EL PUENTE DE OVANDO - Jorge Alberto Durán Ramírez
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EL PUENTE DE OVANDO

Por: Jorge Alberto Durán Ramírez*

La celebración del día de muertos creaba en mi casa un ambiente solemne y de una actividad inusitada, los preparativos para colocar la ofrenda tradicional iniciaba unos meses antes en los que se discutía el lugar para ubicarla, la comida, los dulces y los objetos personales que se pondrían, los que traía a colación el recuerdo de los parientes muertos y una que otra historia de aparecidos; mi abuela dirigía todos los movimientos e irremediablemente lograba que se hiciera lo que ella quería.

Ella preparaba los platillos y los dulces, y en su entorno se sentaba la familia para admirar la facilidad con el que preparaba todos y cada uno de los alimentos, esperando la oportunidad para que en un descuido de su parte los probáramos. Al finalizar el día y antes de dormir nos explicaba los motivos para poner la ofrenda y lo que significaba cada uno de los elementos que la componían: la veladora para alumbrar el camino, el agua para apagar la sed, la sal para..., para... ¡ya no me acuerdo para que servía!, pero ella respondía a nuestras preguntas dándonos algún ejemplo, que a Don Fermín por no poner la ofrenda se le aparecieron sus padres llorando; que si a Felipe su esposa se le apareció recriminándole que no se acordaba de ella; de todas las historias que nos contó una se me quedó fija en la mente y aún ahora cuando me acuerdo hace que la piel se me encrespe y esta relacionada con el puente que se encuentra en la 3 oriente y bulevar, el puente de Ovando era uno de los cuatro que comunicaban a la parte más antigua de Puebla con el centro de la ciudad y permitía pasar sobre el ría san Francisco que en aquellos lejanos días no estaba entubado.

Dicho puente era de los más transitados durante el día, pero de noche pocos pero muy valientes, se atrevían a cruzarlo porque se decía que aquel puente estaba embrujado, más de uno había aparecido muerto, por la mañana cuando iniciaba el día con la misa de gallo, corrían los rumores sobre las posibles causas de las muertes, casi todas achacadas por la gente al Diablo, aunque las autoridades siempre encontraron cualquier otra explicación, que este era un borrachín, que este otro fue muerto en un duelo, que éste más se congeló por el frío de la noche.

Pero los que hacían los descubrimientos decían que siempre había un ligero olor a azufre y que todos habían aparecido con una marca en la frente, signo inconfundible de que se los habían llevado El Chamuco.

Con tal fama el puente se encontraba solitario y más en el día de Muertos, cuando se dice que a las almas se les otorga el permiso para visitar el mundo terrenal y estar unos instantes con los familiares tan queridos y extrañados.

Y fue precisamente un día de estos que Serafín había perdido la vida, los rumores se soltaron por todos lados porque este muerto no tenía ninguna marca, no había el característico olor de azufre, ni tenía heridas y su cuerpo estaba todavía caliente cuando lo encontraron, aquí hasta las autoridades evitaron cualquier explicación. Durante mucho tiempo este suceso fue comentado hasta que la memoria ingrata de los hombres casi borró el recuerdo de Serafín.

Él vivía con Remedios, su esposa en el barrio de La Luz y ambos se dedicaban a elaborar en barro cazuelas, casos, ollas y mil cosas más, parecía que sus manos de artistas querían plasmar en sus artesanías el amor que se profesaban. Con sus trabajos se habían ganado la fama de ser los mejores, y con la felicidad que irradiaban era la pareja ejemplar de un matrimonio católico, los domingos se les veía en Catedral oyendo misa y después caminar por el Zócalo tomados de la mano y los demás días siempre trabajando, ya preparando el barro, ya horneando, siempre trabajando.

Hasta que un día llegó a Puebla la enfermedad, una epidemia terrible asoló a la ciudad, llevando a las garras de la muerte a muchas almas, entre ellas la de Remedios. Varios días permaneció cerrada la vivienda de Serafín, algunos pensaron que él también había rendido tributo a la tierra, pero no era así, Serafín volvió a trabajar y a misa y a los paseos del domingo pero ahora lo hacía solo.

