SIMPATÍA POR EL DIABLO, EL CUMPLE 63 DEL PRI
Por: Roberto Martínez Garcilazo*
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Independientemente de sus eventuales y circunstanciales diferencias, son un estamento social que actúa concertadamente en defensa de sus particulares privilegios. Además de compartir un precario vocabulario común, están unidos por una determinada cultura profesional y técnica que difumina los supuestos perfiles ideológicos característicos de cada partido.
Mención aparte merece el fenómeno de la crisis del alfabeto y el apogeo de la imagen, característica de nuestros días, que, entre otros factores, ha convertido a la política –lo mismo que a cierto vacuo periodismo- en un trivial espectáculo. Ni ideologías, ni propuestas, ni argumentos; sino ocurrencias, lugares comunes, incompetencia gramatical y mediocridad intelectual.
Concebir al ciudadano como un simple y huero espectador de la vida pública al que, invariablemente, se le puede persuadir y coaccionar para que vote determinada opción del deplorable espectro partidista actual, amén de ser ofensivo, puede ser peligroso. No debemos olvidar que el abstencionismo electoral es una conducta política de las masas –que priva de legitimidad a los gobiernos y al sistema de partidos- cuya tendencia es progresivamente ascendente.
Por lo anterior, bien puedo generalizar la lapidaria aseveración de Héctor Aguilar Camín (El PRI tiene una historia, pero un proyecto de futuro) y escribir que los partidos políticos mexicanos sólo tienen pasado histórico, ya no presente y menos futuro como proyectos políticos de nación. El pragmatismo los ha hecho semejantes.
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Sin fingir indignación, sin poses fariseas de virtud, sin hacerse el ingenuo ciudadano ejemplar que paga sus impuestos, no se pasa los altos, no fuma en lugares prohibidos y vota puntualmente el día y la hora que ordenan las instituciones de la república, siendo realistas, pregunto: ¿Qué se le puede pedir a un político del PRI?
Y esto a propósito de las entrevistas que Arturo Rueda y Selene Ríos le hicieron a Bartlett, a Pacheco Pulido, a Sánchez Taboada y a Melquiades Morales.
Más allá de las valoraciones éticas de sus actos, el político es –o debe ser, si a eso quiere dedicarse el sujeto- un especialista, un profesional de las buenas maneras, de la corrección pública, de la expresión verbal, de la inteligencia operativa, del conocimiento de la naturaleza humana y de la cosa pública. Debe ser, en resumen, un ente maquiavélico: un artista de la polis. Como los políticos que entrevistaron Rueda y Ríos.
Porque insoportables son los políticos tontos, ebrios del acedo licor de sí mismos, desvergonzados e ignorantes –nacos, los llama Guillermo Pacheco Pulido. Alguna relación debe existir entre la proliferación de esa especie de politiquillo y la crisis de la educación en México.
Pero, burlas aparte, quiero plantear la hipótesis de que la crisis nacional que vivimos está determinada por la falta de habilidades y competencias para el gobierno y la administración pública de los políticos. De la privilegiada, onerosa, patética y gaznápira clase política mexicana.
Del PRI, particularmente, es necesario resaltar el fenómeno de la abdicación ideológica, del abandono del programa político popular y del laicismo.
¿Cómo es posible que miembros de la élite política se atrevan a plantear el fin de las ideologías? ¿Podrían explicar teóricamente que es un partido sin ideología? Hasta una organización empresarial cuya finalidad sea el enriquecimiento de sus miembros, tiene ideología, tiene un conjunto de creencias básicas y características y referentes simbólicos que la orientan en la vida social.
Es evidente que dentro del PRI se expresa la lucha ideológica que atraviesa a la sociedad misma y que actualmente los órganos de dirección del partido están en manos de una fracción derechista, conservadora e ígnara.
De qué otra manera, si no, se explican situaciones como el gasto de cinco millones de pesos, en el 2008, por parte de funcionarios del ayuntamiento de Puebla para regalarse comidas y bebidas a sí mismos, mientras que, esos mismos servidores públicos, sólo invirtieron 2.5 millones en el programa social denominado Hábitat.
O, en otra esfera de acción, la iniciativa de reforma constitucional que pretende, anulando el laicismo, introducir en la máxima ley del Estado conceptos religiosos de raigambre clerical derechista que condenan el aborto, la eutanasia y las uniones homosexuales.
El asunto es muy simple: las diferencias implican ideologías y las ideologías, conductas características. Si no, estaríamos ante un escenario insólito: la clase política unida contra los ciudadanos electores.
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