La importancia estratégica de la “reforma” educativa
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20 de mayo de 2016

En años recientes hemos sido testigos de una insidiosa primero y luego francamente feroz campaña por imponer una “reforma” (¿?) de la educación pública, decididamente fuera de lugar para una actividad de suyo técnica, donde lo relevante sería optimizar primero el uso de los medios disponibles, para eventualmente irlos mejorando de acuerdo con las exigencias de la práctica misma, como lo sabe cualquier maestro en funciones, instaurando así una dialéctica constructiva o PROGRESO en el sentido deseado.

Eso sería una REFORMA, no lo que hemos visto: una sucesión aparentemente interminable de medidas paraburocráticas, ajenas al desempeño de la actividad escolar y cuyo único objetivo discernible es forzar las obediencia de los maestros, so pena de –iba a poner “excomunión”- ser expulsados sumariamente del servicio, recurriendo a una amañada definición de “abandono de empleo”, siendo los  exámenes, evaluaciones o como se llamen, meros procedimientos inquisitoriales para cerciorarse de su fidelidad al Sistema.

La táctica no es nueva: tuve oportunidad de verla –mutatis mutandis- en acción hace 30 años en la Universidad pública local, donde a los elementos ideológicamente indeseables, se les buscaba un “motivo inconveniente“ cualquiera para, ipso facto,  rescindirles su contrato laboral “por acuerdo del Rector” -¿con quién?, ¿consigo mismo?, ¿con su director espiritual?-.

Entonces, ¿cuál será a (verdadera) razón del actual “reformismo” fanático?, ¿por qué la urgencia de llevarlo a cabo? La respuesta, a mi parecer, está en la Política, como en el caso de Sócrates en la antigua Atenas: EVITAR la transmisión, propagación y eventual amplificación de ciertas ideas entre las nuevas generaciones de estudiantes de todos los niveles, del básico al universitario y más allá, como aquéllas a las que Díaz Ordaz tildaba de “exóticas” en vísperas de su criminal represión del Movimiento estudiantil de 1968.

Se trata nada menos que de la “gobernabilidad de las democracias”, doctrina de moda en los años 70, justo en el aftermath de los grandes movimientos contestatarios de la década anterior, mediante la cual las oligarquías pretendían garantizar su permanencia indefinida en el Poder. Y como el estudiantado en lucha aún puede “moverles el tapete” -¡y de qué manera!-, ¿qué mejor que prevenirlo en su lugar de origen: las escuelas?

Para esto se requieren enseñantes incondicionales, acríticos, que se limiten a decir y hacer lo que les “indiquen” las Autoridades sin oponer reparos. Nada de sindicalistas que hasta exijan sus derechos, pues ¿qué ejemplo darían entonces a una juventud que se quiere dócil y conformista? Esto y no la “calidad de la Educación” –lo que sea que signifique- es lo que busca la ya (tristemente) célebre “reforma”, a juzgar por los métodos empleados para (tratar de) imponerla.

Finalmente viene siendo tan sólo un componente, aunque esencial, de la estrategia de los poderosos en su confrontación con una Sociedad que ya no se deja manipular tan fácilmente –mediante la propaganda y recursos afines- como en la Época de Oro del autoritarismo.

Imagen: paginabierta.mx

Fernando Acosta Reyes.