
Jueves 19 de marzo de 2020.
-JAIME SABINES: LA VIDA REFLEJADA EN SU ETERNA POESÍA.
-21 AÑOS SE CUMPLIERON DE SU INMORTALIDAD: VIERNES 19 DE MARZO DE 1999.
POR MINO D’BLANC
Hace 21 años trascendió a la inmortalidad del arte y la cultura el poeta chiapaneco Jaime Sabines. Nació en la ciudad de Tuxtla Gutiérrez, el jueves 25 de marzo de 1926 y falleció el viernes 19 de marzo de 1999 en la ciudad de México.
Al otro día de su deceso, algunos medios impresos publicaron “Murió el último gran poeta intimista de México”.
El que esto escribe inmediatamente pensó: “será: el último gran poeta intimista que han leído por obligación muchos políticos, periodistas, conductores de noticias y lambiscones, ya que seguro muchos de ellos le hacían grandes loores por la posición política que Sabines Gutiérrez tuvo”.
Sin embargo, para mi punto de vista, Jaime Sabines era un poeta extraordinariamente sencillo en su obra, tan sencillo, que en dicha sencillez literaria estaba su grandeza, que muchos “¿críticos?” no pudieron nunca comprender.

El que le despertó el gusto por la literatura a Jaime Sabines, fue su propio padre, don Julio Sabines, un libanés que emigró con sus padres y sus dos hermanos a Cuba en el año de 1914 y se trasladó a México; de hecho, participó en la revolución mexicana. En Chiapas conoció a Luz Gutiérrez Moguel, nieta del militar Joaquín Miguel Gutiérrez, quien fue gobernador del estado y por el que la capital del mismo estado (Tuxtla Gutiérrez) lleva su apellido en su honor. Del matrimonio de don Julio y doña Luz nacieron tres hijos: Juan, Jorge y Jaime.
A su madre le escribió poesía, pero sin duda alguna, de los poemas más profundos, íntimos y hasta necro biográficos se encuentra “Algo sobre la muerte del mayor Sabines” (1973). El que esto escribe, publica el octavo poema de dicho poemario. El dramaturgo, director teatral y crítico Felipe Galván, ha mencionado en relación al mismo, que le llega mucho a la gente, ya que es en forma de rezo a la Virgen:
VIII
No podrás morir.
Debajo de la tierra
no podrás morir.
Sin agua y sin aire
no podrás morir.
Sin azúcar, sin leche,
sin frijoles, sin carne,
sin harina, sin higos,
no podrás morir.
Sin mujer y sin hijos
no podrás morir.
Debajo de la vida
no podrás morir.
En tu tanque de tierra
no podrás morir.
En tu caja de muerto
no podrás morir.
En tus venas sin sangre
no podrás morir.
En tu pecho vacío
no podrás morir.
En tu boca sin fuego
no podrás morir.
En tus ojos sin nadie
no podrás morir.
En tu carne sin llanto
no podrás morir.
No podrás morir.
No podrás morir.
No podrás morir.
Enterramos tu traje,
tus zapatos, el cáncer;
no podrás morir.
Tu silencio enterramos.
Tu cuerpo con candados.
Tus canas finas,
tu dolor clausurado.
No podrás morir.

Sus primeros poemas fueron “Introspección”, “A mi madre”, “Siento que te pierdo” y “Primavera”, que fueron publicados en el periódico “El Estudiante”, una publicación de las sociedades estudiantiles de la Escuela Normal Superior y de la Preparatoria de su ciudad natal.
Quiso ser médico, por lo que viajó a México en donde estudió Medicina durante 3 años; se dio cuenta de que esa carrera no era para él. Regresó a su ciudad natal por una temporada corta, en la que trabajó en la tienda de telas “El modelo”, que era propiedad de su hermano Juan.
En 1949 regresó a la capital del país en donde entró a estudiar la licenciatura en Lengua y Literatura Española, en la Facultad de Filosofía y Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México, para así comenzar su carrera como escritor. Entre sus mentores estaban Agustín Yáñez, José Gaos, María Magdalena Hernández Pereira y Eduardo Nicol. Entre sus compañeros de clase estaban futuros grandes literatos, dramaturgos, novelistas o poetas como Emilio Carballido, Rosario Castellanos, Sergio Magaña, Ramón Xirau, Sergio Galindo, entre otros. De hecho, su generación se reunía en un taller literario con Efrén Hernández.
