RECUERDO RESTAURADO
Por: Alejandro Tamariz Campos*
Casi arrastré su nombre en mi boca, y un nervioso –Como estás?..., apareció
adormilado de mis labios por la sorpresa, fue una sorpresa tan agradable como
esa de encontrar algo que se ha perdido desde hace tiempo, tan duramente
buscado, y tan difícilmente resignada la pérdida, y que ya sin buscarlo
aparece; así fue, como repentinamente esa mujer de cara de luna estaba plantada
frente a mi desconcierto.
-
¡HOLA, COMO HAS ESTADO…!
-
BIEN!!, Y TÚ…
La verdad es que mi nombre nunca estuvo tan agradecido de pronunciarse
tantas veces y con tanta emoción como aquella mañana, cuando tu boca lo dijo
más de tres, que hasta se sintió importante, poderoso, como aquel nombre que se
siente querido, fuerte como el corazón de durazno, en esa boca tuya, carnosa,
pequeña, rosada, teñida al natural por tu juventud sin máscaras, sin
artificios, sin carmines falsos y sin brillos prestados, solo así, limpio,
cristalino, transparente, como tu alma al descubierto.
Quise decirte muchas cosas, quise como en esos otros tantos momentos
juntos, contarte de este amor, quise muchas cosas, y entre otras, que el tiempo
alentara su paso para grabarme mejor tu rostro, para seguirte codiciando, pero
como en otros tiempos lejanos, eso tampoco pasó.
Y fue esa, la última vez que nuestros caminos se cruzaron en las
mañanas soleadas de Puebla, en sus aceras cuadradas como ajedrez, y en esas
calles de puertas cerradas.
Y como siempre, tampoco te dije nada, tuve ganas de gritarte lo que
siento, pero no hice nada, solo me quede contemplándote y casi en automático
respondiendo a tu plática desenfadada, quise decirte que estaba tan extraviado,
que al encontrarte parecía que me estaba encontrando a mi mismo, aunque solo
fuera el encontrar a este amor callado, que el destino me había puesto delante,
cuando yo sabía que había quedado tan atrás, que al voltear el rostro ya casi
no se veía.
Pero el recuerdo renovó sus vestiduras, como cuando se restaura un
viejo óleo, y las figuras opacas aparecen más claras, y los colores se vuelven
a encender, apareciendo intensos, limpios de las películas de tiempo, de polvo
y de olvido; de esa forma mi memoria me asalto al instante, ni siquiera puse
atención en lo que dijiste, solo quise restaurar mi recuerdo, restaurar mi amor
marchito y amarillento, y mi locura añeja por ti.
Entonces enfoqué bien tu rostro, las pecas de tus mejillas blancas y
rosadas, tu cabello negro y quebrado como mi suerte, tu sonrisa franca y
reprimida, en esa mueca tierna que te hacia morderte los labios, y que como una
mariposa blanca se posaba vacilante entre cada aleteo de las palabras que ibas
diciendo.
Y mi corazón fue sacando ese eterno amor por ti, árido como un páramo,
deshidratado y sórdido como esa tierra avara que no da hierbas; y con tu
presencia se fue llenando de esa agua de vida que hace germinar semillas viejas
y olvidadas, que esperaron tanto tiempo hasta encontrarte, y que ahora en cada
latido, y en cada palabra tuya, se hinchaban de gozo, y se atrevían a romper
sus harapos, para salir invisibles y mudas ante tu presencia.
Así fue aquella mañana en que te vi, tal vez por última vez, tu
pequeña figura llegó como llega el agua al desierto, de manera repentina y
apresurada, pero bastante y suficiente para inundar mi memoria árida de tu
recuerdo fresco, que inundó mis ojos, mis oídos, y mi deseo intenso.
Tu recuerdo renovado volvía a plasmarse sobre el lienzo opaco y turbio
de los tiempos de la universidad, y se dibujó en trazos negros, firmes y
definidos, sobre los trazos sepias que habían quedado de aquella vez que te
perdí por vez primera.
Sabía que esta vez volvería a perderte, y esta vez era para siempre, y
que esta sería la última vez quizás, que te vería, que te tendría tan cerca,
que nunca más te tendría presente, frente a frente, latido a latido, ante esos
ojos claros que me desarmaron siempre, que solo sería el recuerdo, un hermoso
recuerdo en mi vida, de esos que se recuerdan en el momento crucial de la
muerte, y que si es cierto que al final del camino, pasan las cosas que nos han
marcado, es evidente que traería el recuerdo de este amor callado en el último
suspiro y en el último aliento que se llevara mi vida.
Por eso es que afine los detalles de tu figura y de este amor que
siento, que se guardará en mi memoria gracias a esa mañana de destino, que
quiso que en la memoria del tiempo, donde no hay reconocimientos ni pérdidas,
quedara el testimonio de este amor reprimido, de este tiempo sin tiempo, donde
ni tu misma sabrás que hubo un tonto y loco amor que te quiso, que te necesitó
con tanta urgencia, que me salvó del ostracismo, porque tuve a quien amar, aún
sin saber si quiera que tal vez me corresponderías, que se aferró a ti como a
un salvavidas, que se refugió en ti como en esa marquesina anónima en una noche
de aguacero, que te amo tanto como nunca imaginaste, porque era mudo, y nunca
te dirigió la palabra, ni siquiera con ademanes.
Con un amor callado, que no pide ni pidió nada, con este dolor que
doliendo alivia, ahora puedo hacer un cuento o un himno, ahora me queda tu
presencia infinita y eterna, que no envejecerá a mi lado, ni morirá en mis
brazos, ni amamantará a mis hijos, ni me hará reclamos, ni me reprochará mi
vida extraña, si no que simplemente se quedará como una juventud permanente, en
su verdor constante, como escultura de piedra firme, como idea simiente, como
un d dulce y fresco, un recuero restaurado.
-
¡ADIÓS!!!.
- ¡ADIÓS!!!.
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