La ruta del fuego: migraciones mesoamericanas
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RADIO Sabersinfin.com

 

 

23 de marzo de 2016

El universo es azar, probabilidad, caos. La respuesta humana ante la oscuridad que representan las variaciones del mundo, ha sido la construcción de grandes sistemas que afirman que más allá del mundo real, existen poderes personificados en dioses que rigen el destino y futuro del hombre. Ante este escenario, la naturaleza devela leyes fundamentales que se descubren en el devenir de la vida y del mundo. El conocimiento de esas leyes se levantan como una defensa ante las acciones azarosas de los inmortales. En Mesoamérica todos los fenómenos y las acciones humanas eran presididas por la acción de los dioses. El ritual que alimentaba la relación con ellos, era el sacrificio humano. Estructura cósmica que vinculaba la sangre, el latir vital como ofrenda y alimento divino. La tragedia humana, entonces, ha sido poseer la seguridad de un pasado, la posesión de un presente y la indefinición del futuro, que además, se define en la paradoja de la seguridad absoluta de la muerte, hecho contundente, inexorable y oscuro, que en las religiones se  ha traducido como un acto supremo de la voluntad divina. La seguridad de la muerte, ha sido una de las grandes fuerzas motivadoras de las acciones humanas.

Todas las culturas han fortalecido su cohesión y naturaleza social a través de un fundamento religioso. En Mesoamérica, el panteón (del griego pan, todo, theos, dios es decir, todos los dioses) es complejo. Ligados al calendario, los dioses aparecían en el escenario cotidiano en riguroso orden calendárico; durante el periodo de su presencia, lo invadían todo, cada cual con la secularidad y manifestación divina de su naturaleza. Los dioses y el mundo también tuvieron un origen, un reconocimiento de que el mundo había cruzado cuatro periodos: el sol, el agua, el fuego y el movimiento. Cuatro ciclos que aseguraban el devenir del nacimiento y muerte para alumbrar un mundo nuevo.

El desarrollo social, económico y religioso muy complejo de Mesoamérica, con sus culturas específicas alcanzó avances más que significativos: escritura, medicina, agricultura, ingeniería, astronomía, matemática, religión, arte de dimensiones únicas en la historia humana entre otros muchos logros. Sin embargo, la presencia de la naturaleza y sus manifestaciones extremas, también intervenían en la vida cotidiana. Ahora sabemos que muchos grandes centros urbanos, construidos alrededor de grandes centros ceremoniales, aparentemente con una gran cohesión social, desaparecieron, fueron abandonados sin dejar registros claros de las razones para comenzar profundos cambios sociales que seguramente implicaron movilizaciones enormes. Quizá las acciones de los dioses rompieron el delicado equilibrio entre el hombre y su entorno. Probablemente el abandono de las grandes urbes mesoamericanas, no fue súbito, fue un proceso lento, inexorable pero al fin algo, disparó la debacle final.

Quizá el más enigmático fue el abandono de Teotihuacan, la mayor ciudad de Mesoamérica que no sólo estaba constituida por las grandes pirámides del sol y la luna y la gran calzada de los muertos entre otros templos. Era un centro urbano que sostenía a varios miles de personas. La gran ciudad abandonada alrededor del siglo VIII dC. El ocaso de Teotihuacan, probablemente no fue un movimiento súbito. Paulatinamente la red de intercambios hasta el mundo maya se rompió y cubrió de oscuridad a otras grandes capitales mesoamericanas. Esta declinación cerró, en términos históricos y arqueológicos, el final del periodo Clásico.

Nuevas corrientes de pensamiento, basadas en descubrimientos y enfoques provenientes de diferentes ramas como la geología, ecología, arqueología han revelado que el abandono definitivo de Teotihuacan y probablemente la acusada disminución poblacional casi simultánea de Cholula, y quizá también de Cacaxtla, estuvieron vinculadas con grandes fenómenos naturales. ¿Qué fenómeno podría ocasionar aquellos movimientos migratorios?

