El retrato
Minuto a Minuto

21 de octubre de 2016

Desde que llegué a mi nuevo trabajo en el Toulouse, quede fascinada con el lugar el tipo de clientes, y la atmosfera que se respiraba me encantó. Al poco tiempo empecé a notar que me llamaba la atención de los muchachos; no podía creer que voltearan a verme y piropearme.

La clientela estaba constituida por juniors, pintores famosos y también buenos pintores desconocidos, actores. En esa época, José Luis Cuevas hizo su primer happening pintando su mural efímero en la azotea del edificio que estaba en la esquina de Londres y Génova, lo que constituyó un gran acontecimiento. Había un cliente que llegaba solo la mayoría de las veces, tenía tipo de gitano de piel aceitunada y profundos ojos negros, pedía un café y empezaba a dinujar en un bloc.

Algunas veces lo sorprendía mirándome y me sentía cohibida. Un día, me invito a sentarme y a tomar un café. A partir de ese momento se volvió costumbre que lo acompañara. Con su plática me fue cautivando, sus conceptos de la vida me abrían puertas para empezar a percibir la existencia de forma distinta.

En más de una ocasión le decía: "Sergio, hoy estuve enojada, píntame". "Sergio, hoy estuve triste, píntame". "Sergio, hoy me reí mucho, píntame".

Así fue acumulando servilletas de papel y hojas arrancadas de un cuaderno con mi imagen en diferentes estados de ánimo.

A veces me mandaba mensajes con un apunte, casi siempre alusivo al Quijote, del cual era admirador, con textos llenos de ternura y sabiduría.

Poco a poco se enamoró de mí. Yo sólo sentía admiración (era casado) y mi vanidad se sentía muy halagada: ¡era su musa!

Un día me dijo: "Estoy cansado de jugar al pintor y la modelo, quiero hacerte un buen retrato ". Me sentí emocionada  y nerviosa, ya que me había citado en su estudio. Me imaginé un lugar con cojines, pieles en el piso en lugar de alfombras, en el fondo, música de jazz iluminado el ambiente y luces tenues. Entré en pánico, lo dejé plantado en tres ocasiones hasta un día me dijo, algo molesto: "Es la última vez que te espero". Luché contra mis prejuicios y, sin decirle a nadie, acudí a la cita con las piernas temblorosas. Toqué a la puerta y, en cuanto se abrió, ¡oh desilusión! El lugar era común y corriente, con una mesa llena de pinturas y pinceles; en el caballete donde estaba el lienzo colgaban unos trapos embarrados de pintura.

Me sentó en un banco alto y me indicó cómo posar. Fueron después de varias sesiones en las que sólo ponía música clásica y platicábamos poco para que no me moviera. Aunque el cuadro ya estaba casi terminado, no me lo había dejado ver. Ese día le supliqué que me lo mostrara y accedió. Efectivamente, ya era poco lo que faltaba. Lo que más llamó mi atención fue que los ojos los tenía en blanco, sin pintar. Le pregunte por qué y él me dijo: "Para mí, lo más importante  es la mirada. Si te dijera: imagínate con ese muchacho que tanto te gusta, seguro estoy de que pondrías cara de boba, pero yo quiero una mirada del alma".

Volvió el cuadro y empezó a pintar mientras me decía cosas que me transportaron. En un momento dado, me pidió permiso para darme un beso. No pude negarme y terminó el cuadro.

Imagen: PaintingsinOil.com

Sylvia Feria y Ochoa. DEMAC