LAS ESTRELLAS - Jorge Alberto Durán
Minuto a Minuto

-       HISTORIAS DE SEXO (O CASI) -

LAS ESTRELLAS

Por: Jorge Alberto Durán Ramírez*

 Un leve dolor le invadía el cuerpo, no podía localizarlo exactamente, tal vez el pecho, el estómago, estar acostada le ayudaba a relajarse un poco, por su mente pasaron los acontecimientos del día, fueron muchas emociones para 17 horas. Recordó minuto a minuto lo realizado desde que se levantó a las 6 de la mañana, esa vez tenía más pereza que de costumbre, en realidad no quería abandonar la cama, le hubiera gustado envolverse en las sábanas y dormir mucho más tiempo, sabía lo que le esperaba, por fin se había decidido a cambiar su vida y eso le daba miedo, el temor a lo desconocido a veces inmoviliza a las personas, y ahora ella estaba inmóvil, quería quedarse quieta.

Sin embargo el deber la llevó a levantarse, a abandonar ese lugar cálido, agradable. Se dirigió al baño y al verse en el espejo, sus facciones agradables no reflejaban la lucha interna, el desasosiego de su interior, abrió la llave de la regadera y dejó correr el agua fría mientras vaciaba los líquidos acumulados durante la noche, se dirigió al chorro de agua templada y se introdujo lentamente, golpeó su rostro y recorrió su cuerpo, así estuvo unos minutos antes de enjabonarse y enjuagarse, observó como el agua huía por la coladera y deseó que sus problemas se fueran con el agua.

 Ya no desayunó, se dirigió a su trabajo rápidamente, estaban en una etapa en la que la actividad era mucha, no podía perder el tiempo. Cuando llegó a su lugar, automáticamente su mano pulsó la tecla para escuchar la cinta colocada en la grabadora, los sonidos que salieron le recordaron su pesar.

 ¿Cuántas veces había oído esos cassettes? Si fueran discos estarían super rayados, tenia 3 años escuchando esa música diariamente una y otra vez, en alguna ocasión una de las cintas se había roto y ella la reparó con el mayor cuidado y esmero. Esas cajas de plástico con música eran el preludio a la felicidad que le aguardaba por las tardes, aunque en esta ocasión ya no sería lo mismo, tuvo el impulso de tirar el cassette al bote de la basura pero prefirió solo guardarlo, romper o tirar las cosas que le recordaban lo vivido de ninguna manera iban a borrar sus sentimientos ni le harían cambiar de decisión, optó por escuchar la radio y concentrarse en su trabajo.

 Y lo logró, las siguientes 6 horas apenas si tuvo momento de reposo, escribir a maquina, atender gente, pelear con el jefe, todo ello y más la absorbió por completo, al terminar la jornada le pareció que había hecho más que de costumbre, se sentía fatigada, vio el reloj que apretaba levemente su muñeca y calculó que si se apuraba le daría tiempo de bañarse nuevamente, comer y descansar un rato, en realidad deseaba, necesitaba relajarse.

 Cerró su escritorio, se despidió de todos y vio por ultima vez las cintas que muchas veces estuvo tentada a escuchar, las tomó y las guardó en su bolso, después decidiría su destino. Se dirigió rápidamente a su casa, al llegar se metió a la regadera, comió y se recostó en su cama, checó la hora y tenía suficiente tiempo todavía, cerró los ojos y pensó qué ropa ponerse, podía vestirse igual pero le fastidiaba ponerse ropa sucia aunque fuera del mismo día, recorrió mentalmente su pequeño pero bien surtido guardarropa, siempre le habían admirado su buen gusto para vestirse, recordó que Jacinto casi siempre tenía un piropo para ella, cualquier pretexto era bueno, su ropa, su maquillaje, su cuerpo, cualquier cosa era suficiente para que una frase saliera de sus labios y se convirtiera en una cara roja que ella deseaba esconder a toda costa.

