El negocio de las prohibiciones: muerte de la libertad
Minuto a Minuto

5 de septiembre de 2016

Se le llama de diferentes formas, toma diversas figuras, amarra tu vida y te deja sin aliento. Prohibir es un asunto delicado, porque las personas tienen derechos, mismos que con los siglos se han recuperado. ¿Cuáles son estos y por qué algunos están obstinados en imponer prohibiciones?

Uno de los ejemplos más claros sobre las prohibiciones, si no las promoviera perdería su “encanto”, es la iglesia. Una en específico o todas juntas. Sin prohibiciones se acabaría su negocio, económico o moral, pero terminarían en el olvido. Para ellos, recordarte lo que está prohibido es indispensable, de eso depende su supervivencia: no peques, no robes, no mates, no forniques… son sus lemas de campaña. Es pecado el sexo homosexual, o el divorcio o la masturbación o tomar café (existen). Pero hay otros...

En las empresas: no llegar tarde, no perder el tiempo, no dar mala imagen, etc. Son “controles” que requieren para conservar su nivel; una mecanización de individuos en torno a metas corporativas.

Sin embargo, el gobierno lleva la delantera: no podrás viajar sin mi permiso, ni construir, ni conducir a exceso de velocidad, ni viajar sin licencia; no deberás usar armas o violentar el estado de derecho, no podrás hacer negocios sin la anuencia de la hacienda pública. Te divertirás bajo mis normas, leyes y estatutos, frenarás en rojo y avanzarás en verde (no pretendo polemizar sobre el beneficio o inconveniencia del semáforo, sólo quiero recalcar el papel del estado como beneficiario de las prohibiciones de la gente común). Precisamente con la campaña de “beneficiar a todos” quienes más se enriquecen son ellos, los gobernantes. Sonará exagerado pero pocas veces benefician a la población, al menos más de lo que se procuran ellos mismos.

No fumes, no pelees por tus derechos, no publiques temas ofensivos, no discrimines, no te inconformes, no pretendas cambiar las leyes, no hagas negocios ilícitos (porque no conviene a los gobernantes –ambulantes o criminales-), no sanciones a tus alumnos, debes llevar a tus hijos a la escuela (mínimo hasta secundaria), no te cases antes de tiempo, no, no y no...

El concepto de libertad está manchado por estas supuestas conveniencias sociales. Si nos remontamos a un pasado más o menos lejano, encontramos que los humanos siendo nómadas, se volvieron sedentarios y de ahí surgieron ciertas conveniencias de protegerse mutuamente como sociedades nacientes ante los peligros que enfrentaban; hoy nuestro peligro es dejarse llevar de la mano de quienes supuestamente nos defienden, porque están coartando nuestra libertad de pensar y hacer, porque quieren que compremos sus ideas y productos. Les conviene de mil formas mantenernos sometidos a diversos conceptos familiarizados con la esclavitud.

¿Quién dice que somos libres? ¿O que son países libres? ¿Que nuestra modernidad nos ha traído bienestar? ¿Que el estado es quien nos proporciona libertad? Si lo pensamos bien, si observamos de forma crítica y objetiva, no estamos más que siendo borregos de ideologías impuestas por mafias, cofradías, trasnacionales, gobiernos y grupos de poder que influyen en la población más vulnerable, trayendo con ello al resto de la manada, obligada por la presión social a redirigir conductas.

Por más que lo pienso, no siento libertad aunque me exprese con ella. Me veo esclavizado. Miro alrededor cómo se realizan los llamados “contratos sociales”1  en los que todos estamos inmersos, desde la educación, con escuelas sometidas al régimen de las autoridades gubernamentales a seguir los lineamientos, los estatutos, sin poderlos discutir. Los padres de familia llevan a sus hijos obligados por la ley a esos centros de lavado de cerebros que terminan sometiendo a sus pequeños al régimen controlador, prohibiéndoles realizarse libremente, condicionándoles al consumismo y al pago de impuestos (que por eso se llaman así), para que todos se sientan en la “libertad” de pagarlos “en tiempo y forma”. Ellos, los gobernantes, no tienen “obligación” de cumplir a la ciudadanía sus “promesas” de llevarnos a una vida mejor en diversos sentidos.

Luego de la escuela, a tener con gozo un trabajo que por más años sirviendo al amo, mantendrá en el mismo nivel de miseria y sumisión con el que se ingresa. Sólo unos cuantos dentro de la sociedad, serán beneficiados con ese “permiso” de explotar a otros, sometiéndoles. ¡Qué terrible forma de subyugación! ¡Les hacen creer que son libres! ¡Les convencen de ser productivos!

Quizá no todos estén de acuerdo con esta forma de pensar, pero me siento con la necesidad de reflexionar con ustedes el concepto de libertad en las circunstancias actuales, fuera de sentimentalismos, criticando la estructura social que a todos debería preocuparnos. Por ello, es importante que expreses lo que piensas en el foro de abajo. Muchas gracias.

1 En 1762, Jean-Jacques Rousseau publica El contrato social exponiendo su teoría política sobre el liberalismo clásico, en el que el individuo se apega al estado para defender sus derechos y libertades; cada uno firma un contrato con la sociedad para aceptar ciertas condiciones de vida, cediendo en algunos aspectos que podríamos considerar “obligaciones” a cambio de otros que serían “libertades”.

Imagen: gentside.com

Joe Barcala (@JoeBarcala) es novelista y activista veracruzano y poblano, autor de diversos éxitos editoriales.