La región de Teotihuacan había sido transformada profundamente debido al desarrollo de la gran urbe. Bosques y ríos desaparecieron o los transformaron, hay indicios que indican sequías graves, sin embargo, la sequía era un fenómeno que aparecía con cierta frecuencia en toda Mesoamérica.. Seguramente existían mecanismos para enfrentar estos fenómenos. Con certeza los antiguos habitantes sintieron más de un sismo intenso, al punto de representarlo en varios códices, al igual que grandes periodos de lluvia que originaron inundaciones y rupturas del tejido social, todos estos fenómenos, no obstante, eran atribuidos al talanto de los dioses cuya ira era aplacada mediante el sacrificio de los más valioso: el latir de la vida humana. No obstante los esfuerzos a través del sacrificio, la naturaleza (y los dioses indiferentes) producían, ayer como hoy, huracanes en el Mar Caribe,  Golfo de México y Océano Pacífico. Los vientos y la lluvia arrasaban los campos y bosques, inundaban las tierras bajas o desbordaban los ríos. Probablemente un fenómeno insólito, poco común, probablemente aceleró o definitivamente fue causa y razón de abandonar una de las más grandes metrópolis del continente Americano y originar grandes transformaciones sociales que marcarán el comienzo y apogeo del Posclásico, la última fase de desarrollo en Mesoamérica hasta la llegada de los españoles. 
 
Recientemente, ha quedado claramente demostrado, que el vulcanismo es un fenómeno en escalas de tiempo geológico muy frecuente en el territorio y aguas de México. Baste recordar que el centro del país  desde las costas de Xalisco y Colima al área de san Andrés Tuxtla en Veracruz, esta festoneada de eminencias de origen volcánico. Este cinturón volcánico que cruza la república, es geológicamente joven y continúa su formación. En tiempos históricos baste recordar la erupción del Xitle en la actual ciudad de México en 200 ac y que afectó la pirámide circular de Copilco y obviamente a toda la población de la región; probablemente este episodio motivó la cosmogonía del periodo de Fuego que fue una de las cuatro eras de la creación del mundo y los dioses tal como aparece en el Códice Chimalpopoca. También es importante señalar la  aparición de los volcanes Xorullo en 1756, Paricutín, 1943, Everman en aguas del Pacífico en 1952, la catastrófica erupción del Chichonal en abril y mayo de 1982, numerosas erupciones del Volcán de Fuego en Colima, una de las más grandes ocurrida en 1913, Citlatépetl 1512 y 1696, el Volcán de Tuxtla en el siglo XVIII. El Popocatépetl con numerosas manifestaciones registradas desde 1347, evento eruptivo que originó el cambio de nombre del antiguo Xalliquehuatl (arena que vuela) a Popocatépetl (cerro que echa humo), hasta la actual fase eruptiva. Las evidencias geológicas revelan y enriquecen notablemente la agitada historia del centro de México. Hace 23 mil años, el Popocatépetl tuvo una de las más grandes erupciones conocidas. Quizá algunas bandas de cazadores y recolectores fueron aterrados testigos de una colosal explosión. Un gran ascenso de magma (material muy caliente y denso) se emplazó en la porción sur del cono, probablemente muy parecido al actual, la masa caliente infló el edificio volcánico y finalmente, el flanco sur cedió, la caída de presión súbita, originó una fase explosiva que lanzó material en cantidades apenas imaginables.  Los depósitos de material volcánico al sur del cono revelan que 8-9 km3 fueron removidos y depositados a lo largo de 70 km, hacia el sur; grandes cantidades de material de diferente tipo fue distribuido en un radio considerable a partir de los restos de cráter. El cono se redujo a casi la mitad de su dimensión actual. Toda la región sufrió profundas transformaciones que hicieron desaparecer los bosques y ocluyeron la red hidrológica en el sur de la Cuenca de México. Los volcanes, desde su origen y a través de su existencia geológica son manifestaciones extremas de la naturaleza. Modifican y durante largos periodos hacen inhabitable una región. No sólo son las corriente lávicas, aparecen también otros fenómenos que son capaces de transformar profundamente una región. Los lahares son flujos de lodo cuyo comportamiento es parecido al del concreto muy húmedo; en principio, estos flujos bajan por las pendientes a través de las barrancas ya formadas, y alcanzan grandes distancias. Una vez disipada la energía inundan las partes bajas con un material denso. En la región de Puebla-Tlaxcala se observan muchas evidencias de estos flujos. Así, cuando el lector viaje a Atlixco puede observar a la orilla de la carretera, paredes de color marrón que precisamente son resultado de depósitos de lahares del Popo. Otro fenómeno muy destructivo son los flujos de densidad o nuées ardentes (nubes ardientes) que son una emulsión de ceniza, vapor y material de arrastre que desciende de las laderas volcánicas a grandes velocidades y temperaturas de 200-500 °C. Estos flujos queman y, literalmente, borran todo registro de vida a su paso. Bosques, pequeñas lagunas, incluso ríos son profundamente afectados al paso de esta locomotora de ceniza y agua.

