La fundación de Puebla en la pintura simbólica de Julián Villalobos (Artículo)
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 17 de abril de 2022

El mundo iluminado


Aquel que se niegue a cambiar, está condenado a desaparecer. Nada es idéntico a como fue el día de ayer. Nadie es el mismo que era hace unos instantes. Todo cambia, siempre y sin pausas, en lo externo y en lo íntimo. Todo cambia, pero también vuelve a ser lo que fue. Esto nos permite imaginar a la existencia, a la realidad, como una suerte de espiral o, si asumimos una posición más severa, de círculo. A esta imagen simbólica se le conoce como ‘ouroboros’ (la serpiente que muerde su cola), es el mito del eterno retorno presente en todas las culturas.

Las serpientes han despertado la admiración y curiosidad de las diferentes civilizaciones esparcidas por el mundo desde los albores de la humanidad. Las serpientes son bellas al mismo tiempo que temibles. Sus colores hipnotizan, su veneno exige respeto y su capacidad de permanecer inmóviles y en silencio es la que les ha dado un sitio relevante en todas las religiones del mundo y así como para algunos la serpiente es emanación del mal (la serpiente del Paraíso), para otros, es manifestación de la salvación (la serpiente emplumada). Admiramos, e incluso adoramos, a las serpientes por lo anteriormente dicho, pero, también, por su capacidad de cambio, manifiesta en la muda de piel que realizan para poder crecer y dejar de ser las mismas.

El desinterés, la conformidad o la amnesia histórica nos impiden hurgar en nuestro pasado. Todos queremos llegar más lejos, pero cómo hacerlo si desconocemos nuestros orígenes. La historia es una ciencia cada vez menos practicada. Sucede muchas veces que sentimos admiración por otras tierras, que tenemos el deseo de conocerlas y que despreciamos el lugar en el que hemos nacido, pero esto no es más que por ignorancia y desconocimiento de nuestra historia. Viajar por el mundo no es incorrecto, pero debe hacerse después de conocer la historia de nuestra tierra, después de comprender las raíces de nuestra identidad, después de haber iniciado el conocimiento de uno mismo, so pena de deslumbrarnos con cualquier fuego fatuo.

Lo anteriormente mencionado podría parecer inverosímil, pues no hay una relación evidente entre el cambio, las serpientes y la historia, pero esta desconexión trinómica se subsana cuando indagamos en los orígenes de nuestra tierra; el conocimiento de la historia es el conocimiento y la conquista de uno mismo. ¿Y cuál es nuestra historia? ¿Cuál es la línea de tiempo en la que tenemos que buscar hasta hallar la piedra oculta? La de la ciudad de Puebla, que hoy celebra sus 491 años. Casi medio siglo de historia, pero ¿cuánto, de los orígenes de nuestra tierra, sabemos?

Tres han sido los nombres principales de nuestra vetusta tierra. ‘Puebla de Zaragoza’ es el más reciente, pero antes fue ‘Puebla de los Ángeles’ y, previamente, ‘Cuetlaxcoapan’, que en náhuatl significa ‘lugar en donde las serpientes cambian de piel’, nombre en el que ya advertimos la presencia de los elementos anteriormente mencionados: el cambio, las serpientes y la historia.

Cuetlaxcoapan, la hoy ciudad de Puebla, fue un valle abundante en serpientes, de ahí su nombre, así como un territorio neutral en el que los dos grandes imperios precolombinos, mexicas y tlaxcaltecas, se reunían para luchar y apresar guerreros del bando contrario que servirían como esclavos y carne de sacrificio. Cuetlaxcoapan, así, fue la tierra de las serpientes y del derramamiento ritual de la sangre. El sacrificio no es más que un cambio de piel en el que la materia se convierte en espíritu.

La ciudad de Puebla de los Ángeles se fundó el 16 de abril del año 1531, diez años después de que tlaxcaltecas y españoles conquistaron la ciudad mexica de Tenochtitlán. Sin embargo, la confirmación de la cédula de su fundación ocurrió el 29 de septiembre del mismo año, razón por la cual fue consagrada en nombre del arcángel San Miguel. Con respecto al nombre de la ciudad, se ha mantenido la idea de que éste se debe al sueño de fray Julián Garcés en el que unos ángeles le señalaban el sitio en el que debía fundar la ciudad, sin embargo, también se ha considerado que la ciudad recibió el complemento adnominal ‘de los Ángeles’ en honor al general de la orden franciscana que envió misioneros a estas tierras, fray Francisco de los Ángeles. Sea como fuere, la antigua Cuetlaxcoapan, a pesar del cambio de su nombre, mantiene su esencia bélica y viperina, sólo que ahora en una nueva forma: la de San Miguel.