Sabines tuvo grandes influencias literarias como Ramón López Velarde, Rafael Alberti, Aldous Huxley, James Joyce y sin duda alguna, el gran Pablo Neruda. En algunas poesías del chiapaneco se nota inmediatamente la influencia de Neruda.
Fue entre 1949 y 1950 cuando publicó “Horal”, su primer poemario, cuyo nombre lo toma de un poema homónimo.
“HORAL”
El mar se mide por olas,
el cielo por alas,
nosotros por lágrimas.
El aire descansa en las hojas,
el agua en los ojos,
nosotros en nada.
Parece que sales y soles,
nosotros y nada…
Carlos Pellicer le ofreció prologar la edición, pero Sabines rechazó la oferta porque deseaba que su obra se afirmara en méritos propios y no en prestigios ajenos.
Entre 1951 y 1961 escribió “Poemas Sueltos”. Fue precisamente en el año 1951 cuando fue publicado su libro “La señal”.
En 1952 su padre sufrió un accidente, por lo que Jaime Sabines regresó a Chiapas y no pudo terminar su carrera; en ese año editó su libro “Adán y Eva”, su primera incursión en la poesía en prosa.
En el año 1953, se casó con Josefa “Chepita” Rodríguez Zebadúa. Tuvieron cuatro hijos: Julio, Julieta, Judith y Jazmín. En ese mismo año, trabajando durante el día como vendedor de tela, escribía poesía.. Fue precisamente así cuando en 1954 publicó “Tarumba”, que es considerado su poemario menos entendido en México y el más apreciado en el extranjero.
En 1959 recibió el Premio Chiapas, otorgado por el Ateneo de Ciencias y Artes de Chiapas. Ese mismo año se va a vivir a México junto con su hermano Juan, nuevamente para ayudar a establecer un negocio familiar que era sobre la fabricación de alimentos para animales; mientras seguía escribiendo.
El lunes 30 de octubre de 1961 falleció su padre.
Jaime Sabines sufrió un accidente al caer de una escalera; se fracturó una pierna y la cadera, quedándole secuelas de por vida, al grado de que terminó sus días en silla de ruedas. Después de siete años de vivir en Tuxtla, regresó a la capital del país en donde escribió “Diario Semanario y poemas en prosa” (1961).
Fue becario del Centro Mexicano de Escritores, de 1964 a 1965. Fue en dicho año cuando la compañía discográfica “Voz Viva de México” grabó un disco con algunos de sus poemas en su propia voz.
En el año 1966 falleció su madre. Es precisamente por el duelo por la muerte de ella, que escribe su poema “DOÑA LUZ”. He aquí un fragmento del mismo:
Lloverás en el tiempo de lluvia,
harás calor en el verano,
harás frío en el atardecer.
Volverás a morir otras mil veces.
Florecerás cuando todo florezca.
No eres nada, nadie, madre.
De nosotros quedará la misma huella,
la semilla del viento en el agua,
el esqueleto de las hojas en la tierra.
Sobre las rocas, el tatuaje de las sombras,
en el corazón de los árboles la palabra amor.
No somos nada, nadie, madre.
Es inútil vivir
pero es más inútil morir.

En 1967 publicó la primera edición de “Yuria”.
En 1968 publicó “Tlaltelolco”.
Por su obra “Mal tiempo” (1972) recibió el premio Xavier Villaurrutia en 1973.
En 1970 escribe uno de los poemas más duros y contundentes en relación a su acepción a la política: “Diario Oficial (Marzo del 70)”:
DIARIO OFICIAL
(Marzo de 70)
Por decreto presidencial el pueblo no existe.
El pueblo es útil para hablar en banquetes:
“Brindo por el pueblo de México”,
“Brindo por el pueblo de Estados Unidos”.
También sirve el pueblo para otros menesteres literarios:
escribir el cuento de la democracia,
publicar la revista de la revolución,
hacer la crónica de los grandes ideales.
El pueblo es una entidad pluscuamperfecta
generosamente abstracta e infinita.
