
11 de noviembre de 2016
En esta época oscura del año –en el Hemisferio Norte-, se prestan las condiciones para reflexionar no en lo que hicimos o dejamos de hacer durante él. Menos aún en el significado –if any - de los ritos religiosos o mundanos de temporada. Ni siquiera en la existencia como tal. Es decir, en ninguna escatología, genuina o impuesta publicitariamente, sino en el simple y llano –aunque metódicamente soslayado- PRESENTE.
Es el paso previo obligado para cualquier comparación provechosa con el pasado reciente o histórico, lo mismo que de cualquier proyecto para el futuro próximo o no tanto, pues de otra manera seguiremos en el mito, ilusión o realidad virtual, el estado arquetípico en que saltamos de un sueño a otro, como lo enfatizara el compositor satírico Salvador Flores Rivera en: “¿A qué le tiras cuando sueñas, mexicano?” –o cualquier otro gentilicio-.
En esta incapacidad para distinguir entre nuestros deseos en estado puro y la realidad objetiva que nos limita, reside la clave de lo que por mucho tiempo se consideró la pereza ancestral, incluso congénita de nuestra raza, cuando no es sino el gatopardismo involuntario e inconsciente en que caemos cuando decidimos salir de nuestra dolce far niente habitual para dedicarnos febrilmente a algo que, paradójicamente, no cambia el estado de cosas, como sucede ahora mismo con la “corrupción”, esa entidad metafísica e inasible contra la que nos llaman a luchar unos nuevos Cruzados. (Sólo como referencia: ¿recuerdan la “renovación moral” de Miguel de la Madrid?)
Antes de entrar en algunos detalles de la campaña actual, conviene realizar una breve reconstrucción teórica del fenómeno que pretende conjurar: supongamos que alguien entrega a un sujeto una pequeña cantidad de dinero para que le compre alguna cosa que él mismo no puede. Un tiempo después, el enviado regresa, pero sin el encargo… ni el dinero. Lo menos que podría hacer entonces el afectado, es no volver a confiarle nada.
Pero no: resulta que a la primera oportunidad, repite su imprudencia, sólo que ahora con una suma mayor… y la historia se repite. Y así por tercera, cuarta, enésima ocasión, hasta que un día toma conciencia de que acabará arruinándose. Como no comprende el mecanismo que hace posible este absurdo a que él mismo contribuye, busca –otra vez- a alguien que lo resuelva por él, no tardando en encontrar al “indicado” para hacerlo, cuya primera intervención consiste en llamar a este patético embrollo… ¡CORRUPCIÓN ! El resto es historia conocida.
Ridículo como suena, así sucede exactamente: la carrera del político, funcionario, servidor público –o lo que sea- corrupto –perdón por tanto pleonasmo- comienza y se sostiene de esta manera. Y no habrá Sir Galahad –el caballero puro por excelencia, mítico por supuesto- que venza tamaña Maldad una vez separada de los actores concretos de cada caso, pues luchar contra la Corrupción –así con mayúscula, como categoría moral- es hacerlo contra un espejismo… Precisamente lo que hacen las ONGs –Organizaciones No Gubernamentales-, coadyuvando (¿?) con el Gobierno.
Por eso es fundamental reflexionar en el Presente, en cómo están y se dan las cosas, evitando salidas en falso que sólo desgastan el ánimo de los ciudadanos, INMUNIZÁNDOLOS contra cualquier rebelión PRODUCTIVA que, partiendo de la realidad, pudiera darse.
Imagen: elsurtambienilustra.tumblr.com
Fernando Acosta Reyes (@ferstarey - es fundador de la Sociedad Investigadora de lo Extraño, SIDLE), músico profesional y estudioso de los comportamientos sociales.