Nuestra ciudad es antigua y aunque el tiempo pasa inmisericorde sobre ella todavía mantiene vivos sus primeros rincones, verbigracia, el Barrio del Artista, en el que es posible leer la escritura invisible que la historia ha dejado en sus lozas, en sus árboles, en su arquitectura, misma que sirve de refugio para la obra artística de quienes a través del pincel, de la pintura y del lienzo pretenden detener, aunque sea efímeramente, el reptar de las serpientes y el vuelo del arcángel que entre mexicas y tlaxcaltecas desencarnados todavía batallan junto a nosotros tomándonos como cautivos que serán sacrificados en la cumbre del templo.

En el número 26, del Barrio del Artista, se encuentra el taller del maestro Julián Villalobos Pérez, quien en su extensa trayectoria de más de cuatro décadas ha pintado retratos, bodegones, arquitecturas, paisajes y simbolismos de todo tipo. Su obra forma parte de colecciones privadas y ha sido expuesta también en galerías patrocinadas por instituciones gubernamentales. Villalobos es un artista reservado que recientemente publicó cuatro pinturas suyas en la Segunda Antología Internacional de Poesía Sabersinfin. La tétrada pictórica presentada en esta antología la componen un cuadro intitulado “Tláloc”; otro, “Conciliación”; y dos más dedicados a paisajes arquitectónicos. De éstos, es el segundo el que por ahora nos ocupa debido a que la fundación de Puebla está más que manifiesta.

“Conciliación” es una pintura realizada con técnica pincel y espátula y cuyos elementos iconográficos son los siguientes. Al centro: el arcángel San Miguel. Del lado derecho y de arriba hacia abajo: Quetzalcóatl, un perfil indígena (¿Huitzilopochtli?, es muy semejante al representado en el “Códice Borbónico”), un águila, el volcán de la Malinche y el Templo Mayor. Del lado izquierdo y de arriba hacia abajo: mosaicos de talavera, una parte del escudo de Puebla emitido por Carlos V, la Casa de Alfeñique, la Catedral de Puebla, arquitectura virreinal indefinida y los arcos del Barrio del Artista. Por último, en la parte superior y también al centro: un cielo azulado y los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl. La firma de Villalobos se aprecia en el margen inferior derecho, en color rojo y sobre un motivo natural.

Esta obra de Villalobos, más que recurrir al encimamiento de sus elementos, recurre a la trasposición de los mismos, es decir, aparecen uno sobre otro apelando, al mismo tiempo, al ocultamiento, otorgando al espectador un efecto de transición. Sin embargo, de todos los elementos, es únicamente el arcángel San Miguel el que se impone sobre todos los demás. La pintura, además, muestra un juego simbólico entre lo natural precolombino y lo arquitectónico virreinal. Qué interesante resulta el hecho de que en el cuadrante inferior derecho (apelando a la ley de división por tercios) aparezca el Templo Mayor de Tenochtitlán y en el cuadrante central izquierdo la Catedral de Puebla, que es también un templo. Cierto, ambos templos pertenecen a religiones diferentes, sin embargo, en ambos ocurre el mismo acto ritual: el sacrificio, pues en el Templo Mayor se ofrendan los cuerpos de los esclavos en su cúspide, mientras que en la Catedral de Puebla se ofrenda el cuerpo y la sangre de Cristo mediante el misterio de la Eucaristía. De lo anterior deducimos que sin importar si habitamos en la Puebla–Cuetlaxcoapan o en la Puebla de los Ángeles, el sacrificio es parte de nuestra tierra, de nosotros mismos. Como dato adicional, el Barrio del Artista, por estar antiguamente junto al río de San Francisco, era utilizado como rastro de animales, evidenciando que la sangre ritual nuevamente es motivo de la vida cotidiana.

Pero, aunque lo anteriormente dicho nos permitiría reflexionar a niveles más profundos, no es ni por menos el motivo central de la pintura de Villalobos, el cual está representado en la conjunción San Miguel Arcángel, Quetzalcóatl y Huitzilopochtli. Con respecto a este último diremos que está representado en el perfil humano indígena que Villalobos ubica en el cuadrante central de la derecha, pues, al revisar el Códice Borbónico, notamos que las semejanzas entre este perfil indígena y el dios de la guerra son más que evidentes. Apresurémonos lentamente, o, como decían los clásicos, ‘Festina lente’. Quetzalcóatl, la serpiente emplumada, fue para los precolombinos el dios principal hasta que Tlacaelel realizó entre los mexicas una reforma religiosa que lo desplazó, ubicando entonces a Huitzilopochtli como su deidad rectora; esto nos permite comprender la persistencia de la guerra entre los mexicas, pues, para ellos, el acto bélico era al mismo tiempo conquista y obediencia a los estatutos divinos. En cuanto a San Miguel Arcángel, este es el más elevado de todos cuantos Yahvé instituyó, su nombre significa ‘El que es semejante a Dios’ y su cargo es el de jefe de las milicias celestiales, lo que nos permite comprender que el emplumado San Miguel (pues a fin de cuentas está alado) es un arcángel de guerra. En otras palabras, el arcángel al que la Puebla de los Ángeles está consagrada es al mismo tiempo Quetzalcóatl y Huitzilopochtli. El arcángel y los dioses precolombinos son dos caras de la misma moneda.