Se obligó a pensar nuevamente en su ropa, su estado de ánimo le pedía algo cómodo, unos pantalones de mezclilla, mallas acaso, pero desechó esa idea, más que nunca debería de mostrar seguridad y aplomo, recordó que en ocasiones muy especiales utilizaba un conjunto azul. este tenía el maravilloso don de brindarle confianza en ella misma, lo usó cuando solicitó su primer trabajo, cuando dio su primera conferencia y cuando... (!qué horror!) cuando tuvo la primera cita con Jacinto; qué coincidencia, la primera y la última con la misma ropa, eso no la hizo cambiar de opinión, vio por enésima vez el reloj, se levantó, se vistió y se puso unos toques de maquillaje, había aprendido (por Jacinto) que sus atributos se veían mejor sin tanto colorete y rimel, de hecho si ella se hubiera decidido a maquillarse más no podría hacerlo porque había desechado todas sus cajas con polvos y brochas y sólo se quedó con lo necesario.

La cita fue a las cinco de la tarde, hace siete horas, y hace cinco que lo había dejado; con los ojos cerrados no pudo evitar que unas lagrimas rodaran por sus mejillas, tres años de su vida concluyeron con 120 minutos exactos de conversación, platicaron como siempre lo hicieron, abierta y francamente. Recordó la primera vez, fue poco después de conocerse, ella había dicho cosas que una mujer no debería decir, ni siquiera debería pensar y menos con un hombre como él, aunque con él cualquier mujer haría locuras.

Recordó las facciones de Jacinto, su rostro pocas veces dejaba ver lo que pasaba por su mente, de hecho ella aprendió a conocerlo poco a poco, y casi al final supo reconocer esas pequeñas señales que le indicaban sus pensamientos, sus emociones. Los rasgos de su tez se presentaban nítidos, tan claros como una fotografía, los conocía porque los hubo de memorizar pues nunca se dejó fotografiar con ella, ni quiso darle alguna donde apareciera. Se preguntó como había llegado a enamorarse de un hombre mayor que ella, casado y con hijos, se cuestionó sobre los principios que le habían inculcado, principios que primero con remordimientos y después casi con placer fue rompiendo uno a uno, "no debes dejar que te acaricien", "no debes acostarte con nadie antes de casarte", "no debes decirle a un hombre cuanto lo quieres", "no debes existir en razón de otra persona", "no debes acariciar a un hombre", una interminable lista de "no debes..." que le dieron muchas satisfacciones, al romperlos supo que era mujer, Jacinto la hizo sentirse mujer, descubrió con él o conducida por él, todos los placeres de los que era posible disfrutar.

Con él fue su primera vez, para mejor decirlo cada que hacían el amor era como una primera vez, siempre distinto, diferente. Ya antes había tenido dos o tres novios, que intentaban avances amorosos pero ella siempre los rechazaba pues no le interesaban o porque eran demasiado impetuosos. Pero con Jacinto fue diferente, cuando tocó sus senos por primera ocasión no pudo negarse y en realidad lo había deseado desde antes, cuando veía sus manos tomar la taza de café, escribir, o simplemente cuando las movía al hablar, entonces ella las tomaba entre las suyas, las acariciaba, besaba, mordía, recorría con la lengua y ambicionaba sentirse recorrida toda.

Su mente pasó del rostro a las manos y de ahí a todo su cuerpo, ese cuerpo que sin ser extraordinario, le había tanto placer y reflexionó sobre qué la subyugaba más de esta relación, si el aspecto físico o el emocional, ¿de qué estaba enamorada precisamente? Con él había aprendido muchas más cosas que hacer el amor, sus palabras acertadas, sus consejos prácticos, sus frases de aliento en los momentos difíciles, su sola presencia le daba impulso para seguir adelante.

Nuevamente las lágrimas salieron de sus ojos pero ahora acompañadas con unos sollozos, decidirse a romper su relación con Jacinto fue algo muy difícil, y la había tomado apenas la noche anterior cuando él le había propuesto un viaje de cinco días a Cancún, su primer impulso fue decir sí, pero al pensarlo más detenidamente se dio cuenta que después del viaje, seguramente maravilloso, le dolería separarse de Jacinto, volverían a las citas clandestinas, a la obscuridad de un hotel, a los restoranes apartados.

"Muchas veces tenemos que ser egoístas para poder ser felices", cuantas veces escuchó esta frase salir de los labios amados, era hora de ponerla en práctica, le dolería dejar al hombre de su vida pero cada vez soportaba menos las separaciones, además lo mejor era terminar en este momento, en el clímax de su relación, cuando disfrutaban más que nunca, mejor eso a terminar con una discusión estúpida, haciéndose más daño del que merecían alguno de los dos. Por eso determinó concluir su relación con Jacinto, y antes de que se arrepintiera pues ante él era la mujer más débil del mundo.

