
14 de noviembre de 2022
El mundo iluminado
Conocer el significado del nombre propio es una curiosidad que pocos han satisfecho. Utilizamos nuestro nombre para presentarnos ante los demás, para acreditarnos legalmente, para mostrarnos ante el mundo, en síntesis, hacemos uso de nuestro nombre para construir nuestra identidad. Sin embargo, afirmarse a sí mismo a partir de una palabra (nuestro nombre) cuyo significado desconocemos es lo mismo que aparentar, pues ¿cómo podríamos tener certeza de lo que somos y de lo que no somos, si desconocemos el significado que llevamos a cuestas como una cruz?
El nombre que tenemos lo recibimos de la misma manera en que llegamos al mundo: involuntariamente y por imposición. Nuestro nombre nos determina, nacemos puros y siendo únicamente carne, pero conforme nos vamos desarrollando nos transformamos en una palabra llegando a tal punto que, si nadie nos nombra, no existimos, lo mismo sería si nosotros no utilizamos nuestro nombre, pues no tendríamos diferencia alguna con respecto a un fantasma.
Es fundamental conocer el significado de nuestro nombre, pues éste determina en parte nuestra identidad, pero también es necesario comprender los motivos que tuvieron nuestros padres para imponérnoslo, pues de éstos dependerá el trato que, como hijos, recibiremos de parte de ellos, por ejemplo: reverencial, sobreprotector, motivador, de odio, rechazo, angustia, etcétera. Es común que los padres llamen a sus hijos de la misma manera que ellos mismos o que sus abuelos, y en menor medida, aunque también pasa, podría ocurrir que el nombre de lo hijos sea el mismo que el de una figura pública idolatrada por los padres, o el de un amorío, o el de alguna amistad. Son menores los casos de aquellos recién nacidos que reciben un nombre inexistente en su árbol genealógico, es decir, que son ellos los primeros en portarlo como una joya única, sin embargo, esto no cambia el hecho de que todo nombre, aún aquel que haya sido elegido con amor, es una imposición y, como tal, una cadena con grillete en uno de sus extremos.
El nombre nos define y, como tal, es la primera jaula en la que nos encierran. Cierto es que los padres no nos reducen maliciosamente a la cárcel del nombre, pero, a fin de cuentas, terminan limitando, cercando, aquello que en principio es inabarcable: el ser. Resulta irónico reconocer que el nombre es una cárcel necesaria, es decir, el nombre, en primera instancia, nos impone límites, pero al mismo tiempo nos otorga los medios para superarlos. Nuestro nombre es un concepto, una construcción que bien empleada nos permitirá superar al mismo concepto, pues es gracias al nombre que aprendemos a hacer uso de facultades como nuestra razón. ¿Por qué decir que el nombre es una cárcel? Porque por el nombre nos asumimos como mujeres o varones, por el nombre nos reconocemos en una cultura, por el nombre nos circunscribimos a un linaje, por el nombre sentimos orgullo o rechazo de nuestros ancestros, mas todo ello y lo que el nombre implique no son más que máscaras que uno se coloca para poder participar del mundo.
El nombre es una cárcel mental, la primera de todas, el resto de las cárceles que nos encierran son la misma familia, la sociedad y las instituciones. El nombre, junto con los otros calabozos ya descritos, constituyen lo que conocemos como ‘ego’, es decir, el disfraz que inconscientemente nos colocamos para convivir con otros más que, como nosotros, ignoran que viven dentro de una cárcel de barrotes intangibles. El poeta nacido en Calcuta, Rabindranath Tagore, aborda la idea de la cárcel mental en el siguiente relato:
«El pájaro preso vivía en una jaula y el pájaro libre, en el bosque. Se encontraron por azar. El pájaro libre gritó: –Amor mío, volemos hacia el bosque. El pájaro preso murmuró: –Ven aquí, vivamos juntos en la jaula. –¿Entre estos barrotes podré extender mis alas?, dijo el pájaro libre. –Ay –lamenta el prisionero– yo no sabría posarme en el cielo. –Amor mío, ven conmigo a cantar las canciones del bosque. –Quédate en mi jaula, te enseñaré una música hermosa. El pájaro del bosque replicó: –No, no. No se pueden enseñar las canciones. El pájaro enjaulado dijo: –Ay, yo no conozco los cantos de los bosques. Los pájaros tienen sed de amor, pero no pueden volar ala con ala. Se miran a través de los barrotes de la jaula, pero su deseo es inútil. Aletean y cantan: –Acércate más, amor mío. El pájaro libre grita: –No puedo, las puertas cerradas de tu jaula me dan miedo. Ay, dice el cautivo, mis alas no tienen fuerza, han muerto.»
Tagore fue un poeta hindú que vivió hacia finales del siglo XIX y en la primera mitad del XX. Su poesía, al igual que su obra, se centra en el conocimiento de uno mismo y en la importancia de emprender esfuerzos en beneficio de la educación del pueblo. En el relato antes citado, Tagore nos muestra dos aves: una, prisionera, y otra, libre. Las aves se aman, pero es debido a los barrotes que no pueden volar juntas. Estos barrotes le fueron impuestos al ave, tal y como nuestro nombre. Desde que el ave salió del cascarón se encontró dentro de una jaula cuya puerta siempre ha estado abierta, pero que por miedo es incapaz de abandonar. La jaula es la costumbre, la moral en la que el ave vive, y los barrotes son las diferentes imposiciones: el nombre, la religión, la familia, el estado, la escuela, etcétera.
Complementemos el relato del ave, con otro más de Tagore: «No hallo reposo. Tengo sed de infinito. Mi alma languideciente aspira a las misteriosas lejanías. Mi alma es ardiente y huye del sueño. No puedo hallar descanso; soy un extraño para mi propio corazón. Olvido siempre, siempre, que están cerradas todas las puertas de esta casa en la que vivo solo. Gran Arcano, ¡qué profunda es la llamada de tu flauta!» El sueño del que habla Tagore de alguna manera es también nuestro nombre, el cual si bien nos define, no es más que una ilusión. Por nuestro nombre somos, de ahí la importancia de conocer su significado, pero al mismo tiempo nosotros no somos nuestro nombre, pues desde antes de tenerlo ya éramos (y somos) alguien. El nombre es puerta y es cadena. El nombre es sueño y espejismo. Vivir es salir de la jaula, es tener sed de infinito.










