HISTORIAS DE SEXO (O CASI)
LA
PROPUESTA
Por:
Jorge Alberto Durán Ramírez*
Hay momentos como éste en que quisiera olvidarme de todo, el trabajo, la escuela, la casa; desearía poder sacudirme los problemas. Quisiera encerrarme en una habitación de hotel, por lo menos una noche. Desearía recostarme sin desvestir, con los zapatos puestos, correría las cortinas para que nada del exterior llegara a mí.
Entonces oiría tocar la puerta, con toda la flojera del mundo me pararía a abrir y te descubriría en el marco, la sorpresa no me dejaría hablar, caminaría hacia atrás hasta caer sentado en la orilla de la cama. Tú, con pasos firmes, entrarías al cuarto, cerrarías la puerta, quedaríamos en penumbras, adivinando apenas nuestras siluetas, escuchando nuestras respiraciones. Te dirigirías al cuarto de baño, prenderías la luz y sin entrar cerrarías la puerta. Vería el contorno de tu cuerpo venir hacia mí, extenderme los brazos, obligarme a parar, abrazarme y besarme con una tranquilidad infinita. El tiempo se habría detenido.
Yo me dejaría hacer, besarías mi boca sin saciarte, con
pasión pero sin apresuramientos, con la calma suficiente de quien sabe que todo
tiene su momento, tus labios bajarían a mi barba y a mi cuello, ahí se
detendrían el tiempo necesario para que tus manos fueran a mi espalda al pecho
y empezaran a desabotonar mi camisa; tu boca seguiría a tus dedos, descenderían
lentamente disfrutando con inmenso placer la apertura de la camisa y el breve
espacio del torso que se dejaría ver, al finalizar esta labor tus manos
tocarían mi piel, la recorrerían, la reconocerían, subirían a mis hombros y los
descubrirían totalmente, la camisa caería, flotando, como deseando nunca llegar
al suelo.
Ahora, tus manos y tu boca se repartirían el cuerpo,
mientras unas tocan la otra besa, a veces son lugares opuestos y distantes, a
veces dedican su atención a una sola región. Después, tus dedos llagarían al
pantalón, quitarías el cinturón haciendo que al correr en mi cintura provocara
la misma excitación que si fueran tus labios, lo desabotonarías y bajarías el
cierre, tus manos tendrían otros sitios qué descubrir, acariciar, excitar, pero
en lugar de hacer me sentarías nuevamente en la cama, me quitarías mis zapatos
y los calcetines y acariciarías mis pies con tal delicadeza que yo me
recostaría disfrutando el contacto de tus manos que después ascenderían,
lentamente hasta mi pecho, besarías mi boca ligeramente y te pararías.
Frente a mí y dándome la espalda comenzarías a desnudarte,
yo adivinaría tus manos moviéndose tranquilamente para quitar los botones de tu
blusa vaporosa, la vería descender y descubrir tu espalda, tus manos se
dirigirían a desabrochar el sostén y lo dejarías caer; después y siempre
dándome la espalda quitarías tus zapatos y tu pantalón. Darías la vuelta y te
tendría frente a mí casi desnuda pues un pequeño triángulo de tela quedaría ahí
para que yo lo quitara.
Te dirigirías a la cama pero no directamente a mí, te
acostarías y sin cubrirte me señalarías el lugar junto a ti para que yo lo
ocupara.
Habiendo colocado mi humanidad en la parte del lecho que me
habías destinado te dedicarías a besarme, boca, nariz, oídos, cuello, pecho;
mientras besaras mis piernas despojarías a mi cuerpo de la última prenda;
hincada sobre mí, tus ojos recorrerían mi cuerpo, lo disfrutarían sin importar
mi delgadez. Te pararías en la cama y me invitarías a quitar el diminuto pedazo
de algodón, de rodillas ante ti te contemplaría y haría descenderlo mientras
depositaba un beso el acolchado vello de tu pubis.
No me dejarías hacer más. Me obligarías a acostarme, sobre
mí y con lentitud, con delicadeza extrema harías que nuestros sexos se unieran.
Sin movernos más de lo necesario, nos dedicaríamos a besarnos, olvidándonos
momentáneamente de la otra unión, concentrándonos en nuestras bocas, en nuestra
respiración, en nuestra saliva, entonces comenzarías a mover tus caderas muy
lentamente, tan despacio, tan excitante que el masaje nos llevaría
inevitablemente al orgasmo y el estallido no haría otra cosa que relajarnos.
Nuestros cuerpos descansarían así hasta encontrar nuevamente la calma,
controlar nuestra respiración, hasta caer en una semi-inconciencia de la que
solo el deseo renovado nos pudiera sacar.
Después de un rato, el contemplarte serena, con los ojos
cerrados, me dedicaría a besarte, tus senos serían los primeros, disfrutaría su
redondez, los recorrería de arriba a abajo y de uno a otro, besaría y mordería
la punta obscura, erecta, mi lengua gustaría de tu piel suave, cálida; me
detendría también en esa parte del pecho ubicada entre tus senos, para sentir
en mis mejillas el roce de ellos, subiría a tu cuello y lo besaría mientras mis
manos acarician, masajean, estrujan esos montes alucinantes.
Descendería de tu cuello a tu ombligo sin separarme de tu
piel, sin perder el contacto, sin separar mi lengua de la ruta maravillosa que
me conduciría a penetrar ese centro tuyo, pequeño, arrugado; besaría tu vientre
y llegaría al límite marcado por tu vello, me detendría a contemplarlo,
Tomándote de las caderas haría rodar tu cuerpo hasta quedar boca abajo y
acariciaría tu espalda, tus hombros, los besaría con la misma lentitud que tu
me acababas de enseñar, con la calma necesaria para que mis labios y mi lengua
conociera y reconociera cada centímetro de tu piel.
Mis manos acariciarían tu cadera y mi boca besaría tu
espalda y más allá de ella hasta descender a tus piernas, al hueco donde se
unen muslo y pierna, a la pierna misma y por fin a tus pies, los besaría,
hundiría cada uno de tus dedos en mi boca, lamería tus plantas, mordería tu
talón y después volvería a rodarte para subir acariciando con mis labios tus
piernas, tus rodillas, tus muslos y perderme entre ellos, llenándome de tus
olores, tus sabores, ahí me quedaría besando, mordiendo, metiendo y sacando mi
lengua en ese recinto caliente y húmedo, hasta que tus manos me apartaran de él
obligándome a la penetración y llegar nuevamente al clímax juntos.
No sabría cuantas veces más haríamos el amor, nuestros
cuerpos serían los amos esa noche y estaríamos a su disposición, al amanecer tu
abandonarías el lecho y la habitación y volveríamos a nuestras cosas de
siempre, con más ganas, con nuevas fuerzas y esperanzas.
En realidad a mí me bastaría con uno solo de tus besos, pero no sé si al sentirlo te dejaría escapar.
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