Pero, aún hay más, y es que San Miguel generalmente aparece representado con una espada o lanza y pisando a una serpiente (¿las de Cuetlaxcoapan?), pero aquí Villalobos recurre a otro tipo de iconografía, cambiándole al arcángel sus instrumentos de trabajo, pasando ahora a ser éstos una cruz alta en la mano derecha (la fe católica) y una palma en la izquierda (la victoria). Las representaciones de San Miguel con una palma no son frecuentes antes del siglo XVI, de hecho, podríamos decir que la iconografía de la palma en San Miguel se popularizó hasta después del siglo XV, principalmente en la Nueva España, y el hecho de que esta palma se encuentre por encima del rostro de Huitzilopochtli no es fortuito, sino que tiene una significación simbólica sumamente ingeniosa por parte del maestro Villalobos y que podríamos entender como la victoria del catolicismo sobre la religión mexica. En cuanto a Quetzalcóatl, baste por ahora decir que Villalobos lo representa por debajo de las alas de San Miguel, pero, además, del mismo color de éstas, lo que podríamos interpretar como que los dioses mexicas están subyugados a las fuerzas bélicas del arcángel. Además, recordemos que San Miguel es experto en pisotear serpientes, que son figuraciones del demonio, ¿y no es, acaso, Quetzalcóatl una serpiente que el arcángel poblano termina pisoteando?

¿Por qué Villalobos llama, entonces, “Conciliación” a su pintura? Porque a fin de cuentas San Miguel, al centro de la pintura, es una bisagra que une al pasado precolombino con la época virreinal. San Miguel es un gozne que articula la doble naturaleza de los mexicanos (la indígena y la europea) y que concilia, mediante el recurso religioso del sincretismo (el mismo que convirtió a la diosa Coatlicue en la virgen de Guadalupe), las múltiples pieles de serpiente que hemos dejado en nuestro avance histórico. Villalobos coloca al centro de la pintura a San Miguel de la misma manera que los españoles lo colocaron en la fuente del zócalo, la cual no es más que el centro de nuestra ciudad, de nuestra Puebla de los Ángeles.

Cuetlaxcoapan, lugar en el que las serpientes cambian de piel, tierra en la que la naturaleza de los volcanes precolombinos se funde con la magnánima arquitectura virreinal. Cuetlaxcoapan es la tierra sobre la que el arcángel San Miguel flota triunfante, pues debajo de su albo rostro está el marrón de Huitzilopochtli y las plumas que lo elevan hasta las regiones etéreas de Yahvé son las mismas con las que Quetzalcóatl voló por entre las selvas y desiertos del ombligo de la luna, México.

Por último, “Conciliación”, la pintura de Villalobos, no sólo es un homenaje a la fundación de Puebla y a la consagración de esta Cuetlaxcoapan de sierpes al arcángel San Miguel, sino que también es un símbolo del cambio y un recordatorio de que la dimensión simbólica, aunque en lo externo sea diferente, en lo íntimo sigue apelando a la misma verdad. San Miguel se levanta triunfante por sobre la serpiente, de la misma manera en que antes lo hizo el águila de Huitzilopochtli cuando sobre un nopal devoró a otra serpiente. San Miguel, en la pintura de Villalobos o en la fuente del zócalo de la Puebla de los Ángeles, es la misma águila que hoy conforma a nuestro escudo nacional. San Miguel al centro de la pintura, el águila al centro de nuestra identidad nacional, y nosotros, cual serpientes, sólo podemos atestiguar el cambio de piel que nos levanta como ofrenda de sacrificio.

 

Miguel Ángel Martínez Barradas, académicamente tiene estudios de posgrado en literatura. Profesionalmente se ha dedicado al periodismo, a la edición de textos y a la docencia. Como creador tiene publicaciones en poesía y fotografía. En cuanto a sus intereses investigativos, éstos se centran en la literatura y filosofía grecolatinas; el Siglo de Oro español; el hermetismo; y la poesía hispanoamericana.
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