Sirve también para que jóvenes idiotas
aumenten el área de los panteones
o embaracen las cárceles
o aprendan a ser ricos.
Lo mejor de todo lo ha dicho un señor Ministro:
“Con el pueblo me limpio el culo”
He aquí lo máximo que puede llegar a ser el pueblo:
un rollo de papel higiénico
para escribir la historia contemporánea con las uñas.
En 1975 publicó “Espero curarme de ti”.
De 1976 a 1979 fue diputado federal por el I Distrito Electoral Federal de Chiapas a la L. Legislatura, por el Partido Revolucionario Institucional.
En 1977 publicó “Nuevo recuento de poemas” y en 1981 editó “No es que muera de amor”.
En 1982 recibió el Premio Elia Suorasky; en 1983 el Premio Nacional de Ciencias y Artes Lingüísticas y Literatura”. Es en ese año cuando publica “Los amorosos: cartas a Chepita”, considerado por muchos como su poema más exitoso y el más conocido.
Los amorosos callan.
El amor es el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable.
Los amorosos buscan,
los amorosos son los que abandonan,
son los que cambian, los que olvidan.
Su corazón les dice que nunca han de encontrar,
no encuentran, buscan.
Los amorosos andan como locos
porque están solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato,
llorando porque no salvan al amor.
Les preocupa el amor.
Los amorosos
viven al día, no pueden hacer más, no saben.
Siempre se están yendo,
siempre, hacia alguna parte.
Esperan,
no esperan nada, pero esperan.
Saben que nunca han de encontrar.
El amor es la prórroga perpetua,
siempre el paso siguiente, el otro, el otro.
Los amorosos son los insaciables,
los que siempre -¡qué bueno!- han de estar solos.
Los amorosos son la hidra del cuento.
Tienen serpientes en lugar de brazos.
Las venas del cuello se les hinchan
también como serpientes para asfixiarlos.
Los amorosos no pueden dormir
porque si se duermen se los comen los gusanos.
En la oscuridad abren los ojos
y les cae en ellos el espanto.
Encuentran alacranes bajo la sábana
y su cama flota como sobre un lago.
Los amorosos son locos, sólo locos,
sin Dios y sin diablo.
Los amorosos salen de sus cuevas
temblorosos, hambrientos,
a cazar fantasmas.
Se ríen de las gentes que lo saben todo,
de las que aman a perpetuidad, verídicamente,
de las que creen en el amor
como una lámpara de inagotable aceite.
Los amorosos juegan a coger el agua,
a tatuar el humo, a no irse.
Juegan el largo, el triste juego del amor.
Nadie ha de resignarse.
Dicen que nadie ha de resignarse.
Los amorosos se avergüenzan de toda conformación.
Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla,
la muerte les fermenta detrás de los ojos,
y ellos caminan, lloran hasta la madrugada
en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.
Les llega a veces un olor a tierra recién nacida,
a mujeres que duermen con la mano en el sexo,
complacidas,
a arroyos de agua tierna y a cocinas.
Los amorosos se ponen a cantar entre labios
una canción no aprendida,
y se van llorando, llorando,
la hermosa vida.
En el año 1986 recibió el premio Juchimán de Plata. Ese año, del 28 de junio al 1 de agosto, le realizaron varios homenajes en su honor. En 1988 fue diputado por el PRI en el Congreso de la Unión, por el Distrito Federal. En relación a su actividad dentro de la política, también escribió:
“ESTOY METIDO EN LA POLÍTICA”.
Estoy metido en política otra vez.
Sé que no sirvo para nada, pero me utilizan
Y me exhiben
«Poeta, de la familia mariposa-circense,
atravesado por un alfiler, vitrina 5».
(Voy, con ustedes, a verme)
Ese año de 1988 publicó “La luna”.
LA LUNA
La luna se puede tomar a cucharadas
o como una cápsula cada dos horas.
Es buena como hipnótico y sedante
y también alivia
a los que se han intoxicado de filosofía.
Un pedazo de luna en el bolsillo
es mejor amuleto que la pata de conejo:
sirve para encontrar a quien se ama,
para ser rico sin que lo sepa nadie
y para alejar a los médicos y las clínicas.