Ya no pudo contener más sus emociones, dejó que el llanto saliera libremente, no quiso pensar más por el momento, desahogó todo lo que guardaba en su interior, al llorar dio rienda suelta a su miedo, a su estupidez por iniciar una relación que no debía, a su amor por una persona indebida y a su coraje por la decisión tomada, en verdad que después quedó como vacía, sin sentido, desfallecida por el esfuerzo.

"Cuando lloras porque el sol se ocultó, las lagrimas te impedirán ver las estrellas", frase que repetía con frecuencia Jacinto y tenía razón, ella tenía ante sí un sinnúmero de estrellas para alegrarse la vida, de hecho las estrellas también son soles pero que están lejos de nosotros, solo tenemos que acercarnos o permitirles acercarse a nosotros.

Y eso había hecho ella, dejar que ese día, aún antes de que terminara con Jacinto, (que ironía, en realidad sentía que había terminado con ella misma) una pequeña estrella se acercara a ella. Alfredo era una persona bien parecida, agradable en el trato, que insistió muchas veces en invitarla a salir al cine, a caminar, pero ella siempre se había negado, hacía tres años que no salía con otro hombre distinto a Jacinto, casi podía decirse que no tenía más amigos. En esta ocasión consintió en la invitación y puso como tiempo media hora después de concluir su plática con Jacinto.

En realidad no empezó una relación con Alfredo, sabía que él le pediría fuera su novia o algo así, pero no tenía ningún caso, con el tiempo encontraría alguien adecuado para entregarle, ahora sí plenamente, su vida. Cuando llegó a su cita con Alfredo prefirió dejar las cosas en claro, (Jacinto le había dicho que nada hay mejor al iniciar una relación que el ser honesto), no quería novio por el momento, él en lugar de molestarse, o insistir, dijo algunas palabras, no recuerda exactamente cuales, que funcionaron como un "ábrete sésamo", ella abrió su corazón a un poco menos que desconocido. Alfredo escuchó atentamente toda la historia, desde el comienzo hasta el fin, con los ojos fijos en ella y eso en lugar de intimidarla le dio mayor confianza.

Ahora que estaba en la cama se felicitaba por su buena suerte, parecía haber elegido bien a quien se le acercó, tal vez a pesar de todo el único momento tranquilo, agradable. Volvió el rostro a las cintas colocadas en su mesa de noche, no sabía todavía que hacer con ellas, las acarició con el dedo índice, levemente, sin estar segura de querer tocar las cajas. Tomó una en sus manos y la colocó en su pequeña grabadora, los acordes dejaron el aparato eléctrico para anidarse en sus oídos, en su mente, en su corazón.

"Te agradezco la franqueza, así iniciamos y así terminamos, tienes el derecho de hacer tu vida como gente normal, sin esconderse, sin escatimar caricias, la obligación de la gente debería ser el estar feliz interminablemente, sin un solo segundo de tristeza; pero sin una no se valora la otra. No puedo ni debo retenerte, me duele la separación pues fueron los tres años más maravilloso que he vivido, pero tu tienes todavía muchas más cosas que conocer, que descubrir, acuérdate que el amor no crea cadenas, las destruye; ahora estas rompiendo un eslabón más. Se feliz". Esas fueron las últimas palabras que Jacinto dijo antes de depositar un beso en la palma de su mano, "para cuando lo necesites", esto no fue necesario que lo dijera pero sabía que eso significaba.

Vio la palma de su mano y la besó, no necesitaba esa caricia pero era mejor tomarla ahora y acabar definitivamente, sabía que nunca se iba a olvidar de Jacinto pero también comprendía que el mundo se abría nuevamente para ella, cerró los ojos y se dispuso a dormir, después de todo mañana saldría nuevamente el sol.

*Jorge Alberto Durán Ramírez es profesor de Educación Física, licenciado en Historia, aprendiz de artista. Le gusta la música folklórica latinoamericana, que interpretó hasta antes de casarse; gusta de escribir cuento y teatro, actividad que inició después de casarse. Creyente fervoroso de que el amor es el motor del mundo, lo practica antes y después de casarse, la mayoría de sus escritos versan sobre el mismo tema: El amor.
 

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