Cuidado cariñoso y sensible marca el desarrollo de la primera infancia
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BOGOTÁ D. C., 15 de junio de 2021 — Agencia de Noticias UN-

Todos los niños necesitan un cuidado cariñoso y sensible para alcanzar su máximo potencial de desarrollo, que es indispensable para un crecimiento saludable.

Así lo advierte la profesora Rubby Leonor Tovar Roa, de la Facultad de Enfermería de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), con base en un estudio en el cual determinó que el periodo comprendido desde el embarazo hasta los 3 años de edad es decisivo, pues el cerebro es más sensible a las influencias externas.

“En el cuidado cariñoso y sensible en la primera infancia se debe proveer la educación para vivir la vida con dignidad en un acto de libertad y sana relación consigo mismo, con los otros y con el mundo en que vivimos. En este proceso, la institución educativa, sus autoridades y maestros se constituyen en guías para aprender desde las perspectivas de la calidad y la inclusión, el cuidado y la defensa de los recursos ambientales, su sostenibilidad, la importancia del trabajo como una realización humana y en el reconocimiento y fortalecimiento de las habilidades, fortalezas y conocimientos”, señala la docente.

Una propuesta desde la Unicef

El “cuidado cariñoso y sensible” es una propuesta de Unicef que se adecua y desarrolla en el contexto de las intervenciones de los profesionales de enfermería para el acompañamiento a la madre, el padre, la familia y los educadores de la primera infancia.

Se refiere a un entorno estable creado por los padres y otros cuidadores que asegura la salud y nutrición adecuadas de los niños, los protege de los riesgos y les brinda oportunidades para el aprendizaje temprano, mediante interacciones que son emocionalmente propicias.

La organización plantea que desde la realidad humana “los cerebros se construyen”, por lo que todas las experiencias del ser humano durante la infancia influyen en los aprendizajes, el comportamiento, la salud, el crecimiento y el desarrollo, a lo largo de la vida; por lo tanto, se debe dar mucha atención a los cuidados del cerebro como parte de alcanzar una vida sana.

Intervención oportuna

Según la docente Tovar, el hecho de invertir en la primera infancia repercute en el desarrollo de los países y constituye una forma viable de impulsar la prosperidad compartida en el mundo globalizado.

“En la niñez temprana es cuando se adquiere la capacidad de razonar, de aprender continuamente la comunicación eficaz y la colaboración con los otros; cuando esto no se logra solo existe la posibilidad de quedarse rezagado, como ocurre en las poblaciones afectadas por la desnutrición, falta de estimulación, exposición al estrés y carencia de acceso a la educación y a los bienes de la sociedad”, destaca.

Señala además que “el cuidado deficiente afecta el desarrollo físico, psicológico y neuronal; los niños crecen mal, tienen dificultades para aprender, les es difícil relacionarse con confianza, y en la vida adulta se ven afectados sus logros económicos y sociales, afectando las nuevas generaciones debido a las pobrezas heredadas; además, los altos costos para la salud y el bienestar pueden causar pérdidas incalculables a futuro”.

“Las intervenciones integrales para la primera infancia mejoran sustancialmente la salud cardiovascular en la edad adulta, cualifican las aptitudes interpersonales que se logren, las cuales se fortalecen gracias al afecto y la seguridad recibidos de los padres, madres y cuidadores y son base para generar la empatía y el autocontrol que inhiben la violencia y la criminalidad”, agrega.

Factores de riesgo

Algunos factores de riesgo que afectarían el crecimiento y desarrollo óptimo de los niños en la primera infancia son el nacimiento prematuro, las complicaciones del parto, factores intrauterinos, desnutrición e infecciones maternas, consumo materno de sustancias psicoactivas o retraso del crecimiento intrauterino.

En el estado de nutrición del niño también influyen: una lactancia materna deficiente; desnutrición calórico-proteica; carencia de micronutrientes (yodo, hierro, zinc); infecciones de la niñez y parasitarias; infección por el VIH; malaria; diarrea crónica; exposición ambiental a lo largo de la vida tanto a metales pesados (plomo y mercurio) como a toxinas ambientales (arsénico, perturbadores endocrinos, plaguicidas, bifenilos policlorados); y contaminación del aire en el interior de las viviendas.

En cuanto a los padres, la investigadora menciona que algunos factores de riesgo se asocian con estados de depresión y mala salud, baja escolaridad, y altos niveles de estrés, entre otros.

Fuente: agenciadenoticias.unal.edu.co
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