Se puede dar de postre a los niños
cuando no se han dormido,
y unas gotas de luna en los ojos de los ancianos
ayudan a bien morir.
Pon una hoja tierna de la luna
debajo de tu almohada
y mirarás lo que quieras ver.
Lleva siempre un frasquito del aire de la luna
para cuando te ahogues,
y dale la llave de la luna
a los presos y a los desencantados.
Para los condenados a muerte
y para los condenados a vida
no hay mejor estimulante que la luna
en dosis precisas y controladas.
En 1991 recibió la Presea Ciudad de México. Ese mismo año se celebró el Encuentro de Poesía Jaime Sabines, cuando el célebre poeta cumplió 70 años y el gobierno del Distrito Federal le organizó un homenaje.
En 1994 recibió la medalla Belisario Domínguez y en 1996 el premio Mazatlán de Literatura con “Piece of Shadow”.
“El francotirador de la literatura”, como era conocido, por pertenecer a un grupo de escritores que transformaba la literatura en realidad, fue descrito por Octavio Paz comno uno de los mejores poetas contemporáneos de nuestra lengua; él decía sobre Sabines: "Su humor es un chaparrón de bofetadas, su risa culmina en un aullido, su cólera es acelerada y su ternura colérica. Pasa del jardín de la infancia a la sala de operaciones. Para Sabines, todos los días son el primero y el último día del mundo".

Como homenaje a Sabines, en 1996 el Fondo de Cultura Económica produjo un disco que fue grabado en vivo con la propia voz del poeta en el emblemático Palacio de Bellas Artes, en la ciudad de México.
Sabines tuvo su propio punto de vista sobre Dios. En “Recuento de Poemas (1973-1994)” cierra el libro también con su célebre “ME ENCANTA DIOS”.
Me encanta Dios. Es un viejo magnífico que no se toma en serio. A él le gusta jugar y juega, y a veces se le pasa la mano y nos rompe una pierna o nos aplasta definitivamente. Pero esto sucede porque es un poco cegatón y bastante torpe con las manos.
Nos ha enviado a algunos tipos excepcionales como Buda, o Cristo, o Mahoma, o mi tía Chofi, para que nos digan que nos portemos bien. Pero esto a él no le preocupa mucho: nos conoce. Sabe que el pez grande se traga al chico, que la lagartija grande se traga a la pequeña, que el hombre se traga al hombre. Y por eso inventó la muerte: para que la vida -no tú ni yo- la vida, sea para siempre.
Ahora los científicos salen con su teoría del Big Bang... Pero ¿qué importa si el universo se expande interminablemente o se contrae? Esto es asunto sólo para agencias de viajes.
A mí me encanta Dios. Ha puesto orden en las galaxias y distribuye bien el tránsito en el camino de las hormigas. Y es tan juguetón y travieso que el otro día descubrí que ha hecho -frente al ataque de los antibióticos- ¡bacterias mutantes!
Viejo sabio o niño explorador, cuando deja de jugar con sus soldaditos de plomo y de carne y hueso, hace campos de flores o pinta el cielo de manera increíble.
Mueve una mano y hace el mar, y mueve la otra y hace el bosque. Y cuando pasa por encima de nosotros, quedan las nubes, pedazos de su aliento.
Dicen que a veces se enfurece y hace terremotos, y manda tormentas, caudales de fuego, vientos desatados, aguas alevosas, castigos y desastres. Pero esto es mentira. Es la tierra que cambia -y se agita y crece- cuando Dios se aleja.
Dios siempre está de buen humor. Por eso es el preferido de mis padres, el escogido de mis hijos, el más cercano de mis hermanos, la mujer más amada, el perrito y la pulga, la piedra más antigua, el pétalo más tierno, el aroma más dulce, la noche insondable, el borboteo de luz, el manantial que soy.
A mí me gusta, a mí me encanta Dios. Que Dios bendiga a Dios.
Y en dicho libro también publica su contundente “TÍA CHOFI”:
Amanecí triste el día de tu muerte, tía Chofi,
pero esa tarde me fui al cine e hice el amor.
Yo no sabía que a cien leguas de aquí estabas muerta
con tus setenta años de virgen definitiva,
tendida sobre un catre, estúpidamente muerta.
