en el momento justo, y que la verdad es la verdad aunque comience a serlo para uno solo.

Creo que lo que se sugiere puede ser más preciso que lo que se describe. Y cuento para influir porque sé que seré influido.

Y es que creo en el arte oral escénico de narrar porque creo, creo en el amor como interacción creadora, creo que todo acto de amor convoca una respuesta.

Y creo, creo que el tiempo del amor puede volver si es la palabra del amor la que lo nombra.

Y creo, creo que el tiempo cuando no existe la pareja es de una eternidad aterradora.

Y creo, creo en la pareja como paraíso humano, y en el paraíso no en torno nuestro sino en nosotros.

Y puedo contar porque creo, creo en el paraíso como paisaje del cuerpo amado, en la ternura purificadora que desprende, en la aureola purísima de nuestros sexos dis-puestos a fecundar de nosotros dos el mundo.

Y cuento para afirmarlo porque afirmar el amor de dos es afirmar el amor como universo.

Y por último.

Por último:
Creo que hay una sola forma de amar, amar más que a uno mismo.

Porque creo en el girasol, que gira sin negar la tierra (ah, ser fiel, qué insólito).

Creo en la amistad, que es una gaviota que para volar en bandada perfecciona su vuelo.

Creo en el ser humano, que con su amor profetiza.

Creo en el pueblo, principio y fin de todo acto creador.

Y creo en mí mismo puesto que sé que soy capaz de amar.

 del libro: Para una humanidad mejor. Urge una política de estado sobre la oralidad, de Francisco Garzón Céspedes. COMOARTES ediciones, primera edición: 2015

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