LA SABIDURÍA DEL VAPOR
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Tonal, el mundo material de nuestros antepasados, se ha descrito en pares complementarios y opuestos: el calor y el frío, el día y la noche, la vida y la muerte. Este conocimiento superior y sutil, que llamaban “Agua Quemada” o Toltecayotl, revela el contacto dual -agua y fuego- equilibrándose en una lucha creadora dando origen al “vapor”; éste es un elemento con proeza de gran sabiduría que logra elevarse y trascender el plano humano.

LA SABIDURÍA DEL VAPOR

 

 

 

Por: Elizabeth Velázquez Barragán[1] 

 

   Tonal, el mundo material de nuestros antepasados, se ha descrito en pares complementarios y opuestos: el calor y el frío, el día y la noche, la vida y la muerte. Este conocimiento superior y sutil, que llamaban “Agua Quemada” o Toltecayotl, revela el contacto dual -agua y fuego- equilibrándose en una lucha creadora dando origen al “vapor”; éste es un elemento con proeza de gran sabiduría que logra elevarse y trascender el plano humano.

 

 

Para nuestros ancestros,  todo el universo esta compuesto de un par de opuestos complementarios que se necesitan para llegar a una finalidad de existencia  la plenitud y el equilibrio que va más allá del plano terrenal.

 

Ignorando esta filosofía de vida, actualmente nos hallamos en una lucha donde la búsqueda del equilibrio es un desafío, que lejos de lograr nuestra integridad, nos empuja a buscar el exterminio y el  sometimiento del otro.

 

            Los paradigmas de nuestra era, las exigencias sociales que determinan el rol sexual van condicionando de manera apenas perceptible nuestras conductas de género, de tal manera que son admitidas de forma natural para hacernos “funcionales” socialmente.

 

            Estas conductas que provocan la “guerra de género” tienen tal arraigo social, que con una perspicaz sutileza se instala en nuestra forma habitual de vida, por lo que no es suficiente  difundir información verídica que explique sus causas y sus consecuencias; también es necesario intentar llegar a las experiencias culturales y personales que promueven estos comportamientos; es decir, según Díaz (2002), las personas que se sienten beneficiadas por actitudes sexistas, seguramente pasarán del tema sin cuestionarse su comportamiento. Por lo contrario, las personas que viven el malestar que producen las actitudes sexistas, “tienen probablemente”, mayor posibilidad de sacar conclusiones pertinentes que produzcan cambios para mejorar su vida.

 

Remover nuestras actitudes machistas o feministas implica descubrir profundamente aquellas que no son naturales, ni espontáneas, sino por el contrario son el producto y la consecuencia de una cultura prohibitiva que ha generado maneras artificiales de vida social llevándonos a una lucha interminable, en donde se muestra una obsesiva manipulación de poder, donde la rebeldía femenina (casi siempre justa), hace frente al dominio innecesario del macho, generando con ello manifestaciones (a veces extremas) que lo que consiguen es un refuerzo destructivo de la convivencia humana.

 

Muy pocas veces nos damos cuenta de los momentos en que nos comportarnos como víctimas o victimarios, esto hace que nuestros roles sexuales nos mantengan en una mecánica social que exige de nuestras vidas, reduciendo la posibilidad de ser naturales y mutuamente coexistentes.

 

Esta lucha de géneros ha producido una serie de argumentos que intentan explicar las razones del por qué un género “es superior a otro” nulificando irracionalmente nuestra diversidad y naturaleza. Por consecuencia esto ha limitado la posibilidad de ser valorados por facultades propias del género, y es lo que nos lleva a poner en tela de juicio que “Debe existir un parámetro que mida el derecho a ser natural, o acaso será necesario crear alguna ley que nos permita disfrutar nuestras diferencias”.

 

 Lo que es real y tristemente común, es que nos guiamos por criterios que devalúan nuestras formas de existir y que bloquean la oportunidad de pensar sobre el insalubre modo de relacionarnos, el juego de poder que jugamos todos, negando descubrir lo que nos permite encontrar la humanización  y la libertad.

 

Abandonar las exigencias de nuestros géneros más que una pérdida, es una renuncia a nuestros miedos y prejuicios ante la censura social; es apostar por el desarrollo de las relaciones humanas y del erotismo, así como permitir la entrada al placer de vivir.

 

En breve, no resulta sencillo renunciar a la lucha que nos haga ver vulnerables, o que ponga en riesgo nuestro status y seguridad, para ello es necesario intentar descubrir nuestra capacidad para asumir decisiones a favor de nuestra naturaleza, permitirnos sin temor los beneficios de la verdadera fuerza de nuestra existencia natural, que sólo se puede definir a través de vivir las diferencias y permitir el equilibrio buscado para lograr libertad, la plenitud y la felicidad.

 

 

 

Ser parte del  universo en movimiento y el movimiento es la vida.

 

 Es buscarse para encontrarse en el caos original

 

 -luchar- para equilibrarse en sus cargas energéticas
opuestas y complementarias, en sus sentimientos, en sus colores, en sus
sexos, en sus texturas, en sus direcciones y en todas las razones de su ser.

 

 [1] Elizabeth Velázquez Barragán (Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.) es candidata a Doctora en Educación por la Universidad de Sevilla. Sabersinfin.com agradece a Elizabeth Velázquez Barragán la autorización para compartir el presente trabajo con sus lectores. 

 

 

 

 

 

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