8 de abril de 2014
Este es el punto clave de una educación efectiva y donde también se manifiesta su esencia paradójica, pues para establecer un vínculo afectivo-comunicativo con su discípulo (el famoso “rapport” de la Psicología), condición indispensable para realizar su tarea, el maestro debe abandonar su sitial, convertirse en discípulo también y enseñar a aquél como se enseñaría él en la misma situación. Su labor adquiere entonces un cariz esotérico, pues su saber hacer proviene de una búsqueda interior más que de referencias externas abstractas, transformándose en una auténtica -¿por qué no decirlo?- “labor of love.” (El fenómeno no era desconocido para los tratadistas, que lo llamaban el “eros pedagógico”.)
Este es el punto clave de una educación efectiva y donde también se manifiesta su esencia paradójica, pues para establecer un vínculo afectivo-comunicativo con su discípulo (el famoso “rapport” de la Psicología), condición indispensable para realizar su tarea, el maestro debe abandonar su sitial, convertirse en discípulo también y enseñar a aquél como se enseñaría él en la misma situación. Su labor adquiere entonces un cariz esotérico, pues su saber hacer proviene de una búsqueda interior más que de referencias externas abstractas, transformándose en una auténtica -¿por qué no decirlo?- “labor of love.” (El fenómeno no era desconocido para los tratadistas, que lo llamaban el “eros pedagógico”.)
Pero el esoterismo no termina ahí, pues todo el proceso educativo pasa a ser un “viaje iniciático” en que el discípulo se aventura por la senda que ha elegido, llevando a su maestro como “acompañante experto”. Las reminiscencias legendario-literario-cinematográficas como la búsqueda del Grial, el viaje de Dante en su “Comedia”, “La Historia sin Fin” de Michael Ende o “El Topo” de Jodorowsky no son casuales: se trata del mismo tipo de viaje, donde el objetivo es adquirir un conocimiento desde el corazón (“by heart,” como en la expresión inglesa), que por lo mismo será cordial y entrañable, que el educado no sólo no olvidará sino que, llegado el momento, cuando ya sea un maestro, podrá y querrá enseñar a los más jóvenes.
Sí, la educación institucional podría ser algo así, parecido o quizá mejor y no sería la primera vez que se llevara a la práctica. De hecho, los grandes reformadores lo ensayaron. El mismo Friedrich Froebel tenía en mente algo similar cuando concibió su “Kindergarten”: un jardín donde los niños aprendieran jugando…
Mas hoy por hoy, el gran obstáculo para el replanteamiento de la educación son los compromisos “contraídos con anterioridad” –como suele decirse- por los dos Gobiernos federales, el inmediatamente anterior y el actual, para desmantelar el sindicato de maestros, liquidar al mayor número posible de docentes en funciones y rematar los activos destinados a la educación. Todo en medio de una estridente propaganda implementada por los medios de masas a su servicio –pagado- y organizaciones “civiles” AD HOC. ¿Puede semejante trapacería producir una educación cualitativamente mejor? La respuesta está a la mano: NO PUEDE.
Así que una educación nacional de gran calidad se encuentra, por el momento, todavía en las “fantasías exactas” (el término es del filósofo “frankfurtiano” Theodor Adorno) de los que soñamos, pero firmemente asentados en la razón.
Fernando Acosta Reyes (Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.) es investigador independiente de fenómenos extraños, amante de la música y estudioso de los comportamientos sociales.Facebook Social Comments








