La cadena y el colgante
Minuto a Minuto

 

 

6 de enero de 2016

 

–No encuentro la cadena con el colgante –dijo él–. Te los mostré, al desnudarnos. Observaste que los deposité en
el borde de la mesilla de noche. Los dejo allí. Me gusta tenerlos a la mano.

–Lo cierto es que no me los mostraste. Los exhibiste, mano en alto, como si fueran un trofeo. Parecías exhibir la
cabeza de un león, o una copa del mundo, o un corazón sangrante. Y después pusiste especial cuidado en marcar
que los colocabas encima de la mesilla, bien a la vista. No los he tocado –afirmó ella.

Él, desde sus años, había hablado de una manera impersonal. Ella le había respondido del mismo modo desde sus muchos menos. Él estaba semidesnudo y descalzo, se cubría con una camisa grande, abrochada abajo. Ella estaba de nuevo vestida, de calle y de noche. De un instante a otro, llegaría la mañana. Él se hallaba de frente a
la única puerta de salida del estudio, la del pasillo. Ella se hallaba de espaldas a la puerta, dispuesta a marcharse.

No se habían dicho sus nombres. Su encuentro era el resultado de una desangelada y alcohólica coincidencia, la del largo tiempo compartido por los dos en aquella parada de taxis, en medio de una fría y solitaria madrugada, tres horas atrás.

–No me importa lo que cuestan la cadena y el colgante. No es por el valor. Ni es siquiera por la perfección
del colgante. Son un recuerdo. Una prueba de amistad. Me han acompañado durante años como talismán –explicó él despojando a sus palabras de cualquier emoción.

–No los he tocado –reafirmó ella como si la frase estuviera grabada y la cinta recomenzara–. Los cambiarías de lugar sin darte cuenta, los guardarías en alguna gaveta.

–Ese colgante fue pensado para mí. En otro país, por unas manos amigas. Esas manos lograron que otras manos lo moldearan. Y que otras manos me lo trajeran. Es lo único que uso. No tengo ni anillos, ni reloj...
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–Te aseguro que no los he tocado. Ni siquiera los toqué cuando los exhibiste. Deseaba... tus manos, y deseaba que tus manos... No los he tocado.

–No digo que los... tocaras. Pero no están sobre la mesilla y yo no he vuelto a verlos. Ayúdame a buscarlos.

Tan pronto los encontremos podrás irte. Tienen que estar enredados entre las sábanas. O entre las almohadas. O se
habrán caído al suelo. O los empujaríamos debajo de la cama al levantarnos.

–Sé que no han desaparecido. Lo que intentas decir es que si no aparecen es porque yo los cogí. Y que hasta que no aparezcan no puedo irme. Acabamos de hacer el amor... de tener sexo, y éstas son tus conclusiones. Pero no son mis conclusiones y no las acepto. No los he tocado.

Y como sé que no los he tocado, si no aparecen pensaré que por alguna razón tú los has escondido.

–¿Qué estás diciendo? –exclamó él olvidando la aparente impasibilidad.

–¿Qué estás diciendo tú? –casi gritó ella.

Los dos se estremecieron cuando una ráfaga de viento, helada, golpeadora, sacudió el ventanal y penetró como un aparecido.

El desorden enmarcaba los cuerpos casi inmóviles. El resto de la ropa con la que él se había vestido en horas tempranas de la noche, estaba en el suelo o tapando parte de los muebles, compitiendo por el reducido espacio con
una bandeja, copas, vasos, botellas vacías, cubiertos, servilletas, discos, libros y revistas, entre otras cosas
dispersas o fuera de su sitio habitual.

–Estoy diciendo que me ayudes a buscar la cadena y el colgante para que puedas irte –y él atenazó las palabras
mientras las pronunciaba–. ¿Me ayudas? ¡Claro que me ayudas!

–Te advierto que voy a irme cuando yo lo decida, hayan aparecido la cadena y el colgante o no –ella respondió muy bajo–. Vas a necesitar mucha fuerza para retenerme contra mi voluntad. Y ya desde antes de que lo consigas, vas a lamentar haber intentado obligarme a
29 permanecer aquí, porque voy a destrozar todo lo que esté al alcance de mis pies y de mis manos. ¡Tenlo por seguro!

–¡Estás loca!

–¡Vaya descubrimiento! ¡Siempre he podido enloquecer!

Si no pudiera enloquecer, no hubiera aceptado la invitación para ir a la casa de un desconocido. Ni tampoco hubiera
confiado en tu aspecto de buena persona. Y no me habría acostado contigo de inmediato sólo porque... Pero no siempre estoy loca. No me enredo frecuentemente con desconocidos. Y no permito que un desconocido me retenga porque extravió, en medio del caótico desorden de un estudio de veinte metros, una cadena y un colgante. He recuperado la razón. Me marcho cuando lo decida porque es mi derecho y porque tú has dejado de merecer que te acompañe.