Los registros geológicos de los grandes  volcanes mexicanos muestran claramente que en las erupciones ocurridas a lo largo del tiempo, se han producido estos fenómenos, no resulta extraño que la complejidad orográfica del centro de México se deba esencialmente a la actividad volcánica.
 
El Popocatépetl, después de la erupción de hace 23 mil años, tuvo otros grandes episodios volcánicos uno de ellos ocurrido hace 14 mil años, también con la liberación de enorme energía, formó el edificio volcánico que observamos hoy día. Restos de aquella erupción constituyen la barranca de Nexpayantla (donde nacen las nubes) al NW del cono actual. Grandes episodios eruptivos, fechados mediante C14, ocurrieron en 3195, 2830 aC entre otros de menor energía. Durante el periodo de 790 a 830 dC el Popocatépetl tuvo otra gran erupción, caracterizada por flujos lávicos y grandes depósitos de piedra pómez (espuma de compuestos de sílice típica de erupciones explosivas)  que afectaron toda la región, especialmente la porción oriental del volcán. Investigaciones de campo recientes han iluminado la milenaria herencia cultural del culto a los “cerros”  (Tepetl en nahuatl).  En los grandes centros urbanos, se tenía el culto a los cerros (volcanes) a través de los Tlaloques, dioses menores, guardianes de las alturas. En 13 tepeilcihuitl que correspondía a octubre, y XII Atemoztli que correspondía a diciembre se hacían cerros en miniatura. Estas imágenes llamadas tepectolon o ixpetlatépetl se llevaban a las faldas o incluso la cima de los cerros. El Tlaloc  un volcán de 3900 m en el extremo norte del complejo Izta-Popo así como en otras eminencias, se han excavado algunos oratorios dedicados a los dioses Chaltihuticlue, Ehectatl, Chicomecoatl, Cihuacoatl y Tlaloc. En el Popo en un paraje denominado Teopizcalco, en los linderos de los 5000 m el arqueólogo francés Desirée Charnay encontró a finales del siglo XIX, evidencias de un oratorio con restos cerámicos con la representación de Tlaloc. Hace pocos años, científicos de la Fundación Alemana para la Investigación Científica, reportaron el hallazgo de terrenos cultivados bajo el flujo de lava datado en 790-830 dC. Estos descubrimientos cercanos a la población de Nealtican, Puebla corresponden a pequeñas aldeas agrícolas que con la técnica de la coa labraron los campos. Estos habitantes fueron testigos del avance de la lava y la caída de material proveniente del volcán, no se han encontrado restos humanos vinculados con estas manifestaciones volcánicas, se cree que la gente tuvo tiempo de retirarse a tiempo de la zona. Pero la huella aterradora de ver desparecer los campos y casas quemados por la lava, debió ser un acontecimiento que modificó notablemente toda la región. Cabe mencionar que el culto a los cerros y componente fundamental de la cosmovisión en Mesoamérica. Era la creencia  que los cerros,  retenían durante la estación seca (Tonalco o tiempo de calor del Sol) el agua en el interior para soltarla durante la estación de lluvias (Xopan, o el tiempo verde). Actualmente un ritual sobreviviente de las grandes ceremonias a los cerros y esencialmente a Tlaloc, se realiza en el flanco oriental del Popo a 4000 m de altitud en un paraje denominado el Ombligo, hay evidencias etnohistóricas que en otros muchos sitios de la Mesa central se efectúan rituales similares. Por ello es sorprendente y de gran valor arqueológico excavar los oratorios de las grandes alturas ya que implican el sustento de los pilares de la religión mesoamericana: sacralización del poder a través del Huey Tlatoani, el ruego constante por la lluvia y el esfuerzo del hombre por conocer el rumbo del destino.  Estos pilares religiosos perneaban aun en las aldeas más pequeñas. En toda Mesoamérica en las casas mas alejadas cada familia tenía su altar familiar y se cuidaba con profunda fe y devoción.  Al poniente de Nealtican, en el paraje Tetimpa  muy cerca  de Xalitzintla, Puebla, investigaciones arqueológicas recientes, descubrieron una serie de pequeños oratorios y restos de pequeñas aldeas cubiertas por tefra material volcánico, conocido en la región como xalnene o cacahuatillo que se usa como material de  construcción. Casi toda el área estaba enterrada bajo un espesor de 1.80 a 2.20 m de este material que llegó desde el cráter, distante unos 18 km cubrió las aldeas y causó un serio problema agrícola y social.  Hoy día una erupción volcánica causa enormes estragos sociales y económicos. No ha cambiado la situación desde los lejanos tiempos prehispánicos. No solo el terror de oír y ver las grandes caídas de ceniza y el avance de la lava. El fenómeno eruptivo rompía un cordón umbilical con la naturaleza. Si los cerros guardaban en su interior el agua, entonces ¿de dónde salía el fuego?. Hay evidencias que en la región del actual Tabasco y Chiapas, el Chichonal tuvo una erupción hacia el siglo V dC, y también marcó y modificó el rumbo cultural de la región. Los volcanes en México no sólo han sido fuente de cambios en el entorno, son aun símbolo de la vida y el ciclo del retorno. Más allá y sólo en el campo de  fértil de las hipótesis, cabría preguntar si los antiguos constructores trataron de imitar los grandes cuerpos volcánicos muchos con la figura cónica y de allí pasar a la pirámide arquitectónica. Ese elemento cultural pasó a formar parte de la herencia cultural de toda Mesoamérica.

