Reconstruir la existencia (Artículo)
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26 de septiembre de 2022

El mundo iluminado

Anhelamos ser alguien en la vida, pero ¿qué significa “ser alguien”?, ¿ser ante quién o para quién?, ¿acaso no somos ya alguien? o ¿el hecho de no saber quiénes somos anula aquello que ya somos? Anhelamos ser y para ello nos entregamos a una profesión, oficio o disciplina, a un quehacer en el mundo, pues, según hemos entendido, uno es alguien cuando hace algo. Es como si en la práctica residiera aquello que nos hace ser, la esencia. Algunos han sido convocados para hacer, para ejercer, una obra de dimensiones colosales, mientras que otros hacen o practican su profesión, oficio o disciplina de una manera más discreta, sin embargo, y sin importar las dimensiones de aquello que se hace, uno es.

Algunas personas piensan que para ser no es suficiente con hacer, sino que, además, es necesario vincular nuestra vida sentimental con la de alguien más, así uno es en tanto que hace algo en unión con el otro, por lo que surge la interrogante: ¿es posible ser en soledad? Aunque la respuesta es ‘sí’, la opinión popular dice ‘no’, de ahí que cuando las relaciones sentimentales fracasan surja la consabida frase: ‘ojalá pronto encuentres a alguien más para rehacer tu vida’, dando a entender que al perder al otro la vida personal sufre un colapso y se deshace, lo cual no es más que un absurdo, pues así como uno es alguien aunque no sepa quién es, la vida está hecha a pesar de la ausencia del otro, y pensar que aquello que esencialmente nos conforma depende de la aceptación de los demás es lo que ha orillado a la sociedad a su permanente estado de tristeza.

No se puede ser lo que esencialmente no somos. Algunos nacen para gobernar y otros para ser gobernados; algunos llegan para ser sabios, mientras que otros, para ser presuntuosos; es imposible que todos sean lo mismo. Todo en el mundo, y aún en el cosmos, tiene un lugar y una función y cuando se comprende que todo está vinculado entiende que ni una ni otra labor es más ni menos importante. Todo es de acuerdo a lo que le corresponde. Pero el ser humano es terco y su obstinación lo lleva a buscar lo que por naturaleza jamás le corresponderá, de ahí que la violencia que hoy se vive, por ejemplo, incrementa con cada día que pasa.

Que cada quien tiene un lugar y una función para ser, estar y hacer en el mundo se puede comprender en la imagen del buda Siddartha meditando, quien en la mayoría de las representaciones posa sentado con los ojos sentados y que es ataviado en su cuerpo y cabeza por una túnica y un tocado, respectivamente, sin embargo, al observar detenidamente las características de la prenda sobre su cabeza uno descubre que ésta no está compuesta por tela, sino por caracoles, lo cual se explica a partir de la siguiente anécdota: en cierta ocasión en que se hallaba el joven buda meditando debajo de un árbol, pasaba un caracol a su lado. Aunque el follaje convidaba de su sombra al joven místico, en algunas horas del día el sol aplastaba su cabeza con tal fuerza que le quemaba la piel. Conmovido, el caracol modificó su rumbo y en lugar de subir por el tronco del árbol como lo había planeado, escaló hasta el punto más elevado y central de la cabeza del joven para humedecerlo con la baba de su cuerpo de molusco; el caracol sabía que moriría secado por el sol, pero ver al joven místico ahí lo hizo consciente de quién era él en el mundo. Al primer caracol se sumaron otros cientos siguiendo su ejemplo, todos subieron hasta la cabeza de Siddartha y todos perecieron bajo los rayos del astro rey, y de ese sacrificio nació el tocado de caparazones con el que el místico de Nepal es hoy representado.

De la historia anterior preguntémonos: ¿qué hubiera pasado si el caracol hubiera subido al árbol y no a la cabeza de buda? o ¿cómo habría sido la historia si el caracol, en lugar de aceptarse como caracol hubiera preferido ser un buda? Evitemos sentir pena por el caracol, su misión, en esa leyenda búdica era sacrificarse por un bien mayor. Podríamos caer en el error de pensar que el caracol, por el hecho de ser un diminuto molusco, es insignificante, más tenemos que hacer dos consideraciones principales: la primera es que si Siddartha alcanzó el estado de iluminación fue gracias al sacrificio del molusco, de ahí que no haya actos insignificantes ni inconexos. En segundo lugar, el budismo, al ser una doctrina nacida en la India, postula la realidad de la reencarnación, por lo que si ese caracol murió en beneficio del joven místico, fue tan sólo para reencarnar en otro tiempo bajo una forma humana que, como Siddartha, también será coronada con la baba lustral de los caparazones, primero, y con el nirvana, después. En resumen: uno es buda y caracol al mismo tiempo. Entonces, ¿qué significa ser alguien en la vida?

Heredero de las doctrinas indias es el místico Kuthumi, nacido en un tiempo indefinido y cuya doctrina impulsó la creación de la sociedad teosófica por parte de Helena Petrovna Blavatsky. De Kuthumi se han recopilado algunas enseñanzas, siendo en la titulada “El toro” en donde podemos profundizar en la idea de que cada quien es alguien en sí mismo, a la vez que en todos los demás. Dice Kuthumi: «Todo átomo, a través del tiempo, se convierte en un sistema solar. Todo ser, de la misma manera, alcanza la universalidad y se convierte en Brahman (la Totalidad). La palabra fluye desde Brahman, y es un sonido de una sola sílaba. Desde la palabra hasta el universo, hay un eterno flujo del sonido que permanece como la base del universo. El sonido fluye y a éste se le conoce como el Toro, por eso se menciona a la creación como el bramido del Toro. ¡Quien utilice la Palabra con responsabilidad podrá reconstruir su existencia!»

Son interesantes las palabras de Kuthumi cuando dice que la palabra fluye en una sola sílaba desde la Totalidad, pues esto es lo mismo que decir que «en el principio era el Verbo y el Verbo era Dios». La sílaba a la que se refiere es el ‘Om’ con el que los budistas meditan, es la que buda vibró cuando el sol le quemaba la cabeza y es la que iluminó al caracol y le permitió comprender su lugar en el mundo. La espiral en el caparazón del caracol es el mapa de regreso al origen del mundo, al Om que nos hace ser y que nos permite reconstruir la existencia.

Miguel Ángel Martínez Barradas, académicamente tiene estudios de posgrado en literatura. Profesionalmente se ha dedicado al periodismo, a la edición de textos y a la docencia. Como creador tiene publicaciones en poesía y fotografía. En cuanto a sus intereses investigativos, éstos se centran en la literatura y filosofía grecolatinas; el Siglo de Oro español; el hermetismo; y la poesía hispanoamericana.
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