Él decidió cambiar de actitud. Se dirigió a cerrar las ventanas para simular, al alejarse, que estaba dispuesto a que ella se fuera cuando decidiera hacerlo y sin necesidad de que aparecieran los objetos. Desde junto al ventanal, le pidió:

–Por favor, ¿podrías... ayudarme a buscarlos? –Y, al hacerle la pregunta extendió los brazos con las palmas de las manos abiertas y rectas hacia arriba.

–Claro que te ayudo –y ella rescató casi las mismas palabras que él había usado al pretender imponerse.

Escudriñaron con dificultad, tropezando entre ellos y tropezando con los muebles y los objetos. Removiendo las sábanas, las almohadas, toda la ropa visible. Agachándose y volviendo a agacharse. Desplazando cama y mesillas,
armario y cómoda, libreros y mesa, banquetas y alfombras, y recogiendo parte del desorden. La luz del amanecer aún
se ausentaba y las dos lámparas del estudio no iluminaban todos los rincones. De pronto, en una de las miradas al
rostro del hombre, a sus facciones tan contraídas e irreconocibles, ella reparó en la angustia de él, y no le
resultó sencillo explicarse las causas. Pensó que tenía que ser algo más profundo que la pérdida de la cadena y el
colgante por significativos que fueran.
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–Te juro por lo que más amo... –dijo ella deteniéndose y cediendo a un impulso–. Ya te conté que mis padres me abandonaron de pequeña... Te juro por mi abuela, que no los he tocado. Suena fatal. Nosotros somos dos adultos.
Tendrías que percibir que no los he cogido. Tendrías que creerme. Voy... a desvestirme para que compruebes que no
los tengo encima.

El hombre calló y ella vació su bolso sobre la cama y esparció el contenido hasta que fue obvio que allí no
estaban ni la cadena ni el colgante. El hombre continuó callado. En medio del silencio le pareció lastimoso que
aquella joven, inteligente, rápida y fustigante, pero de no más de veinte años; tan rosada y con tan candorosa
apariencia física, de largos cabellos claros, tan parecida a un ángel, se estuviese desvistiendo para conjurar la
sospecha. Se dijo que probablemente en la mañana, con claridad, tiempo y calma, él hallaría lo extraviado. Hallaría
cadena y colgante al desmontar la cama, o al mover por completo los muebles más voluminosos. Quizás debajo del
armario, o de la cómoda, empujados por cualquiera de los dos sin advertirlo.

Se aferró a que ese colgante había cruzado de país en país hasta reposar con él, para justificar el no detener la
humillación por la que ella pasaba. Pero también se dijo que era probable que en la mañana descubriera las dos piezas de oro, sucias de polvo y relucientes de inocencia, en cualquier rendija o recoveco del estudio. A continuación, se dijo que era igualmente probable que ella intentara robarlas desde el inicio. Quizás creyó que él, exhausto del sexo, encandilado por tanta juventud y belleza, no se pondría de inmediato, para dormir, la cadena con el colgante. Que a él le bastaría, por esa noche, la posesión de la belleza de ella, el ropaje de su olor, de su sudor. Que a él le bastaría el talismán de haberla poseído. Quizás la cadena y el colgante fueron, desde el comienzo del encuentro, el precio oculto. El precio a ser cobrado. Ella había dicho "trofeo", refiriéndose a una actitud de él, pero, ¿y si desde que los vio en su pecho, fulgurando entre la camisa entreabierta, se propuso
31 obtenerlos?

Quizás fue por el oro, o por la perfección del diminuto laúd, que la joven lo miró con tanta intensidad en
la parada de los taxis, deslumbrada no por él como ser humano, sino por el brillo del metal que le descansaba en el
pecho. Quizás él, a los ojos de ella, no había sido más que una vidriera de exhibición, un escaparate de joyería...

En este punto de los pensamientos del hombre, de sus dudas, ella terminó de quitarse la ropa. La sacudió.
Volteó los bolsillos. La hizo ondear. Era la segunda vez en la noche que, dentro de las paredes del estudio, se
quedaba desnuda. La ilusión pareció haber desaparecido por igual para ellos dos como si se hubiera refugiado con la
cadena y el colgante. La emoción de la desnudez resultaba distinta, próxima y a la par muy alejada. Para el hombre
aquella desnudez se había tornado intocable, como si él hubiera perdido cualquier derecho a tocarla. Como si de un
tirón hubiera arrojado ese derecho a un basurero. Ell aúnicamente conservaba puestos los zapatos. Negros, altos,
de fino tacón. Unos zapatos cerrados, como si una pantera escondiera las uñas. El hombre pensó que la cadena y el
colgante estaban escondidos entre uno de aquellos pies y uno de aquellos zapatos. Y recordó con nitidez aquel tatuaje en la piel.

