
09 de junio de 2023
- La Historia Jamás Contada -
Así como toda moda da nacimiento a una industria, con las de las encuestas resultó igual: lo que comenzó como un medio de encontrar qué factores objetivos, observables y verificables determinaban la elección de un producto o mercancía específicos en detrimento de otro(s) comparable(s), es decir, tan sólo una técnica más de market researching, acabó convirtiéndose en un oráculo por derecho propio, como las cartas o la ouija, que de manera misteriosa entregan inmediata y directamente la respuesta solicitada sin recurrir a laboriosas, dilatadas y costosas investigaciones realizadas por personal especializado en cada campo específico. Por eso muchos cambiaron de giro, fuera éste el que fuese, para abrir su propia empresa encuestadora de propósito general.
Como ocurre con toda moda, sólo era cuestión de tiempo que se aglutinara en torno a ella una clientela suficiente para sostener su crecimiento y llevarla a su auge, lo que no tendría mayor trascendencia que la puramente comercial, dinamizando el flujo de dinero y la movilidad social de los involucrados en ella, lo que no está nada mal.
Pero al salirse del contexto restringido, acotado y, sobre todo, conocido del que surgió originalmente, su influencia alcanza niveles literalmente insospechados y, por lo mismo, de consecuencias en un primer momento incontrolables, pues no es lo mismo indagar entre posibles compradores que conocen sus particulares gustos y necesidades e integrar inteligentemente esta información a la estrategia de ventas o incluso a la producción misma en el lugar y momento oportunos, que tomar esta masa de opiniones como la norma última de todo el proceso: el caos dirigiendo al orden, ni más ni menos.
En este punto cabe indagar más a fondo en lo obsceno de las encuestas, comenzando por aclarar el significado de la palabra “obsceno”. Se trata de un antiguo término técnico teatral que significa: “lo que está por encima -y, por lo tanto, fuera de la vista- de la escena”, aunque posteriormente se le dio una connotación moral: lo que no debe salir a escena.
Lo primero sería, naturalmente, por qué preguntar de ese tema y no otro: ¿las circunstancias?, ¿el interés?, ¿la oportunidad? Luego vendrían: ¿desde qué punto de vista?, ¿por qué?, ¿para qué? y tal vez el más importante: ¿preguntar a quiénes? Y sus derivados: ¿por qué precisamente a ellos y no otros?, ¿esperando qué respuestas? Y así sucesivamente, dándonos el entramado oculto, obsceno (en sentido técnico), invisible pero siempre presente, de la encuesta.
Para terminar, un breve excursus matemático:
Cuando se pregunta, para variar, a un vocero de alguna empresa preguntadora -o encuestadora, si lo prefieren- por la relevancia o validez de sus resultados, siempre responderá citando al Consejo técnico que la respalda, formado por especialistas en estadística y la subyacente Teoría de Probabilidades, venerable rama de las Matemáticas, pero la perfección formal del modelo matemático no garantiza que el fenómeno natural o social que pretende emular, se subordine a éste -¡otra vez el idealismo filosófico!-, cumpliendo puntualmente sus predicciones teóricas, como sucedía cuando se predecía el inminente fin de la epidemia porque así lo mostraba la curva que se había elegido o establecido para representar su desarrollo y resultaba que aquélla continuaba o incluso repuntaba: así suelen ocurrir las cosas cuando se trata de la terca REALIDAD.

Fernando Acosta Reyes (@ferstarey) es fundador de la Sociedad Investigadora de lo Extraño (SIDLE), músico profesional y estudioso de los comportamientos sociales.








