
23 de marzo de 2023
- La Historia Jamás Contada -
Afirmaba Oscar Wilde, en una provocativa frase, que “la Naturaleza imita al arte…”, algo que, improbable como suena, llega efectivamente a suceder en ocasiones, como con dos películas, ahora olvidadas, de la cuales parece haber saldo cuando menos una parte de la complicada trama política -y gepolítica- actual.
Me refiero a TODOS LOS HOMBRES DEL REY (1949) y EL CANDIDATO MANCHURIANO (1962), adaptadas a su vez de sendas novelas best-seller de cuya existencia me enteré hace ya también bastantes años por un libro que analizaba las actitudes entonces prevalecientes hacia el sexo en la cultura pop: EL FOLKLORE DEL SEXO, de Albert Ellis. (Extraños caminos tiene el conocimiento.)
La primera, dirigida por Robert Rossen a partir de la novela homónima de Robert Penn Warren, retrata la carrera política de Willie Stark, un carismático líder populista que, a la par que se hunde en un cenagal de corrupción, despotrica vehementemente contra ella, sin que sus embelesados seguidores parezcan percatarse del contraste entre las airadas proclamas de su ídolo y la terca Realidad, renuente a dejarse convencer por el cada vez más megalómano y paranoico orador de marras. Un fenómeno que hoy mismo parece estar autoclonándose en los más diversos países, incluyendo el nuestro, por supuesto.
La segunda, realizada por John Frankenheimer según la novela de Richard Condon, es una trama francamente novelesca ambientada en plena “guerra fría”, situación global que dio origen a todo un género literario pop del que las aventuras del agente James Bond fueron tal vez el ejemplo más comercialmente exitoso. (Hace seis décadas, nada menos: ¡cómo han pasado los años!), aunque su tono es más sombrío, ominoso, parecido al que campea en la distopía 1984 de Orwell… y no es para menos. (No relato la trama porque bien vale el “esfuerzo” de seguirla paso a paso. Después de todo, es una obra de suspenso.)
Pero es cuando consideramos juntos todos los elementos: la demagogia desatada por una parte y la intriga internacional por otra, que el surrealismo político aparece en todo su esplendor, como comprobó personalmente en el ámbito de las costumbres André Breton, considerado el padre el Surrealismo, en la vida real de los mexicanos cuando visitó el país, confirmando inesperadamente la increíble exactitud de la aparentemente absurda frase. Sí, la realidad resulta a veces más extraña que la más elaborada ficción.
Y con esto llegamos al centro del asunto: la necesidad metodológica de las “teorías de conspiración”, tan desacreditadas a priori por los intelectuales serios (?) como si se tratara de casos OVNI. (“¡Ah! ¿Verdad?”, la frase con la cual los cómicos Los Polivoces caricaturizaban a Pedro Ferriz Sr., el pionero de la divulgación más o menos seria del tema en la televisión.)
Formalmente, una teoría de conspiración no es otra cosa que una microteoría histórica, susceptible de ser sometida a los criterios y procedimientos necesarios para validar o no su viabilidad y cuyo resultado, fuera el que fuese, sería, literalmente, HISTORIA.
Volviendo a las películas mencionadas y otras semejantes, pero ya no como entretenimiento sino como posible núcleo o semilla de una teoría de conspiración, podrían aportar nuevos ángulos de análisis a la intrincada sucesión de acontecimientos, algunos francamente anómalos desde una lógica histórica convencional. Hay que sacar ventaja de lo extraño presente en situaciones como la actual para predecir con mayor exactitud su tendencia. ¿Quién sabe? Podríamos ahorrarnos bastantes problemas en el futuro inmediato.

Fernando Acosta Reyes (@ferstarey) es fundador de la Sociedad Investigadora de lo Extraño (SIDLE), músico profesional y estudioso de los comportamientos sociales.








