LAS
ESTRELLAS
Por:
Jorge Alberto Durán Ramírez*
Sin embargo el deber la llevó a levantarse, a abandonar ese lugar cálido, agradable. Se dirigió al baño y al verse en el espejo, sus facciones agradables no reflejaban la lucha interna, el desasosiego de su interior, abrió la llave de la regadera y dejó correr el agua fría mientras vaciaba los líquidos acumulados durante la noche, se dirigió al chorro de agua templada y se introdujo lentamente, golpeó su rostro y recorrió su cuerpo, así estuvo unos minutos antes de enjabonarse y enjuagarse, observó como el agua huía por la coladera y deseó que sus problemas se fueran con el agua.
Se obligó a pensar nuevamente en su ropa, su estado de ánimo
le pedía algo cómodo, unos pantalones de mezclilla, mallas acaso, pero desechó
esa idea, más que nunca debería de mostrar seguridad y aplomo, recordó que en
ocasiones muy especiales utilizaba un conjunto azul. este tenía el maravilloso
don de brindarle confianza en ella misma, lo usó cuando solicitó su primer
trabajo, cuando dio su primera conferencia y cuando... (!qué horror!) cuando
tuvo la primera cita con Jacinto; qué coincidencia, la primera y la última con
la misma ropa, eso no la hizo cambiar de opinión, vio por enésima vez el reloj,
se levantó, se vistió y se puso unos toques de maquillaje, había aprendido (por
Jacinto) que sus atributos se veían mejor sin tanto colorete y rimel, de hecho
si ella se hubiera decidido a maquillarse más no podría hacerlo porque había
desechado todas sus cajas con polvos y brochas y sólo se quedó con lo
necesario.
La cita fue a las cinco de la tarde, hace siete horas, y
hace cinco que lo había dejado; con los ojos cerrados no pudo evitar que unas
lagrimas rodaran por sus mejillas, tres años de su vida concluyeron con 120
minutos exactos de conversación, platicaron como siempre lo hicieron, abierta y
francamente. Recordó la primera vez, fue poco después de conocerse, ella había
dicho cosas que una mujer no debería decir, ni siquiera debería pensar y menos
con un hombre como él, aunque con él cualquier mujer haría locuras.
Recordó las facciones de Jacinto, su rostro pocas veces
dejaba ver lo que pasaba por su mente, de hecho ella aprendió a conocerlo poco
a poco, y casi al final supo reconocer esas pequeñas señales que le indicaban
sus pensamientos, sus emociones. Los rasgos de su tez se presentaban nítidos,
tan claros como una fotografía, los conocía porque los hubo de memorizar pues
nunca se dejó fotografiar con ella, ni quiso darle alguna donde apareciera. Se
preguntó como había llegado a enamorarse de un hombre mayor que ella, casado y
con hijos, se cuestionó sobre los principios que le habían inculcado,
principios que primero con remordimientos y después casi con placer fue
rompiendo uno a uno, "no debes dejar que te acaricien", "no
debes acostarte con nadie antes de casarte", "no debes decirle a un
hombre cuanto lo quieres", "no debes existir en razón de otra
persona", "no debes acariciar a un hombre", una interminable
lista de "no debes..." que le dieron muchas satisfacciones, al
romperlos supo que era mujer, Jacinto la hizo sentirse mujer, descubrió con él
o conducida por él, todos los placeres de los que era posible disfrutar.
Con él fue su primera vez, para mejor decirlo cada que
hacían el amor era como una primera vez, siempre distinto, diferente. Ya antes
había tenido dos o tres novios, que intentaban avances amorosos pero ella
siempre los rechazaba pues no le interesaban o porque eran demasiado
impetuosos. Pero con Jacinto fue diferente, cuando tocó sus senos por primera
ocasión no pudo negarse y en realidad lo había deseado desde antes, cuando veía
sus manos tomar la taza de café, escribir, o simplemente cuando las movía al
hablar, entonces ella las tomaba entre las suyas, las acariciaba, besaba,
mordía, recorría con la lengua y ambicionaba sentirse recorrida toda.
Su mente pasó del rostro a las manos y de ahí a todo su
cuerpo, ese cuerpo que sin ser extraordinario, le había tanto placer y
reflexionó sobre qué la subyugaba más de esta relación, si el aspecto físico o
el emocional, ¿de qué estaba enamorada precisamente? Con él había aprendido
muchas más cosas que hacer el amor, sus palabras acertadas, sus consejos
prácticos, sus frases de aliento en los momentos difíciles, su sola presencia
le daba impulso para seguir adelante.
Nuevamente las lágrimas salieron de sus ojos pero ahora
acompañadas con unos sollozos, decidirse a romper su relación con Jacinto fue
algo muy difícil, y la había tomado apenas la noche anterior cuando él le había
propuesto un viaje de cinco días a Cancún, su primer impulso fue decir sí, pero
al pensarlo más detenidamente se dio cuenta que después del viaje, seguramente
maravilloso, le dolería separarse de Jacinto, volverían a las citas clandestinas,
a la obscuridad de un hotel, a los restoranes apartados.
