DIÁLOGO DE UNA NOCHE INEXISTENTE - Jorge Alberto Durán Ramírez
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- HISTORIAS DE SEXO (O CASI) -

DIÁLOGO DE UNA NOCHE INEXISTENTE

Por: Jorge Alberto Durán Ramírez*

Finalmente estábamos solos, nuestro mundo se reducía a cuatro paredes, no había más, no existía un afuera, era ese el único lugar sobre la tierra donde se vivía, donde se respiraba, donde el movimiento era esencial para subsistir.

(No podía creerlo, estaba ante el hombre que de tanto anhelar me parecía inalcanzable. Sus ojos enmarcados en unas gruesas cajas, su nariz perfecta, sus labios delgados y fuertes, unas manos increíbles; su figura y su personalidad habíanse nutrido de sensibilidad y experiencia formando un ser maravilloso. Temí pronunciar palabra alguna y entonces dejé que hablara mi cuerpo, mi amor, mi centro.)

Cuando traspasamos el umbral intentamos dejar afuera recuerdos y remordimientos y llevamos con nosotros amor, ternura, pasión y una carga enorme de nerviosismo. El paso estaba dado, el momento había llegado, la soledad tan esperada era ya una realidad. Al cerrar la puerta tras de mí, vi en su cuerpo una actitud defensiva, mi estómago me torturaba, los nervios no me permitían actuar, ¡qué ironía! tanto busqué este momento y ahora estaba inmóvil.

(Había tenido que luchar contra tantos obstáculos y prejuicios, batallé contra mis temores y sentimientos, reuní toda la fuerza y seguridad de mi amor por él para poder sostenerme de esa mano fuerte y confiable que me llevaría a explorar y entender mis deseos, a descubrir los suyos.)

Ella aceptó darme un masaje, sus dedos recorrieron mi cuello, mi nuca y mi espalda muy lentamente, tanto que casi podía sentir sus latidos, impulsos que llegaban a mi cerebro y después danzaban por todo mi cuerpo, tranquilizándolo y excitándolo al mismo tiempo.

(Mientras tocaba su espalda, brazos y pecho, mientras percibía la suavidad de su cabello, de sus sentidos y de su ser, un escalofrío recorría mis venas y revelaba mi desconcierto, mi temor y al mismo tiempo el deseo de convertirme en mujer entre sus brazos. Me vio tan profundamente, con tanta intensidad y ternura que mi cuerpo se transformó, mi alma voló con mis sentidos, me desprendí de mi cuerpo y nací nuevamente en el instante en que me tocó.)

El primer beso fue tan tierno, sus labios se abrieron para recibir mi lengua, que recorrió toda esa cavidad buscando y dando placer, prometiendo mil sensaciones más, preámbulo al descubrimiento de un cuerpo distinto, inexplorado, virgen, excitado y excitante. Después del primero vinieron muchos besos más, apasionados, desesperados, reclamando con urgencia la entrega total y sin obstáculos, sus brazos me apretaban a su cuerpo no sólo para tenerme junto sino para evitar la separación, me admiraba tanta fuerza en un cuerpo que a simple vista era frágil, y no por ello menos hermoso.

(Sus labios candentes tocaron los míos, nuestros cuerpos estaban frente a frente, no sé si desafiándose o tratando de contener esa incontrolable fuerza que nos sometía. Aquella imagen se repitió muchas veces, pero cada una con algo diferente, cada vez más fuerte, más profunda, más intensa.)

En un respiro sus manos abandonaron mi espalda para dirigirse a su blusa, uno a uno los botones fueron dejando libre un torso ansioso de ser reconocido pero temeroso de ser dañado; su sostén, negro como la noche que nos envolvía, cayó para permitirme ver los pechos más blancos que jamás imaginara, unos pequeños pezones rosados coronaban esos montículos armoniosos, subían y bajaban al compás de una respiración irregular.

