
13 de mayo de 2016
Hay casos en que la palabra tabú alcanza una profundidad sobrecogedora al aplicarse a objetos o situaciones que resultan materialmente intocables para la mayoría de los individuos, como si un hechizo les impidiera acercarse siquiera a ellos, cual es el tema del que hoy me ocupo.
No es precisamente el tabú del incesto –relación sexual entre padres e hijos o hermanos-, sino de algo mucho más –yo diría incluso que demasiado- cotidiano, tanto, que suele pasar por natural.
Me refiero específicamente a lo que en Psicoanálisis se conoce como complejo de Edipo no resuelto, mientras que para el habla popular es simplemente “mamitis”: el excesivo y solícito apego a la madre.
Se emplee uno u otro nombre, lo cierto es que no consiste tan sólo en un rasgo pintoresco de la personalidad de ciertos sujetos, sino de algo que suele determinar fatalmente –“infancia es destino”: Freud- sus relaciones, especialmente las afectivo-sexuales.
First things first, el nombre proviene del protagonista de la tragedia EDIPO REY, del dramaturgo griego Sófocles, que describe las desventuras de un hombre que, por una desavenencia, mata “accidentalmente” a un desconocido en el camino a Tebas. Una vez allí, se entera que su víctima era nada menos que el Rey y que la costumbre local obligaba al victimario a desposarse con la viuda. Así lo hace, sin saber que era nada menos que su padre y su esposa, su madre… ¡Toda una tragedia griega!
Pero clínicamente, más que una “nota roja” digna de la más colorida revista amarillista, lo importante son las consecuencias psicoafectivas sobre los involucrados, pues finalmente es una relación amorosa –en el cabal sentido del término- entre el sujeto y su progenitora, que en la obra original no es exactamente el caso.
De acuerdo a la teoría psicoanalítica, el temprano enamoramiento de la madre es algo totalmente natural al principio de la vida, pero conforme pasa el tiempo y el individuo no amplía el campo de los objetos de su amor, su afectividad queda congelada en una etapa infantil, preadolescente, que lo incapacita para establecer relaciones significativas con alguien o algo más.
Un ejemplo bien conocido de esto último entre los hispanohablantes, es el pasaje del famoso NOCTURNO (“A Rosario”) compuesto por el joven estudiante -de Medicina- y poeta decimonónico Manuel Acuña, donde ya cerca del clímax de un apasionado crescendo erótico, aparece inesperadamente su “madre, como un Dios”.
Para quien no ha resuelto satisfactoriamente su complejo de Edipo, la madre está por encima de todas las cosas y nada ni nadie podrá alcanzarla nunca: es su propio mito interno, con sus consecuencias, llegando incluso a ser un detonante de la misoginia al tratarse de una madre castrante, controladora, a la que el hijo no puede confrontar y opta por destruir en su lugar a otra(s), a sus ojos no tan importante(s) como su única y verdadera amada. (De eso versaba una de mis cartas “desaparecidas” en 1992.)
El culto a la madre, tan popular, no es tan inofensivo en el fondo.
Imagen: fashionnstyle.com
Fernando Acosta Reyes (@ferstarey - es fundador de la Sociedad Investigadora de lo Extraño, SIDLE), músico profesional y estudioso de los comportamientos sociales.








