MIS TESOROS - Jorge Alberto Durán Ramírez
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HISTORIAS DE SEXO (O CASI)

MIS TESOROS

  Por: Jorge Alberto Durán Ramírez*

PARA CARLA

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Ven, acompáñame, vamos al lugar más apartado de nuestro hogar, quiero mostrarte algo muy importante para mí, lejos de manos tentonas, de ojos curiosos, de bocas preguntonas, quiero que veas lo acumulado durante mi vida.

Mira, aquí nadie nos puede ver, siéntate junto a mí y prométeme que no tocarás nada a menos que yo mismo te lo dé.

Primero la caja que guarda todo era de mi madre, ¿o de mi abuela?, bueno de alguna de ellas, no sé cómo me apropié de ella pero desde muy pequeño ahí guardaba mis juguetes más preciados, los que no prestaba a tus tíos, los que nadie jugaba más que yo. Esta caja antes era negra, brillante, con flores multicolores en la tapa; el tiempo y el polvo han apagado ya su brillo, y de las flores sólo quedan algunos puntos, pero... todavía se puede ver algo, ¡sí!, mira, si la hacemos de lado un poco... ¿ya ves?, era muy bonita.

Ahora vamos a abrirla, recuerda que no debes tocar nada.

Esta es mi colección de encendedores y cerillos, de cuando fumaba, los primeros los guardaba porque me gustaban sus colores y las cajitas de cerillos por que algún día iba yo a visitar todos esos lugares que promocionan, ¿porqué dejé de fumar? por ustedes, no quise heredarles un vicio costoso y sin sentido.

Mis postales, algunas son de ciudades en las que estuve y otras en las que me gustaría estar, unas se las quité a tus tíos y otras me las mandaban mis amigos, las guardé porque quise que mis ojos viajaran lo que yo no pude, obsérvalas, tal vez tu puedas viajar a todos estos lados. Esta es arena de Cancún, tú no te acuerdas pero ya lo visitamos, su arena blanca me recuerda tu rostro, la guardo pues es la playa más bonita que conozco.

Estos boletos son de mi época de secundaria, los daban en el transporte urbano, si sumas los números verás que el resultado es 21, se decía que estos los podías cambiar por un beso, los empecé a juntar para cambiárselos a alguna chica bonita pero nunca me animé y aquí están amontonados esperando a ser cambiados, tómalos, tal vez tú si los puedas aprovechar. También en esos años empece a juntar los timbres postales que están en este sobre, me gustaba su colorido, las figuras, los dibujos. ¡Mira! las cartas de mis novias, ya las leerás con calma, en todas ellas queda un poco de mis ilusiones de juventud. Las novias fueron mi debilidad, con unas me fue bien y con otras no tanto; de todas me queda el recuerdo grato del beso cándido, del abrazo tímido, pero sobre todo, de la experiencia de amar y del intentar nunca hacer daño.

Estos son mis llaveros, casi todos son regalados; éste, por ejemplo, con la cara de lobo, lo guardo porque así me decían en la escuela, así me conoció tu madre, como El Lobito. Éste es mi libro de primera comunión, lo guardo porque alguna vez quise aprenderme todas las oraciones de memoria y nunca pude. Quise asistir a misa y seguirla con él, pero cuando iba a la iglesia siempre se me olvidaba, de todas maneras aprendí que para hablar con Dios no son necesarias las oraciones aprendidas de memoria, sino las palabras salidas del corazón.

Éstas son mis credenciales: de la secundaria, de la Normal, ésta es de la prepa y ésta de la universidad, aquí de cuando fui paracaidista, acá cuando era reportero; como puedes ver alguna vez tuve mucho pelo, y estaba cachetón, de eso queda ahora sólo las fotografías, ¿te gustó?

Mira, estas son las cartas que ustedes enviaban a los Reyes Magos, las guardamos para dárselas algún día, tómalas y recuerda cuando eras niña, tal vez todavía en tu memoria encuentres algunos de tus primeros juguetes. Éstos son tus dientes y los de tu hermano, ¿recuerdas que los dejaban abajo de su almohada y el ratón se los cambiaba por dinero?, ¿me creerías que a mí me quitaba el dinero y me dejaba sus dientes? Siempre fue divertido y emocionante ver la cara de tu hermano y la tuya al descubrir el dinero en la cama, deseaban que se les cayeran todos para tener más dinero.

Estas son las fotos de tu madre, desde que la conocí hasta ahora, a pesar del tiempo, me sigue gustando; es la mujer más bella que he conocido y a la única que he amado.

Ten, toma la caja, ahora te la entrego, es tuya, puedes hacer con ella lo que quieras. ¿Cuando me muera? No, no quiero que la entierres conmigo. ¿Por qué? Porque conmigo van los tesoros más importantes, los más valiosos: llevo los besos de tu madre, sus consejos y sus regaños, conmigo van todos los momentos que vivimos juntos, desde que la conocí un 14 de febrero, cuando la besé por primera vez, el día que nos casamos, cuando ustedes nacieron, hasta la noche de anoche.

También van conmigo los berrinches de tu hermano, sus enojos, sus risas, sus abrazos, la alegría de sus primeros juegos, sus balbuceos, sus carreras por aprender, por jugar. En mi corazón queda el brillo de sus ojos, su pelo alborotado, sus desvelos por estudiar y divertirse.

Y de ti llevo, también, tus lágrimas de cuando no cumplimos tus caprichos, tus enojos por no darte lo mismo que a tu hermano, tus ojos coquetos, los gestos de tu cara que lo mismo utilizabas para mostrarnos tu enojo que para disminuir el nuestro, conmigo están los movimientos de tus manos inquietas, tus pasos apresurados, tu cuerpo regordete, tu pelo lacio y esa sonrisa que tantos líos te ha ocasionado con los muchachos.

Como puedes ver mis verdaderos tesoros los llevo conmigo a todos lados, están permanentemente en mi, siempre, siempre.

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