(Mis ropas se deshicieron por el calor tan intenso que desprendía, mi cuerpo se hizo sensible a sus besos, a sus caricias, a su mirada, a todo él. Mi piel palpitaba su sangre y mi respiración se alimentaba de su aliento, existía por él y para él.)

Cuando mis labios tocaron esas deliciosas protuberancias, mis oídos fueron traspasados por un leve quejido, entonces comprendí que nunca antes habían sido tocados, fui elegido por esta mujer para traspasar la intimidad que solo el amor puede permitir.

(Cuando su cuerpo rozó al mío, sus manos tocaron mi pecho y acariciaron mi espalda, en ese instante, comprendí porqué el sol cuando toca a la tierra logra producir en ella cosas tan hermosas y tan delicadas; así, él me bañó con luces sin deslumbrarme, acariciándome.)

Sus manos ocasionalmente ocultaban sus senos, la pena de mostrarlos desnudos por primera vez las hacían ir y venir de su cuerpo al mío, le hacían cerrar los ojos y por instantes casi la impulsaban a vestirse.

(Por momentos recordaba el mundo externo, la gente, las advertencias y tenía la intención de salir, huir de aquella felicidad tan grande que invadía mis sentidos y traspasaba mi mente, no podía enfrentarme a algo tan bello pero tampoco podía dejarlo por ser desconocido y desafiante para mí.)

Me desnudé ante ella y mis piernas temblaban tanto que hube de sentarme para no caer, tuve que respirar profundamente para no desmayar y me obligué a recordar que estaba en un cuarto ajeno para no salir huyendo, nunca mujer alguna me había puesto tan nervioso ni tan excitado.

(Contemplé su cuerpo desnudo, sus ojos estaban recorriendo el mío, mi cabello, mi cara, el pecho, las caderas; me observaban toda y descubrían dentro de mi todas las emociones y arrebatos, comprendían mis nervios y sonreían ante mis desmayos. Comprendí que también me contaban quedamente, casi al oído, los secretos que sólo se cuentan una vez.)

Entre beso y beso ella recostaba su cabeza en mi hombro, mis manos recorrían su cuerpo lentamente, mis dedos se enredaban en su larga cabellera. ¿Qué pensamientos cruzaban por nuestras mentes? los ignoro, tal vez se dirigían a lo que nos esperaba al siguiente instante, a lo mejor buscaban algún pretexto para terminar en ese momento lo empezado, entendiendo que si continuábamos no sabríamos cuando acabar.

(A pesar de que todo estaba en un tono gris, y solo repentinamente oíamos sonidos aislados, lejanos, nosotros resplandecíamos y nos difuminábamos por todo el espacio, y volvíamos a unirnos, a reconocernos muchas veces, en un infinito cognocible, que originaba el principio de cada fin. Mi cuerpo se empapó del suyo, se cubrió con él, se perdió en él, nos exploramos experimentando sensaciones desconocidas, alimentando una esfera grande y bella, construida de una indescriptible felicidad que florecía en ambos.

Nos vestimos lentamente, en silencio, rechazando los nervios y temores que nos habían impedido continuar; mientras nuestras manos ponían las prendas caídas en la batalla, nuestros cuerpos nos llamaban a seguir en el combate; el corazón nos invitaba a abrazarnos y mimarnos y el cerebro nos negaba la existencia de un mañana.

(Es difícil describir una experiencia tan esperada, la había imaginado pero no podía darle forma. Es complicado expresarla cuando la comparo con mil recuerdos y ni todos juntos pudieron hacerme sentir tan solo un segundo de la inagotable felicidad que ello me daba. Es imposible decir algo de lo cual no estoy segura fuera real de tan hermoso, lo mejor sería callar y dejarlo latente, viviendo aún después de que mi alma regrese al origen de la vida.)

En realidad no hicimos el amor, pero para mí fue como si el acto se hubiera consumado; tengo la seguridad de que ella se entregó a mí en cada uno de sus besos, de sus caricias, se dio como nunca lo había hecho y como nunca más lo haría. Aunque ahora que lo pienso, estoy seguro de que esa noche nunca existió.

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