Este joven hará hablar al mundo
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El genio se compone del dos por ciento de talento y del noventa y ocho por ciento de perseverante aplicación.

Ludwig van Beethoven

El día de hoy, 16 de diciembre, se cumplen 248 años del nacimiento de uno de los más grandes compositores, director de orquesta y pianista de todos los tiempos -Ludwig van Beethoven. Entre sus composiciones destacan obras musicales como: “Para Elisa”, “Claro de Luna”, “Quinta sinfonía” o su “Novena Sinfonía”. Dice la tradición que Beethoven tuvo la oportunidad de tocar el piano en un recital en el que Mozart estaba presente y lo dejó tan fascinado que llegaría a decir: Este joven hará hablar al mundo.

Fue en la ciudad de Bonn, Alemania, un 16 de diciembre de 1770 que nace Ludwig van Beethoven. Allí, durante sus primeros años de vida, estuvo expuesto a una exigente formación musical por parte de un padre obsesionado en convertirle en “el nuevo Mozart”. Se le impuso su nombre en honor a su abuelo y fue el tercero en tener ese nombre, el primer Ludwig van Beethoven fue su abuelo, y el segundo, su hermano, quien murió 6 días después de que él naciera. A Ludwig siguieron otros dos niños, a los que pusieron los nombres de Caspar Anton Karl y Nikolaus Johann.

Los testimonios de la infancia de Beethoven lo tachan como un niño, hosco, abandonado y resentido, hasta que en su destino se cruzó Christian Neefe, un músico llegado a Bonn en 1779, quien tomó a su cargo su educación musical y su formación integral. Diez años más tarde, el joven Beethoven le escribió: “Si alguna vez me convierto en un gran hombre, a ti te corresponderá una parte del honor”.

Estos años de formación con Neefe fueron de extrema importancia porque conectaron a Beethoven con la sensibilidad liberal de una época convulsionada por los sucesos revolucionarios franceses, y dieron al joven armas sociales con las que tratar de tú a tú a la nobleza ilustrada. Pese a sus arranques de mal humor y carácter adusto, Beethoven siempre encontró, a lo largo de su vida, amigos fieles, mecenas e incluso amores, cosa que el más amable Mozart a duras penas consiguió.

Sus éxitos como improvisador y pianista eran notables. Su clasicismo no ocultaba una inequívoca personalidad que se ponía de manifiesto en el clima melancólico, casi dolorosos reveladores de una fuerza moral y psíquica que se manifestaba por vez primera en las composiciones musicales del siglo.

La alta sociedad lo acogió con la aprobación de quien olvida generosamente el origen pequeño burgués de su invitado, su aspecto desaliñado y sus modales asociales. Seguro de su propio valor despreciaba las normas sociales, las leyes de la cortesía y los gestos delicados, que juzgaba hipócritas y cursis. En este rebelde propósito se mantuvo inflexible a lo largo de toda su vida. No es extraño que tal actitud despertase las críticas de quienes, aun reconociendo sinceramente que estaban ante un compositor de inmenso talento, lo tacharon de misántropo, megalómano y egoísta.

En 1794, los tenues síntomas de una sordera no parecían poner en peligro su carrera de concertista, sin embargo, en 1802, la progresión de su sordera fue tal que el doctor le ordenó un retiro. Obviamente, Beethoven no sanó y la constatación de su enfermedad le sumió, como es lógico que ocurriera en un músico, en la más profunda de las depresiones.

En el día de su muerte, 26 de marzo de 1827, su admirador incondicional Anselm Hüttenbrenner, su cuñada y su hermano Nikolaus Johann lo acompañaron hasta su último suspiro. Y éste fue el relato que Hüttenbrenner hizo sobre sus últimos momentos: “Permaneció tumbado, sin conocimiento, desde las 3 de la tarde hasta las 5 pasadas. De repente hubo un relámpago, acompañado de un violento trueno, y la habitación del moribundo quedó iluminada por una luz cegadora. Tras ese repentino fenómeno, Beethoven abrió los ojos, levantó la mano derecha, con el puño cerrado, y una expresión amenazadora, como si tratara de decir: “¡Potencias hostiles, os desafío!, ¡Marchaos! ¡Dios está conmigo!” o como si estuviera dispuesto a gritar, cual un jefe valeroso a sus tropas “¡Valor, soldados! ¡Confianza! ¡La victoria es nuestra!”. Cuando dejó caer de nuevo la mano sobre la cama, los ojos estaban ya cerrados. Yo le sostenía la cabeza con mi mano derecha, mientras mi izquierda reposaba sobre su pecho. Ya no pude sentir el hálito de su respiración; el corazón había dejado de latir”.

Sea esta entrega, amable lector, un modesto homenaje a Beethoven, uno de los más grandes genios de la música del siglo XVIII cuyo legado ha influido de forma decisiva en la evolución de este arte.

 

Jorge A. Rodríguez y Morgado

Twitter @jarymorgado

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