Hiciste bien en morirte, tía Chofi,
porque no hacías nada, porque nadie te hacía caso,
porque desde que murió abuelita, a quien te consagraste,
ya no tenías qué hacer y a leguas se miraba
que querías morirte y te aguantabas.
¡Hiciste bien!
Yo no quiero elogiarte como acostumbran los arrepentidos,
porque te quise a tu hora, en el lugar preciso,
y harto sé lo que fuiste, tan corriente, tan simple,
pero me he puesto a llorar como una niña porque te moriste.
¡Te siento tan desamparada,
tan sola, sin nadie que te ayude a pasar la esquina,
sin quien te dé un pan!
Me aflige pensar que estás bajo la tierra
tan fría de Berriozábal,
sola, sola, terriblemente sola,
como para morirse llorando.
Ya sé que es tonto eso, que estás muerta,
que más vale callar,
¿pero qué quieres que haga
si me conmueves más que el presentimiento de tu muerte?
Ah, jorobada, tía Chofi,
me gustaría que cantaras
o que contaras el cuento de tus enamorados.
Los campesinos que te enterraron sólo tenían
tragos y cigarros,
y yo no tengo más.
Ha de haberse hecho el cielo ahora con tu muerte,
y un Dios justo y benigno ha de haberte escogido.
Nunca ha sido tan real eso en lo que tu creíste.
Tan miserable fuiste que te pasaste dando tu vida
a todos. Pedías para dar, desvalida.
Y no tenías el gesto agrio de las solteronas
porque tu virginidad fue como una preñez de muchos hijos.
En el medio justo de dos o tres ideas que llenaron tu vida
te repetías incansablemente
y eras la misma cosa siempre.
Fácil, como las flores del campo
con que las vecinas regaron tu ataúd,
nunca has estado tan bien como en ese abandono de la muerte.
Sofía, virgen, antigua, consagrada,
debieron enterrarte de blanco
en tus nupcias definitivas.
Tú que no conociste caricia de hombre
y que desjaste que llegaran a tu rostro arrugas antes que besos,
tú, casta, limpia, sellada,
debiste llevar azahares tu último día.
Exijo que los ángeles te tomen
y te conduzcan a la morada de los limpios.
Sofía virgen, vaso transparente, cáliz,
que la muerte recoja tu cabeza blandamente
y que cierre tus ojos con cuidados de madre
mientras entona cantos interminables.
Vas a ser olvidada de todos
como los lirios del campo,
como las estrellas solitarias;
pero en las mañanas, en la respiración del buey,
en el temblor de las plantas,
en la mansedumbre de los arroyos,
en la nostalgia de las ciudades,
serás como la niebla intocable, hálito de Dios que despierta.
Sofía virgen, desposada en un cementerio de provincia,
con una cruz pequeña sobre tu tierra,
estás bien allí, bajo los pájaros del monte,
y bajo la yerba, que te hace una cortina para mirar al mundo.
Y en dicho libro también publicó un poema que habla sobre la sencillez del poeta que es, que fue y que ha sido:
“EL PEATÓN”
Se dice, se rumora, afirman en los salones, en las fiestas, alguien o algunos enterados, que Jaime Sabines es un gran poeta. O cuando menos un buen poeta. O un poeta decente, valioso. O simplemente, pero realmente, un poeta.
Le llega la noticia a Jaime y éste se alegra: ¡qué maravilla! ¡Soy un poeta! ¡Soy un poeta importante! ¡Soy un gran poeta!
Convencido, sale a la calle, o llega a la casa, convencido. Pero en la calle nadie, y en la casa menos: nadie se da cuenta de que es un poeta. ¿Por qué los poetas no tienen una estrella en la frente, o un resplandor visible, o un rayo que les salga de las orejas?
¡Dios mío!, dice Jaime. Tengo que ser papá o marido, o trabajar en la fábrica como otro cualquiera, o andar, como cualquiera, de peatón.
¡Eso es!, dice Jaime. No soy un poeta: soy un peatón.
Y esta vez se queda echado en la cama con una alegría dulce y tranquila.
En el año 2009 el Servicio Postal Mexicano emitió un timbre como homenaje al gran poeta.