"Muchas veces tenemos que ser egoístas para poder ser
felices", cuantas veces escuchó esta frase salir de los labios amados, era
hora de ponerla en práctica, le dolería dejar al hombre de su vida pero cada
vez soportaba menos las separaciones, además lo mejor era terminar en este
momento, en el clímax de su relación, cuando disfrutaban más que nunca, mejor
eso a terminar con una discusión estúpida, haciéndose más daño del que merecían
alguno de los dos. Por eso determinó concluir su relación con Jacinto, y antes
de que se arrepintiera pues ante él era la mujer más débil del mundo.
Ya no pudo contener más sus emociones, dejó que el llanto
saliera libremente, no quiso pensar más por el momento, desahogó todo lo que
guardaba en su interior, al llorar dio rienda suelta a su miedo, a su estupidez
por iniciar una relación que no debía, a su amor por una persona indebida y a
su coraje por la decisión tomada, en verdad que después quedó como vacía, sin
sentido, desfallecida por el esfuerzo.
"Cuando lloras porque el sol se ocultó, las lagrimas te
impedirán ver las estrellas", frase que repetía con frecuencia Jacinto y
tenía razón, ella tenía ante sí un sinnúmero de estrellas para alegrarse la
vida, de hecho las estrellas también son soles pero que están lejos de
nosotros, solo tenemos que acercarnos o permitirles acercarse a nosotros.
Y eso había hecho ella, dejar que ese día, aún antes de que
terminara con Jacinto, (que ironía, en realidad sentía que había terminado con
ella misma) una pequeña estrella se acercara a ella. Alfredo era una persona
bien parecida, agradable en el trato, que insistió muchas veces en invitarla a
salir al cine, a caminar, pero ella siempre se había negado, hacía tres años que
no salía con otro hombre distinto a Jacinto, casi podía decirse que no tenía
más amigos. En esta ocasión consintió en la invitación y puso como tiempo media
hora después de concluir su plática con Jacinto.
En realidad no empezó una relación con Alfredo, sabía que él
le pediría fuera su novia o algo así, pero no tenía ningún caso, con el tiempo
encontraría alguien adecuado para entregarle, ahora sí plenamente, su vida.
Cuando llegó a su cita con Alfredo prefirió dejar las cosas en claro, (Jacinto
le había dicho que nada hay mejor al iniciar una relación que el ser honesto),
no quería novio por el momento, él en lugar de molestarse, o insistir, dijo
algunas palabras, no recuerda exactamente cuales, que funcionaron como un
"ábrete sésamo", ella abrió su corazón a un poco menos que
desconocido. Alfredo escuchó atentamente toda la historia, desde el comienzo
hasta el fin, con los ojos fijos en ella y eso en lugar de intimidarla le dio
mayor confianza.
Ahora que estaba en la cama se felicitaba por su buena
suerte, parecía haber elegido bien a quien se le acercó, tal vez a pesar de
todo el único momento tranquilo, agradable. Volvió el rostro a las cintas
colocadas en su mesa de noche, no sabía todavía que hacer con ellas, las
acarició con el dedo índice, levemente, sin estar segura de querer tocar las
cajas. Tomó una en sus manos y la colocó en su pequeña grabadora, los acordes
dejaron el aparato eléctrico para anidarse en sus oídos, en su mente, en su
corazón.
"Te agradezco la franqueza, así iniciamos y así
terminamos, tienes el derecho de hacer tu vida como gente normal, sin
esconderse, sin escatimar caricias, la obligación de la gente debería ser el
estar feliz interminablemente, sin un solo segundo de tristeza; pero sin una no
se valora la otra. No puedo ni debo retenerte, me duele la separación pues
fueron los tres años más maravilloso que he vivido, pero tu tienes todavía
muchas más cosas que conocer, que descubrir, acuérdate que el amor no crea
cadenas, las destruye; ahora estas rompiendo un eslabón más. Se feliz".
Esas fueron las últimas palabras que Jacinto dijo antes de depositar un beso en
la palma de su mano, "para cuando lo necesites", esto no fue
necesario que lo dijera pero sabía que eso significaba.
Vio la palma de su mano y la besó, no necesitaba esa caricia pero era mejor tomarla ahora y acabar definitivamente, sabía que nunca se iba a olvidar de Jacinto pero también comprendía que el mundo se abría nuevamente para ella, cerró los ojos y se dispuso a dormir, después de todo mañana saldría nuevamente el sol.
*Jorge Alberto Durán Ramírez es profesor de Educación Física, licenciado en
Historia, aprendiz de artista. Le gusta la música folklórica latinoamericana,
que interpretó hasta antes de casarse; gusta de escribir cuento y teatro,
actividad que inició después de casarse. Creyente fervoroso de que el amor es
el motor del mundo, lo practica antes y después de casarse, la mayoría de sus
escritos versan sobre el mismo tema: El amor.
Más de la obra de Jorge Alberto Durán Ramírez:
- Tu Aroma
- Gloria
- Aprendiendo
- El Objeto
- No'mbre
- La Espera
- Tu Figura
- Tus Ojos
- El Dragón
- Adicciones
- La Lluvia
- Casualidades
- Yolanda
- El Sueño
- El Bolero
- Imposible
- Una Prueba de Amor
- La Respuesta
- La Cama
- El Puente de Ovando
- La Ventana
- Diálogo de una Noche Inexistente
- Las Estrella
- Profanación








