PADRE
Por: Nicolás López Dallara*
(Antes de partir hacia
el río Eresma)
Y en un buen día colonizó la meta de
sus esfuerzos. En 1987 lo readmitieron como efectivo. Más que por justa
selección, por las admiraciones de todo el que hablaba con él. Casi estoy
seguro que fue en ese año que pitó su cancerígeno tabaco por última vez. Poco
tiempo después ya se había desligado de la piedra afiladora y las domingueras vísceras
de las gallinas. Sus manos no volvieron a ensangrentarse con inocentes. Fue
entonces mi madre quien cogió las renunciadas riendas del almacén. Y como ya el
dinero no era un problema ni una carencia, cerramos la empresa de la
carnicería. Entonces mamá hacía un trabajo menos fino –ya que la sierra era una
función peligrosa que no se podía limitar a guantes de látex lavavajillas-, y
se empleaba envolviendo frutillas y plátanos de a medio kilo, o vendiendo enteros
los sacrificados pollos y algún que otro lácteo formalmente envasado.
Todo aquella maniobra de comercial, Santiago
la estaba haciendo por el resto de nosotros. Solamente detecté dos cosas
incorrectas en él, según mis valores de criollo. Una era que todo el tiempo
andaba jactándose de su intelectualidad. Santiago se había enamorado de los
debates, pues le daban la falsa energía del complaciente tienes razón. Con tanta verbosidad acababa por convencer a su
interlocutor, mejor dicho, acababa por desanimarlo. Cuando se trataba de una
diferencia de pensamientos, con él todos elegían ceder el lugar. Si le tocaba, papá empezaba la charla con un refrán
famosísimo y como un orador dando misa, lo ceñía con interpretaciones de poca
verdad, trasladando el tema adonde él quería, dependiendo de su interés parcial
y momentáneo.
Era como un pulseador que, apenas
empieza a correr el tiempo, quiebra el brazo de su rival. Imaginemos pues, que David
se enfrentara a Goliat sin espada ni honda. Con sólo una pisada del enorme, el
ilustre David se desatomizaría. Papá era parecido con la palabra. En un
instante se le creaba en la psiquis el virus del no te escucho, y ametrallaba con frases cognitivas a quien se le
opusiera. Por allí a los veinticuatro, mis sentimientos también serían
pisoteados por aquel sistema de ataque, que tenía un ambivalente desemboque,
dependiendo de los abstractos objetivos que Santiago pretendiera conquistar. Sé
que ese comportamiento lo luciría durante su vejez. Santiago tuvo dos vejeces,
tal cual yo tendría dos adolescencias. Luego cambiaría en apariencia ante los
terceros que no iban a conocerlo nunca. Pero con nosotros permaneció siendo
así.
Y así Santiago, mi padre, acabó por
desencadenar discusiones en sobremesas muy pacíficas. Pero eso sí: lo hizo
siempre que alguien no le gustaba, a él o a mi madre; nunca le discutió a un
médico o a un profesor o a un político. Se sentaba a comer e introducía
comentarios que humillaban los principios de sus detestados. Y así comenzaba
con mucha ventaja (la ira de su designado contrincante) a jugar un ajedrez de
valores. Muchos se sintieron culpables por haberse sentido ofendidos. Quien
hace una guerra con culpa casi siempre termina por perder todas sus batallas. Pero
ésa era la intención de mi padre, para pelearse y no volver a tener que
compartir una mesa con la persona enemiga. Una vez un médico me diría: es muy
peligroso el gallego.
Las personas siempre sintieron una gran piedad por mi padre, un inexplicable sentimiento de compasión. Sería la bondad, esencia de cada una de sus células, que le concedía el don de ser admirado. Si hubiera desarrollado esa virtud, cada capítulo de Los Cinco Principitos, trataría de grandes regalos y álbumes de figuritas. Pues yo no habría tenido motivos para esta historia. Tampoco mi leyenda hubiera existido. Y yo estaría trabajando en un estudio contable.
Nicolás López Dallara es un escritor argentino que ha compartido su trabajo a través de diversas revistas latinoamericanas.
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