El asno ante la lira (Artículo)
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18 de octubre de 2021

El mundo iluminado

Estamos desconsolados: el dinero no nos alcanza; nuestro empleo nos exige más de lo que nos retribuye; los posgrados no aseguran ninguna estabilidad; los servicios de salud son impagables; la inseguridad social se exacerba y los actores políticos son cómplices del crimen. Estamos desconsolados, sí, pero no por todo lo anteriormente dicho, sino por nuestra incapacidad para ver que ni el dinero, ni el trabajo, ni los estudios, ni la vida pública en su conjunto tienen realmente algo que ver con cada uno de nosotros, al menos no en términos de dicha e infortunio.

Se necesita muy poco para vivir bien, sin embargo, los poderes sociales nos crean necesidades artificiales, nosotros mismos nos inventamos también necesidades las cuales, por estar más allá de lo indispensable, son fuente de angustia y depresión. Innumerables servicios de video, plataformas de música con más de lo que es humanamente posible escuchar, guardarropas que contienen más prendas de las que comúnmente usamos, refrigeradores que almacenan más basura que alimentos, televisores cada vez más grandes, teléfonos cuya inteligencia artificial supera a la natural de sus usuarios y la lista de los absurdos que consumimos se extiende sin límites, lo que nos deja avizorar que si estamos desconsolados es más por nuestra incapacidad para controlar nuestras pasiones y no tanto porque el mundo en sí sea desordenado.

Pero esto no es nuevo, la vida de los desconsolados ha existido desde siempre y es que la raíz de los males, sin importar cuál sea la naturaleza de éstos, más que buscarla en los sistemas religiosos, políticos, económicos o morales debemos de hallarla en la conducta desenfrenada de cada uno de nosotros. Es cierto que desde la infancia se nos siembran deseos nocivos, por ejemplo, el querer siempre más, el ser competitivos, el desprecio por todo lo que sea diferente, sin embargo, ya en la vida adulta cuántos se han detenido a cuestionar sus raíces, a dudar de todo cuanto les fue dicho en su primera edad de la vida, con seguridad podríamos decir que casi nadie, de ahí que la mayoría de las personas se comporten como autómatas y carezcan de una identidad genuina.

Es necesario un acto violento para que uno tome consciencia de sus malos hábitos. El enfermo añorará la salud cuando la haya perdido; lo mismo sucederá con el recluso que llorará por la libertad perdida desde su encierro; quien estuvo acostumbrado a tener se sentirá miserable si cae en la pobreza y quien nunca ha tenido sustento material se sentirá abandonado aún cuando su salud sea buena, y es que la vida humana es, en esencia, un contrasentido de ahí que nos percibamos como desconsolados debido a todo aquello que equivocadamente creemos que nos falta.

El desconsolado es aquel que no tiene calma en su vida y es para este tipo de personalidad que, en el año quinientos aproximadamente, Boecio escribió su famosa hoy “Consolación de

Filosofía”, obra en la que Boecio mismo aparece como un desconsolado, pues ha caído en la cárcel, que sin esperarlo recibe una visita de Filosofía, alegoría femenina que lo consuela, es decir, le ayuda a recuperar la calma que, por la entrega a sus sentimientos, ha perdido; consolémonos con las siguientes ideas que Filosofía le da a Boecio:

«Las pasiones son estériles espinas. Es necesario recuperar la conciencia limpiando los ojos oscurecidos por la nube de cosas terrenales. El vulgo se disputa cosas sin valor. Nada esperes, nada temas y dejarás desarmado e impotente a tu más airado enemigo; pero si trepidas por el miedo o vacilas por una esperanza, ya has perdido tu firmeza, has vendido tu independencia, has abandonado tu escudo; y, desalojado de tus posiciones has atado a tu cuello una cadena que para siempre te arrastrará. Si buscas remedio a tu mal, preciso es que descubras la herida. Si quieres percibir la verdad en todo su fulgor y avanzar por el camino recto, deja a un lado las bulliciosas alegrías, aleja de tu corazón el temor, desecha la esperanza, ahuyenta todo dolor. Bajo el dominio de esas pasiones, pesada niebla se cierne sobre el espíritu, que se siente como atado con fuertes cadenas».

Apresurémonos lentamente. Filosofía dice que las pasiones son estériles espinas porque no hay nada menos fructífero que entregarnos a las emociones. Cuántas veces no hemos caído en el error debido a que los sentimientos, esos caballos desbocados, son los que nos arrastran. Los sentimientos son necesarios para la vida diaria, pero también son los primeros en traicionarnos, de ahí que la nube de cosas terrenales (el dinero, el trabajo, los estudios, los objetos, etcétera) nos nuble la vista y terminemos entregando nuestras vidas a cosas sin valor. Boecio, a través de Filosofía, nos invita principalmente a dos cuestiones: a no entregarnos ni a la emoción de la fortuna ni al miedo de la desgracia y, en segundo lugar y quizás sea lo más importante, a descubrir cuál es nuestra herida, es decir, el origen del mal que nos encadena. Las palabras de Boecio recuerdan a otras dichas antes por Hipócrates, el médico griego: «para que el enfermo sane, es necesario que quiera hacerlo». La consolación, en este sentido, llegará cuando hallemos la herida que nos lastima.

En “Consolación de Filosofía”, la principal razón por la que Boecio se siente desconsolado es porque él ha olvidado todas las lecciones que alguna vez recibió de Filosofía. Boecio, confundido, piensa que el hombre no es más que razón y mortalidad, sin embargo, Filosofía lo reprende haciéndole ver que la vida va más allá de esta realidad de los sentidos y diciéndole «es que tú no sabes quién eres». Tomando en cuenta lo anterior, es necesario que el desconsolado no sólo halle el origen de su herida, sino que además se adentre en el conocimiento de sí, lo cual es posible sólo cuando se duda y se cuestiona aquello que en la infancia se aprendió.

Filosofía, además de consolar a Boecio, lo regaña diciéndole: «¿Han penetrado en tu espíritu las enseñanzas, o bien te has quedado tan insensible como el asno ante la lira?» Preguntémonos ahora: ¿una vez leído lo anterior somos más conscientes de nuestra desconsolación? ¿Conocemos el camino que habrá de llevarnos hacia nuestra herida o permanecemos impávidos como el asno ante la lira?

Miguel Ángel Martínez Barradas, académicamente tiene estudios de posgrado en literatura. Profesionalmente se ha dedicado al periodismo, a la edición de textos y a la docencia. Como creador tiene publicaciones en poesía y fotografía. En cuanto a sus intereses investigativos, éstos se centran en la literatura y filosofía grecolatinas; el Siglo de Oro español; el hermetismo; y la poesía hispanoamericana.
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