Cuando, una hora antes, el gozo de él había estallado dentro de ella, ese gozo que amenazaba convertirse en una
andanada de fuegos de artificio, el hombre había visto el tatuaje. Ella, en respuesta a sus preguntas, mantuvo que lo tenía desde la infancia como consecuencia de una travesura. Al hombre le pareció una marca de los ambientes
de la delincuencia o del mundo de la cárcel. Pero se abstuvo de señalarlo porque prefirió la duda. Y también
porque priorizó su propia seguridad personal. Si había estado presa, mientras él más supiera, mientras más la
acosara, más riesgo correría. En aquel momento concluyó, que si ella había pagado por su delito, que si se había
reinsertado en la sociedad, no era justo hacerle confesar el pasado y hurgarle en su amargura, su vergüenza o su dolor.

Él había deseado por una parte prolongar aquel encuentro, y citarse con ella para conocerse más a fondo, y, por otra, el tatuaje le había provocado el deseo de que ella se duchara, se vistiera y se largara. Justo cuando él debía decidir si sugerir una cita o no, fue que advirtió que la cadena y el colgante no estaban sobre la mesilla.

A él sólo lo cubría la camisa. Y a ella los zapatos. Ella no había perdido la compostura al desvestirse. No titubeó. Ni bajó la mirada. No mostró un rictus, ni una mueca. Y la conclusión del hombre, al valorar el control de ella sobre sí misma, fue: una muy inocente o una muy "profesional".

Él tenía una tormenta de preguntas en su cabeza. Hizo un esfuerzo por dominarlas, pero las preguntas, veloces, daban vueltas y vueltas: ¿Qué iba a ocurrir si le decía que se quitara los zapatos para revisarlos? ¿Qué sucedería si ella se negaba? ¿Cuál de los dos se iba a sentir más humillado si en uno de los zapatos aparecían la cadena y el colgante? ¿Con cuánta violencia ellos se comportarían? ¿De cuánta agresividad sería capaz él y de cuánta ella? ¿Qué mezquino se sentiría él si los objetos no aparecían dentro de uno de los zapatos?

–¿Puedo marcharme? –preguntó ella.

–Has dicho que te irás cuando lo desees.

–¿Puedo marcharme? –reiteró como si no lo hubiera oído.

El hombre pensó que, si no le decía que se quitara los zapatos, cuando ella se fuera, él no se acostaría. Pensó que, en la duda, él seguiría buscando por el estudio, revisando cada metro, cada decímetro, cada centímetro, cada milímetro. Y que si la cadena y el colgante no aparecían, él imaginaría los destellos del oro como un segundo tatuaje sobre la tersura de la piel angelical de la joven. E imaginaría a la joven burlándose con sus amigos de cómo los había escondido en uno de sus zapatos mientras él estuvo en el baño. La imaginaría burlándose por la apuesta ganada a la dignidad. Burlándose de la generosidad de la condición humana. De los sentimientos solidarios.

Burlándose de los hombres solitarios que necesitan
 reafirmarse a cada paso. Que anhelan amor antes de que sea tarde. Urgidos de escapar de sí mismos. Que creen vencer al tiempo, al desamparo, al implacable ángel del desamor y de la muerte.

El hombre y ella estaban como congelados. Hasta que él abrió la boca, la abrió sin palabras, la cerró y luego volvió a abrirla y a cerrarla.

–¿Los zapatos? –preguntó ella, y, sin bajar la vista, señaló con brusquedad a sus pies.

El hombre, con premura, se desplazó, se agachó, buscó sus propios zapatos junto a la mesilla. Alzó uno y lo volteó. Y de inmediato alzó el otro. El sonido metálico de la cadena y el colgante al chocar contra la loseta sonaron como testimonio de la intensidad física con que habían hecho el amor.

Él no recogió las piezas. Ella se aproximó, las levantó y se las entregó.

Hubo otro silencio. Él se sintió desprotegido. Hubiera deseado tener puesto el pantalón, los calcetines, los malditos zapatos. Ella estaba serena. No sonreía burlona y altiva. No se jactaba del triunfo. Esperaba, sin vestirse, interrogándolo con los ojos.

–Te debo una disculpa –dijo él, sin mirarla–. No, no sería suficiente. Te debo una explicación... Te debo –él la miró– esta noche. La he estropeado.

Ella comenzó a recoger de la cama el contenido de su bolso. Después se vistió. Sin apresuramientos, sin dejar traslucir lo que sentía...

–No me debes nada. No me conoces. Hay otras maneras de empezar. No tenía que ponerte a prueba.

Él se llevo la mano a la cara y se tapó la boca. La mano pareció independizarse y fue cerrándose sobre el rostro hasta ser un puño.

del libro: El amor es una bala de plata; Cazador de encuentros de Francisco Garzón Céspedes. 2de Edición digital con modulación al teatro y de género. COMOARTES ediciones, 2015.

Imagen: spanish.alibaba.com

del libro: El amor es una bala de plata; Cazador de encuentros de Francisco Garzón Céspedes. 2de Edición digital con modulación al teatro y de género. COMOARTES ediciones, 2015.

 

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