ADIÓS
Por: Carlotta Ferrer
Estaba lloviendo, pero apenas y lo notaba. Estaba temblando, eso sí; pero no por frío, no. Aún sentía sus manos sobre mi cuerpo, sus dientes penetrando mi piel… huiría toda mi existencia por no volver a sentir un dolor así. Meneaba mi cabeza como si eso pudiera quitar las imágenes de mi cabeza y el dolor del recuerdo. Parecía que acababa de librarme de él, de salir huyendo. Y así era, excepto por unas cuantas horas de correr desesperada.
Sabía que no importaba cuanto corriera, que si él quería me podía encontrar. Así que decidí caminar y dejar que la lluvia limpiara el rastro que él había dejado en mi cuerpo.
Era pasada la media noche, pero todavía faltaba para el crepúsculo. Parecía una noche eterna, mi noche eterna, noche que tendría que sufrir por siempre.
Necesitaba huir lejos, salir de la ciudad lo antes posible, y lo necesitaba ya. En cada rincón oía mis gritos, sentía su risa y olía sangre.
No podía controlar lo fuerte que mi cuerpo temblaba ahora, intentando eliminar cualquier rastro de lo que sucedió, lo que me marcaría de por vida.
Estaba ya a pocos kilómetros de la estación de trenes. Traía conmigo dinero suficiente y escasa ropa, he de decir, pero ¿qué importaba ya lo que llevara puesto? Pronto la ropa ardería en llamas, y sus cenizas quedarían abandonadas.
Todo estaba oscuro, hacía más de un mes que fallaba la electricidad por toda la ciudad. Eso no me detenía ahora, y mejor para mi si nadie me veía caminar con la expresión de muerte que traía. Y de todos modos, miedo le tenía a aquellos para los que la oscuridad total era cosa de nada. Aún sin estrellas que guiaran el camino sabía a dónde iba y cómo llegar.
Todo olía a óxido y podrido, o esa era mi percepción. No era el mejor barrio para deambular, pero sí el camino más corto del centro de la ciudad a la estación. Un poco de porquería no era nada, menos después de lo sucedido.
Poco a poco fui divisando la luz de la estación. Si, luz. La estación estaba a las afueras de la ciudad, muy inconveniente de día, pero ahora de noche, era mi salvación.
Me acerqué con paso seguro, no importaba a dónde ir, sólo que fuera lejos de aquí. Al entrar divisé que estaba casi vació. Suerte que abría las 24 horas, pero por la gente que había esperando debía de estar a punto de amanecer, por ahí de las 5 a.m. Compré el billete de tren más temprano que pude y lo más lejos posible.
Estuve sentada esperando, metida en mis propios pensamientos: ‘‘¿me habría visto raro el de la taquilla? Claro, una mujer de unos 20 años luciendo así ¿quién no la voltearía a ver, sobre todo raro?’’. Debió de pasar como una hora, tal vez menos, y anunciaron la salida del tren que abordaría.
Me subí al tren, estaba vacío excepto por un empresario, una pareja y yo. Tomé un lugar junto a la ventana, lejos de humanos.
Y comprendí que quizá en otra vida, una nueva, estos recuerdos le pertenecerían a una extraña, a alguien a quien yo no conocería ni añoraría. Jamás. Todo quedaría olvidado, y la frialdad de mi piel recibiría abiertamente el calor del sol, mis dedos sentirían al mundo a su alrededor y mi nariz conquistaría dulces aromas. Era un proceso largo y empezaba ahora.
Pronto comenzó a salir el sol. Y fue tan sólo un instante en el que, si hubiese podido, habría derramado una lágrima, una, por el adiós.
Carlotta Ferrer es una joven mexicana que ama las letras, su obra pretende correr el velo de las musas.