Serafín como buen creyente el Día de Muertos ponía la ofrenda a su amada y elaborada los más bellos incenciarios y candelabros para adornarla, ponía tanto amor en cada detalle de la ofrenda, había aceptado la muerte de Remedios pero no se resignaba totalmente, esperaba paciente el momento en que Dios dispusiera de su cuerpo para unirse nuevamente con el amor de su vida.

Pasaron varios años antes de que se le cumpliera tan anhelado deseo y fue precisamente el día uno de noviembre cuando había terminado de arreglar la ofrenda y prendía una veladora sintió un escalofrío que recorrió toda su espalda, se hincó para rezar algunas oraciones y nuevamente el frío llenó su cuerpo llegándole por atrás, pensó que alguna ventana estaba abierta y al pararse para cerrarla vio como una silueta de mujer desaparecía del marco, se asomó y vio como huía rápidamente, algo en aquella figura le recordaba a Remedios, salió apresurado a la calle para observar como la mujer se volteaba a verlo y emprender la huida, Serafín corrió para darle alcance y reconocer en ella a Remedios, la llamó por su nombre hasta dañarse la garganta y hacer que el amor de su vida se volviera y con señas le indicara que se regresara a su hogar.

Serafín, que no deseaba separarse otra vez de su amada la siguió hasta verla atravesar el puente, se detuvo un momento por el miedo que la construcción le daba, cuando se decidió a cruzarlo una forma masculina y siniestra se interpuso entre Serafín y el alma de Remedios, que se detuvo justo al otro lado del puente.

- Si deseas cruzar el puente debes pagar por ello, como todos los que ingenuamente lo han hecho en tiempos pasados, Remedios esta fuera de mi alcance pues ella esta muerta y su alma no me pertenece, pero tú, mortal, si quieres pasar deberás entregarme tu espíritu, ¡decídete!

Serafín deseaba pasar para encontrarse con Remedios pero si a cambio tenía que dar su espíritu ¿cómo se reuniría con ella? Vio al otro lado del puente el rostro de Remedios y descubría en él el deseo de reunirse pero también el miedo al hombre aquel y al precio que pedía.

Serafín decidió que un momento juntos valía la condenación eterna y cuando estaba a punto de aceptar, Remedios gritó: “No, Serafín, no lo hagas, no tiene caso te pierdas para siempre por un instante, el Señor que todo lo ve sabe del amor inmenso que nos profesamos, que hemos cumplido como buenos católicos, con sus leyes y si me permitió venir en esta fecha fue para estar junto a ti un momento y no para llevarte a la Muerte y a la separación final, mejor ruega a Dios para que no de paciencia hasta el momento en que nos unamos para siempre en Su Seno”.

Serafín lleno de incertidumbre se retiró un poco del puente e hincándose con los brazos abiertos y los ojos cerrados inició una oración llena de amor a Dios y a Remedios, pidió se le otorgara el don de cruzar el puente sin riesgo alguno para su alma, imploró se acortara su sufrimiento y se le permitiera reunirse con Remedios.

Cuando abrió los ojos, el hombre siniestro había desaparecido y Remedios irradiando una fuerte luz blanca le extendía los brazos invitándolo a tomar sus manos, Serafín intentó levantarse y sintió como su cuerpo caía de bruces y su alma se separaba de la materia para ir al encuentro de la felicidad eterna.

*Jorge Alberto Durán Ramírez es profesor de Educación Física, licenciado en Historia, aprendiz de artista. Le gusta la música folklórica latinoamericana, que interpretó hasta antes de casarse; gusta de escribir cuento y teatro, actividad que inició después de casarse. Creyente fervoroso de que el amor es el motor del mundo, lo practica antes y después de casarse, la mayoría de sus escritos versan sobre el mismo tema: El amor.

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