¿Podría un proceso eruptivo como el de 790-830 dC, con los fenómenos asociados, causar una ruptura de las redes sociales y las visiones cosmogónicas de Mesoamérica? La caída de ceniza de esta erupción, encontrada hasta Nonoalco en la ciudad de México, seguramente ocultó el sol durante días, el lento e inexorable avance de la lava, material extremadamente caliente y destructor, rompía con la creencia milenaria de que los cerros guardaban el agua. La movilización de la población y el abandono de los campos de cultivo seguramente causó el resquebrajamiento de las estructuras sociales aunados a otros factores que se habían acumulado en la gran urbe de Teotihuacan. ¿Fue la erupción del Popocatépetl el detonador para el abandono de la gran ciudad a la que hay que agregar al abandono parcial de Cholula y poco después Cacaxtla? Investigaciones multidisciplinarias futuras convertirán la hipótesis en certeza o continuará la incógnita, continuaremos en busca de las causas que originaron el abandono de Cantona, Cholula (no completamente), Cacaxtla, el periodo maya antiguo y otra urbes notables. Las investigaciones hablaran y nos mostrarán el drama y la tragedia que vivieron los antiguos habitantes mesoamericanos. Regresaremos con este apasionante tema.

Referencias.
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Seele, E. 1973. restos de Milpas y poblaciones prehispánicas cerca de San Buenaventura Nealtican, Puebla. Fundación Alemana para la Investigación Científica. Comunicaciones. 7: 77-86.
Marquina, Ignacio. 1970. Proyecto Cholula, serie investigaciones INAH.
Eliade, Mircea. Lo sagrado y lo profano. 1981. Alianza Ed.
Rivera, A. El hombre y el volcán. 1992. Coloquio sobre Puebla. UDLA. 1992.
Rivera, A. Notas de las exploraciones al volcán Popocatépetl. Inédito.

Imagen: revistaenfoque.cl

Alejandro Rivera Domínguez.

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