Masca la Iguana
Los gases estomacales también son veloces
y ya sabemos qué viene después.
Luis Fernando Paredes
Moverse con velocidad a veces es el resultado de pensar con lentitud.
Luis Fernando Paredes
Luis Fernando Paredes Porras*
Una de las causas de muchos accidentes es la adicción a la adrenalina que produce percibirnos involucrados en altas velocidades, recientemente en el norte de España esta adicción generó el descarrilamiento de un tren cuyo maquinista, Francisco José Garzón de 52 años de edad, tomó una curva al doble de los 90 km por hora que está señalado hacerlo. En su facebook, diario de su adicción, hizo alarde de las ocasiones en que rebasó los límites de velocidad. Desde siempre, la velocidad ha sido adictiva y también le ha pasado su cuota de muerte a la humanidad, en este caso una compatriota Veracruzana, estudiante de derecho estando de intercambio, forma parte de las 79 víctimas de este homicidio. Pero si de adicciones a la rapidez se trata, deberíamos vivir con altas dosis de adrenalina por algunas velocidades que experimentamos pero no percibimos y que por fortuna no nos significan peligro…algunas veces.
Nuestro planeta realiza su movimiento de rotación a la nada despreciable velocidad de 1609 km por hora, somos un gigantesco trompo incansablemente cadencioso que percibimos desde nuestro cada vez más atrofiado asombro, como una monótona dualidad de día y noche. Desafortunadamente la adrenalina se produce más fácilmente con acciones que con imaginación, en materia de velocidad somos, dice el pueblo y sus sabiduría, como Tomás y su incredulidad, “hasta no ver no creer”, pese a ello, me maravillo al saber que nos estamos desplazando por el universo montados en el planeta a 107,826 km por hora, aunque nos sea “incoloro, inodoro e insípido” como dijera la sabiduría de un niño de primaria con aires de asombro científico.
Pretender igualar y superar velocidades de las que somos masivamente conscientes se convierte cada vez más en una obsesión dado que la sociedad de consumo de nuestra época valora el estilo de vida de personas que se perciben así mismas y sus acciones como fugaces, veloces, frágiles, efímeras. La adicción a la velocidad me atrevo a pensar – velozmente bajo el riesgo de descarrilarme- es inversamente proporcional al asombro que hemos ido perdiendo por los fenómenos que, no hace mucho, nos causaban segregaciones de adrenalina en dosis que nos mantenían alertas sin llegar a la adicción, cuando se nos educaba para la paciencia, la serenidad y la prudencia.
Andar velozmente por las calles, carreteras, vías, aguas y aires del mundo, refleja actualmente la velocidad con la que vamos de una idea a otra cuando se buscan emociones “fuertes, con la cada vez mayor probabilidad de que no salgamos bien librados ni de la idea ni de la acción.
Dice la iguana que ella nada rápido, corre rápido, tan rápido como su evolución le ha pedido que lo haga, que eso no le causa adicción porque en el fondo lo que le da más placer es mascar pausada y tranquilamente. Quisiera ser más rápida de pensamiento, pero está convencida de que esas velocidades, también representan un riesgo y en ocasiones, una adicción.
Para los adictos a la adrenalina la iguana recomienda la milenaria terapia de verla comer y saber de qué lado masca, antes de que se pase a la historia de una familia y de la opinión pública engrosando la estadística de los asesinos velozmente estúpidos.
*Comunicador, educador, empresario cultural y humanista; Director del Centro para el Desarrollo de las Inteligencias Múltiples CDEIM y sabersinfin región sureste.








